Natchaieving Méndez

Debo aclarar que este artículo tenía una versión diferente al que está leyendo. En su primera versión, desde una visión como madre y docente de jóvenes ubicados en la llamada Generación Z, criticaba la etiqueta de “zombi” que se le ha querido imponer. Sé que puede aparecer más de uno diciendo que “el quesero alaba a su queso” y sí, quizás haya algo de razón, pero tanto mis seres cercanos como otros muchachos de este grupo me han demostrado que tales etiquetas son simplistas.

Son una generación distinta, que piensa diferente y se comunica de otras formas que los más adultos no estamos acostumbrados. Sin embargo, aunque pensaba que eran difícilmente manipulables, a la luz de las manifestaciones ocurridas en días pasados en la ciudad de México, “supuestamente” lideradas por la autodenominada Generación Z, creo que hay muchos aspectos que han cambiado mi percepción a cuando hice mi primer análisis.

“No alineados con partidos políticos clásicos” y “autónomos” son algunas de las palabras con las que se definen. Pero luego de leer que entre los manifestantes que protagonizaron los disturbios en el Palacio Nacional en el Zócalo sostenían una pancarta que decía: “Nos quitaron a nuestro Bukele”. Algo produjo cortocircuito en el planteamiento inicial.

¿Bukele? ¿En serio, Nayib Bukele? ¿El mismo personaje, señalado por sus vínculos con el narcotráfico y acusado por organizaciones internacionales de violaciones en cárceles que operan al estilo nazi? ¿Puede este ser referente de una lucha alguien que secuestró a 252 venezolanos y públicamente sigue las instrucciones del Gobierno estadounidense sin mostrar independencia? ¿Por qué coinciden estos hechos cuando Marco Rubio sugiere una intervención a México? Definitivamente, hay algo más.

Una de las características de los llamados Generación Z es su cansancio y oposición a los sistemas políticos tradicionales. Tal como en el país norteamericano (México), sus consignas son luchar contra la corrupción y sistemas que no los representa. De hecho, una de las características de este “movimiento” es que carecen de una figura política que lidere su lucha pues se organizan en redes sociales para ejecutar sus acciones.

No obstante, en México las imágenes revelaron algo diferente. Líderes de oposición a la presidenta Claudia Sheinbaum como Fernando Belaunzarán (55 años), Guadalupe Acosta Naranjo (61 años), Pedro Ferriz (74 años), Lourdes Mendoza (66 años), Emilio Álvarez Icaza (60 años) estaban a la cabeza de estas protestas. ¿Generación Z? Fue cuando decidí modificar mi artículo que le invito a reflexionar conmigo.

¿Manipulación de una atención corta programada?

Los también llamados Zoomers crecieron justamente cuando ocurre el auge de la banda ancha y la sofisticación de las redes sociales. Esta característica, sumada a la que son los jóvenes cuyo proceso de socialización se vio interrumpido por la pandemia, han tenido que reinventar la comunicación tal como las generaciones anteriores la tienen concebida.

En una fiesta es posible verlos en círculo, con celular en mano, sin mirarse a la cara. No es que no hablen, lo hacen a través de sus dispositivos. Es la manera en la que han aprendido a establecer sus relaciones sociales y pareciera que se les facilita más que el cara a cara.

Si bien no se les puede calificar a todos por igual, la mayor parte de estos jóvenes no son apáticos. Tampoco son frágiles (algunos se les ha llamado Generación de Cristal), pero si enfrentan desafíos con la tolerancia. No suelen tolerar discursos largos y grandilocuentes, porque su atención es muy breve: si en tres minutos no existe un estímulo, el interés se pierde ¿Por qué ocurre esto?

Una posible explicación es que su cerebro funciona de forma distinta debido a que desde que nacieron han estado expuestos a teléfonos inteligentes, tabletas, videojuegos, redes sociales. Han sido programados para una atención corta, informaciones cambiantes y estímulos rápidos, lo que influye en su forma de procesar el mundo.

Quetzalli Nicte-Ha/Reuters

Lo anterior me lleva a pensar en el caso de México. Aunque el no vivir en la nación norteamericana me limita a dar fe de lo que allí ocurre, la lógica y su historia me lleva a asegurar que sus problemas en cuanto a la violencia y la delincuencia organizada no son temas para resolver en tan solo un año de gestión.

El asesinato de dirigentes y funcionarios ha sido público, notorio y altamente difundido en redes sociales, lo que conduce a pensar que ante un bombardeo digital constante a una población que tiene poca paciencia de esperar resultados, pues el estallido social protagonizado por ellos es casi asegurado, mas si el supuesto referente (Bukele, conocido por su alta presencia en redes) refuerza con sus mensajes que la herencia de los males no es justificación de una “supuesta” inacción. ¿Uso de la impaciencia programada para dar argumentos de un estallido social?

Y es que mucho se difunde de la situación interna, las protestas, el descontento de los países de América Latina, especialmente, aquellos que son adversarios a la línea política de la derecha internacional. Se ha denunciado, incluso, el uso de bots para difundir estas protestas, micro documentales y testimonios con un alto contenido emocional, característica última que es clave al momento de dirigir un mensaje a los Zoomers, por su carácter sensible.

Lo que parece curioso, es que las protestas que se dan en países como Argentina, El Salvador, Chile, Estados Unidos, Reino Unido y otras dirigidas por la élite conservadora no tienen tanta presencia en redes y son poco conocidas por los nativos digitales. No es que no existan, pareciera que lo que allí ocurre es invisible a los algoritmos de las plataformas digitales y apenas se visibiliza.

La Generación Z cree no ser manipulada por las redes, sin embargo, toma como cierto lo que se difunde a través de ellas pues, según, es información que “surge” en el mismo momento en el que se desarrollan los eventos.

Por ello, es complicado (y a veces agotador), pero necesario, explicarle a un Zoomers el impacto del uso excesivo de los dispositivos electrónicos. No es que se nieguen a entender, sino porque ha aprendido a vivir en esa realidad como un pez en el agua: sacarlo de allí significa cuestionar su hábitat. No obstante, sí es posible orientarle acerca de la selección crítica del contenido que se difunde por redes y que es lo falso, nocivo, peligroso, manipulador, ideológicamente sesgado que por allí circula. Este es el meollo del asunto.

El lenguaje propio de los Zoomers

Para la Generación Z cada avatar, meme, publicación protesta tiene una carga simbólica, y su premisa es que este significado es incomprendido por las generaciones anteriores. Quizás es cierto, pues para comprender cómo piensan y funcionan los nativos digitales es necesario entender cuál es realmente su forma de comunicarse.

En general, aunque siempre hay excepciones, su lenguaje es híbrido, poseen memoria fragmentada y una estética profundamente ritual. No aspiran pertenecer: buscan transformar, resignificar el mundo desde sus propios códigos. Esto se debe a que la información que han recibido a través de series, videojuegos, redes.

Bajo la premisa anterior, en los últimos meses han surgido en el mundo movimientos sociales protagonizados por este grupo que emplea, no solamente sus redes como forma de organización, además usan íconos de series animadas que, sin el análisis exhaustivo, pueden parecer inocentes y hasta tontas, pero que para estos jóvenes tiene un significado de resistencia, identidad y afecto.

Para los Zoomers, la tecnología no es solo una herramienta utilitaria, también representa una extensión de su identidad que facilita la expresión y la interacción social. En plataformas como Instagram, TikTok, Discord, construyen y proyectan su vida por medio de chats, videos y contenidos visuales. Muchos, en encuentros presenciales, no se muestran con la misma espontaneidad que en redes, donde sí experimentan, crean y se validan socialmente. ¿Bueno, malo? Quizás otra ventana de ver y habitar la realidad.

No responder un mensaje, enviar solo un “pulgar” de emoji o dejar un “visto” sin respuesta, puede percibirse como una forma de agresión no solo para esta generación, sino también para la anterior (la Y o Millennials). Su hábitat se forma en comunidades virtuales con intereses compartidos y desde allí se movilizan con rapidez, incluso, políticamente.

Una muestra de lo anterior ocurrió en meses pasados en Bangladés, Madagascar y Nepal, en donde las redes sociales representaron un elemento clave para la protesta, coordinación de movilizaciones, la exigencia de reformas legislativas y hasta para elección de nuevos gobiernos. De este lado del charco, las acciones de la Generación Z se hicieron visibles en Perú, Paraguay y Argentina, países en los que los jóvenes exigían participación en la toma de decisiones por lo que, sin líderes visibles, protagonizaron protestas descentralizadas.

A diferencia de otras naciones como Venezuela, donde existen consultas y mecanismos para procurar la participación juvenil para la gestión pública, en otros países se han sentido invisibilizados. Por ello, manifiestan que han recurrido a plataformas digitales no solo para expresar su descontento, sino también para denunciar la corrupción de los gobiernos de turno.

En todas estas manifestaciones surgidas y organizadas desde el ecosistema digital hasta las calles reales, los jóvenes expresaron su cansancio frente a los partidos y sistemas políticos tradicionales. Más allá de la coincidencia simbólica del uso de la Jolly Roger —la bandera pirata popularizada por la serie One Piece—, manifestaron que ningún bando les representaba. Sin embargo, en México esta característica es diferente lo que hace pensar que se utilizaron estos argumentos auténticos para movilizar a los jóvenes de otros países.

En su activismo más allá del clic, reclamaron las injusticias de los gobiernos que no les garantizan participación, así como beneficios y estabilidad en un mundo laboral en el que comienzan a ingresar. Por ello, se “autodefinen” como escépticos a las formas políticas tradicionales y a sus promesas de cambios auténticos.

Sin embargo, ¿realmente pudiésemos decir que son escépticos quienes bajo la bandera de un supuesto movimiento generacional pretenden derrocar gobiernos? ¿Por qué si se erige la bandera de ser apolíticos sus acciones benefician ideologías ultraderechistas mundiales que, incluso, van en detrimento de muchos de sus principios como la percepción de sexualidad, creencias religiosas?

Todos los hechos sociales ocurridos en los últimos meses y en los que han estado involucrada la llamada Generación Z, lejos de ser una circunstancia pasiva y espontánea pareciera ser un mecanismo en el que se usa la tecnología para generar una identidad y moldear a una masa política. Hay una formación de la identidad política que germina en redes sociales y se difunde rápidamente y que revela el diseño de una ingeniería social fraguada por quienes manejan los algoritmos mundiales.

Profundicemos en los intereses de esta generación

Competencia, pero también creatividad, establecimiento de vínculos, un universo social, eso representan los videojuegos para la Generación Z, son más allá del entretenimiento. El gaming se transformó en lo que para las generaciones anteriores fue ir a un local a conversar o disfrutar de una bebida, un café, la presentación de un grupo. De hecho, muchos establecimientos de videojuegos adoptaron la modalidad de hacer promociones para la permanencia nocturna.

El chat de voz, las transmisiones en vivo y los modos multijugador en línea fomentan la interacción constante y, en cierta forma, crea un sentido de pertenencia comunitaria. Incluso, mirar a otros jugar en línea se ha convertido en una forma de socialización específica de esta generación.​

Es así como estos jóvenes perciben su entorno y canalizan sus emociones en la inmersión en videojuegos y la cultura digital que les moldea. Uno de los factores que influyó en esta realidad fue el confinamiento por Covid-19, el cual ocurrió en una etapa crucial del desarrollo emocional y social de esta generación.

Este tiempo de aislamiento intensificó la dependencia a la tecnología de los nativos digitales, quienes debieron usar sus dispositivos como única vía de escape del encierro, contacto social y educación. Esto, además, ocasionó su vulnerabilidad a sufrir problemas de salud mental como la ansiedad, la depresión y la sensación de incertidumbre ante el futuro, razón por la que en esta población etaria se observan algunos de estos trastornos de conducta.

El gran desafío

Tal como lo mencioné anteriormente, quitarles la tecnología a los nacidos en la Generación Z es enseñar a un pez a vivir sin el agua, de allí que el gran desafío es generar una conciencia crítica, incentivar el desarrollo del análisis y la profundidad en mentes que están programadas bajo un esquema completamente diferente en cuanto a tiempos y formas.

Luego de comprobar las influencias que en su momento ejerció el poder hegemónico de Hollywood en los Baby Boomers, los X (híbridos) y los Millennials (Y), las luces de alarma deben estar encendidas ante este entramado digital más silencioso, pero infaliblemente efectivo.

La viralidad digital y la hiperconectividad son claves para difundir e inocular contenidos diseñados con valores y experiencias que fomenten un tipo de pensamiento o creencia específica. La alta sofisticación de las herramientas digitales, ahora más con la inteligencia artificial, puede hacer lo real fantasía y viceversa.

De allí la importancia del diálogo auténtico, claro, preciso y profundo con estas generaciones, la escucha activa y el reconocimiento de una nueva forma de ciudadanía digital. Todo esto debe encaminar al fomento de un pensamiento crítico que responda a las demandas de esta generación que ha demostrado ser una fuerza transformadora que utiliza la tecnología no solo como herramienta, sino como un medio para construir identidad y movilización política.

Entender a la Generación Z y reconocerla desde sus nuevos valores es prepararse para los futuros cambios que ya están ocurriendo (generación Alfa y las que vienen), en los que la IA ya forma parte de su pensamiento y lo real se hace cada día más cuestionable.