Si estás en Latinoamérica, ¿sabías que siempre que abres una aplicación, buscas una información o dirección en el mapa, das un “me gusta” (likes) o grabas una nota de voz estás regalando tu huella digital?  Esta acción cotidiana, aparentemente inofensiva, alimenta una industria multimillonaria que es invisible a tus ojos.

Estamos viviendo una época en la que una nueva forma de colonización está en marcha. Es una imperceptible, pero agresiva, que se encuentra en tu mano o en una zona muy frecuentada de la casa. Si antes las armas o la invasión eran formas de dominación, hoy lo son el celular, el computador, la tablet.

Las redes sociales, la inteligencia artificial y, en general, el ecosistema digital es una manera de controlar lo que te permite actuar: la mente. Progresivamente, lo virtual se ha convertido en una alternativa frente a la falta de soluciones o a la cíclica cadena de problemas que genera el vivir entre “seres racionales”.

Es así como estas herramientas digitales se convierten en el antídoto, la solución inmediata y hasta el especialista gratuito que calma desde la ansiedad hasta la elaboración de proyectos complejos. Progresivamente, se está delegando la función de pensar a la elaboración de prompt efectivos para obtener una respuesta ajustada a nuestras necesidades, pero para ello, se deben aportar una serie de datos para alimentar un algoritmo cuya interacción, eficacia y soluciones dependerán de la cantidad de información que posea.

Ahora, la información que poseen estas grandes fuentes de datos digitales es codiciada para quienes requieren usarla para estrategias publicitarias y propagandísticas y ganar seguidores a una idea o producto a través de la persuasión o manipulación inconsciente. No utilizan la fuerza física, sino el adoctrinamiento para la dominación.

Esta dinámica de control psicológico no ocurre en el vacío, sino sobre un mapa geopolítico desigual. La batalla por la conquista de las mentes se ha convertido en un fin último de muchas potencias y en un motor de un extractivismo más voraz e invisible. Detrás de cada pantalla y cada algoritmo se esconde, en realidad, una nueva cartografía de la dependencia.

Los datos de países de América Latina, África y parte de Asia no solo aportan a las potencias minerales y materia prima como el petróleo, también entregan los datos crudos que les garantiza el control absoluto para una nueva forma de colonización.

Y es que, generalmente, cuando un internauta ingresa a las diferentes plataformas, las herramientas interactivas y los generadores de imágenes sin costo captan su atención, sin saber que no hay nada gratis en su acción, pues realmente está entregando la materia prima del siglo XXI, es decir, su experiencia contada en bytes.

Surge entonces la gran pregunta: ¿estamos entregando nuestra propia identidad sin darnos cuenta?

La mina de datos

Una investigación publicada en Eurasia Review destaca cómo el Sur Global se convirtió en el nicho preferido de la inteligencia artificial. Millones de usuarios generan contenido cada segundo y las computadoras gigantes del Norte recopilan esos relatos familiares, recetas comunitarias y formas del habla cotidiana para entrenarse de forma masiva. Es una relación de extracción silenciosa bastante desequilibrada.

El usuario común recibe respuestas automatizadas estándar y a cambio entrega patrones de comportamiento, conocimientos locales y expresiones culturales únicas. Todo ese caudal pasa a ser propiedad privada de un pequeño grupo de corporaciones alejadas de nuestra realidad social.

Un dato curioso es que estas plataformas procesan mejor las consultas en idiomas dominantes y cuando se intenta usar modismos locales, los sistemas tropiezan o imponen significados ajenos y nos empuja a pensar en términos prestados. Es cuando, al recurrir con frecuencia a esta fórmula mágica de resolución de problemas, en la mente ocurren cambios. La brecha digital no solo borra acentos, también condiciona la manera de interpretar, expresar y hasta de recordar las cosas.  

Soberanía en la nube

Otro estudio vinculado con el tema es el de Policy Center for the New South que plantea cuánto depende países en desarrollo de las arquitecturas ajenas. Aquí aparece la denominación de soberanía digital, entendida como la capacidad de un país para decidir cómo se gestionan y protegen los datos de sus ciudadanos, lo cual se reduce cuando todo se guarda en servidores extranjeros.

Si una infraestructura en la nube, es decir, esa red de computadoras interconectadas a distancia que almacenan archivos y programas en Internet, cierra sus accesos, dependencias enteras quedan paralizadas. No se trata solo de carpetas guardadas, sino de la memoria histórica de poblaciones enteras procesada en centros de datos distantes.

Esa falta de control y autonomía sobre los algoritmos genera un fenómeno imperceptible, pero dañino. Las computadoras aprenden sesgos y prejuicios diseñados en otras latitudes y al consumir esas respuestas de forma masiva, terminamos adoptando miradas sobre nuestra propia historia que no fueron redactadas con nuestros referentes culturales ni con nuestras memorias.

No todos los pueblos resuelven los mismos problemas de una única manera; cada uno ha creado dinámicas sociales que dependen de su entorno, su idiosincrasia, incluso genética. Entonces, si progresivamente la Inteligencia Artificial se convierte en la fuente principal, por lo rápida y fácil, se olvidan las formas propias, se automatizan y homogenizan las respuestas ante las adversidades.

Trabajo en las sombras

Vale recordar lo que a voces se ha difundido: detrás del brillo de la tecnología avanzada existe una mano de obra muy precarizada. Miles de trabajadores en países en desarrollo pasan largas jornadas etiquetando imágenes, clasificando palabras y filtrando textos violentos para entrenar a las máquinas a cambio de un salario que a duras penas les alcanza para el mercado del día.

Es un esfuerzo invisible que hace funcionar todo el sistema de forma continua. La desigualdad en pleno siglo XXI: mientras unos pocos acumulan patentes y ganancias exorbitantes, quienes limpian la información reciben ingresos mínimos sin garantías laborales. Se repite una dinámica histórica en la que la región coloca la fuerza laboral y los insumos, mientras que el valor agregado refinado regresa vendido como un producto indispensable pero ajeno.

Recuperar el control requiere algo más que conectividad básica en los hogares, es necesario impulsar proyectos de infraestructura propia, defender la diversidad de lenguajes y exigir una gobernanza ética. El reto es impedir que el futuro digital nos convierta en meros espectadores de nuestra propia historia colectiva.

T/Natchaieving Méndez