Natchaieving Méndez

No sé ustedes, pero a mí me alivia cuando encuentro un local con servicio de autopago. Quizás es porque siempre voy a un local a comprar lo necesario, me molesta esperar y generalmente ando deprisa. Cada día son más comunes los sitios con este sistema.

Sin embargo, recuerdo también que, al esperar para pagar, uno piensa si el producto escogido es el adecuado, saca cuentas de aquel artículo que añadió a la compra que no estaba en el presupuesto y comienza la conversación con quienes están en la cola sobre cuánto han subido los precios, lo bueno o malo que es un producto o espera recibir el “buenos días” de la o el cajero quien, a veces, hasta te daba sugerencias de productos. ¿Entonces, estamos perdiendo el contacto?

Ciertamente, si bien la automatización es una herramienta para aumentar la efectividad, también ha sido una excusa para sustituir ciertos trabajos manuales y con esto reducir los costes salariales para una empresa. No se trata de oponerse al avance de la tecnología, pero sí de ver los efectos que esta acción genera en la interacción directa entre humanos, tanto en espacios laborales como comerciales.

Así, cuando una máquina sustituye el lugar del trabajador, no solo se pierde un empleo: se desvanece un saludo, se pierde la posibilidad de una conversación presencial espontánea en tiempos en los que las redes sociales cada vez más monopolizan este contacto, especialmente después de la pandemia.

Es ampliamente conocido y difundido que el contacto predominante de manera virtual puede ocasionar, no solo puede ocasionar aislamiento social, sino también generar ansiedad, problemas de sueño y depresión, incluso, se le relaciona con una disminución del desarrollo de competencias blandas, menor manejo de destrezas comunicativas, generación de relaciones superficiales y distorsión de la realidad.

Es probable que, al leer lo anterior, alguien considere que establecer relaciones entre la automatización y los trastornos conductuales es una exageración; sin embargo, algunas experiencias en otras latitudes del mundo demuestran que reducir los espacios que promuevan la interacción entre humanos puede ser una de las causas de las autolesiones o suicidios. Así, por ejemplo, países como Japón, que lidera la automatización, sigue manteniendo altas tasas de mortalidad por esta causa en poblaciones escolares y de ancianos, y esto se debe, principalmente, al aislamiento social.

Y es que más allá de la eficiencia, el reemplazo tecnológico limita la comunicación interpersonal, lo que afecta la experiencia del usuario en contacto con el trabajador. Diversos estudios recalcan que la interacción no solo es valiosa en el ambiente laboral o de estudio, sino que es fundamental para el bienestar psicológico.

El reemplazo de trabajadores por máquinas se observa principalmente en sectores como la banca, la industria manufacturera y los servicios, en los que se implementan cajeros automáticos, robots de producción o plataformas digitales para atender al cliente.

Ya para 2020, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) subrayaba que los reportes de los cinco años anteriores a la mencionada fecha mostraban una aceleración de más de 80 % de la digitalización e implementación de tecnologías para automatizar procesos laborales.

En el mismo informe, CEPAL destacaban que este fenómeno contribuía a la polarización del mercado laboral que afectaba más a aquellos trabajadores con niveles educativos bajos o habilidades medias. Además, el rápido avance tecnológico genera dificultades para que los empleados puedan reincorporarse o adaptarse a nuevas funciones, intensificando la brecha social y laboral.

La no remuneración del trabajo trasladado

Un término curioso que surge al estudiar esta realidad es la Fauxtomation (Falsificación de la automatización), el cual ha sido popularizado por la escritora y cineasta Astra Taylor en su libro The People’s Platform. En su disertación, resalta que muchas de estas herramientas digitales empleadas para hacer “más eficiente” el servicio son una suerte de desplazamiento del trabajo humano hacia el consumidor. Esta realidad le ha permitido a las grandes corporaciones reducir costos laborales sin ofrecer un beneficio económico al cliente que ahora cumple las funciones de un trabajador.

De esta forma, ahora se va al supermercado y el consumidor escanea, embolsa y paga sus productos; en el mejor de los casos, un trabajador de la empresa apenas ve el recibo para verificar la compra. En este proceso se han sustituido dos empleados por un sistema “rápido y moderno”, cuando en realidad se trasladó la responsabilidad de un trabajador asalariado al consumidor. Al final de cuentas, la única beneficiada es la empresa que reduce la nómina, no ofrece descuentos por la mano de obra aportada y se apropia de las ganancias.

Además de todo lo anterior, los pocos empleados que quedan se convierten en “guardianes” mal pagados, quienes muchas veces deben supervisar las múltiples máquinas de autoservicio, verificar que ningún cliente haga alguna “trampa” o uso inadecuado de este autoservicio; lo cual suele ser una labor aun más estresante y menos gratificante.

Taylor aclara que la tecnología en sí misma no es el problema, sino quién se beneficia con su implementación. Resalta que este proceso, aplicado de forma genuina, no debería reemplazar la interacción humana, sino liberar tiempo para todos y reducir los costos de bienes y servicios. No obstante, al no existir esta premisa, destaca, se está en presencia de una estrategia para el enriquecimiento corporativo a expensas de la mano de obra humana y el tiempo del consumidor. ¿Estamos avanzando hacia un verdadero progreso o simplemente disfrazando el trabajo gratuito con un brillo tecnológico?, es la pregunta que surge de su análisis.

Desde esta arista, el reto y la discusión deben estar centrados en que esta progresiva automatización sea un beneficio para todos y que resignifique los espacios de interacción humana. Avanzar al futuro no es impedir la evolución de la tecnología, se trata entonces de mejorar la vida sin sacrificar el elemento básico para la preservación de la especie: la convivencia.

Si el brillo tecnológico encubre la precarización y el aislamiento, no estamos avanzando: retrocedemos con estilo. La automatización sin justicia simbólica ni redistribución del tiempo es solo una estrategia de lucro. ¿Queremos máquinas que nos sirvan o sistemas que nos sustituyan?