
Natchaieving Méndez
Recientemente escuché a una presentadora de un podcast hablar sobre cómo su sobrina quería imitar conductas de la cultura oriental. Relataba que la adolescente se esmeraba en «achinarse» los ojos con un creyón de cejas y lograr un maquillaje «limpio» que solo resaltara el rubor de las mejillas y la nariz, haciéndola parecer más pequeña, como una muñeca de ánime.
Este comentario es muy frecuente en países de Latinoamérica. Actualmente se ha evidenciado cómo ha disminuido el afán de copiar los estereotipos estadounidenses, el deseo de conseguir un estilo de vida similar al llamado «sueño americano» y la tendencia a amoldar la estética, las preferencias musicales y las relaciones sociales que establece el «hermano mayor», gran promotor histórico de la industria del entretenimiento occidental.
Los ánime y mangas japoneses, el K-pop y los K-dramas coreanos, así como el cine y la práctica de las artes marciales chinas, han ganado espacios considerables en la atención de la población mundial, especialmente entre los jóvenes. Tanto es así que la plataforma de idiomas más popular del mundo, Duolingo, en su Reporte 2024, destacó que el chino, el japonés y el coreano están entre las diez lenguas más estudiadas y solicitadas por sus millones de usuarios.
La guerra cultural y la búsqueda de poder económico
La crisis en todos los ámbitos de la humanidad que dejó la Segunda Guerra Mundial generó un descalabro del sistema de valores, creencias, paradigmas y dogmas que, hasta el momento, habían guiado las decisiones y acciones de las naciones. A partir de este quiebre histórico, las grandes potencias se percataron de que no solamente a través de las armas se podían invadir territorios y obtener mayor poder.
No solamente se trataba de tierras; era necesaria la mano de obra, quienes la habitaban. Era más rentable tener aliados que enemigos. Por ello había que controlar las mentes a través del discurso y la difusión de propaganda subliminal a través del producto cultural que las personas buscaban; uno de los aportes que, de muy mala manera, hizo Joseph Goebbels.
Aunque históricamente se ha acuñado el término de guerra cultural, se trata de una difusión de ideología y tiene como fin último beneficiar el aspecto económico. Adoptas un estilo de vida con las necesidades con las que te programo en los momentos en los que te sientes más feliz. Te genero dopamina y siempre me buscarás para lograr ese estado de «placer» y «bienestar» continuo.
Esto coincide con lo que alguien me dijo recientemente, el fin último de la vida no es la felicidad, sino la búsqueda constante de placeres que te den bienestar y gasolina para continuar viviendo conflictos que constantemente nos estamos generando. Tema de otro artículo.
Lo cierto es que Estados Unidos (EEUU), la Unión soviética y los países asiáticos, especialmente China, tenían muy en claro esto. Sin dejar de lado los conflictos armados, afilaron sus artillerías a través del cine, la música, la pintura y los referentes intelectuales y culturales para «vender» que su estilo de vida “era el mejor”.
La extinta Unión Soviética y EEUU tomaron el protagonismo en ese momento y, sobre todo para este último, fue fundamental el posicionamiento de un pensamiento colectivo muy conveniente para potenciar su poder económico y hegemónico sobre otras naciones.
No obstante, aunque en los primeros años de esta «guerra» la cultura oriental no tuvo mayor auge en Occidente, siguió fortaleciéndose, muchas veces percibida de manera estereotipada y simplificada.
Es a partir de las décadas de los 80 y 90 cuando la internacionalización de economías asiáticas emergentes, crearon las bases para su proyección cultural. La llamada globalización y crecimiento económico de naciones orientales, especialmente Japón y posteriormente China, llevaron a un interés sobre sus tradiciones, filosofías y productos culturales. Este fenómeno se introdujo en un creciente consumo de arte, cine, literatura, moda y gastronomía de estos países en todo el mundo.
Pese a los intentos estadounidenses de estigmatizar, satanizar y banalizar la cultura oriental, las naciones asiáticas lograron encontrar audiencia entusiasta en todo el mundo, incluso, en su propio suelo. Basta recordar lo que pasó en días pasados cuando la plataforma (china) TikTok suspendió funciones en territorio de EEUU y cientos de usuarios de este país migraron a la red (china) RedNote y se percataron que el estilo de vida asiático no es tan malo como se lo pintaron.
Aunque sigue teniendo sus adeptos, pareciera que la influencia cultural-ideológica de la tierra del Tío Sam tiende a desaparecer de forma acelerada.
La ola coreana
Este fenómeno cultural de los países orientales es parte del llamado Poder Blando, que ha visto sus resultados en el fortalecimiento de su influencia global. Es así como esta parte del planeta ha logrado exportar una imagen atrayente que tributa a la captación de inversores y a la promoción de su turismo.
Un ejemplo de ello es la llamada «Ola Coreana» (Hallyu) de Corea del Sur. De acuerdo a su Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo, solo en 2019 lograron exportaciones culturales por 12,3 millones de dólares.
Aunque es innegable que la cultura estadounidense se mantiene en el dominio de muchos patrones de vida global, ganados especialmente con la industria generada en Hollywood, el auge de plataformas de streaming como Prime Video, Disney+, Netflix, entre otras le ha quitado poderío.
En estos espacios digitales, el contenido se ha diversificado y la gama de contenidos asiáticos es cada vez más solicitada. En otras palabras, puede constatarse que las preferencias del público han cambiado, buscando alternativas a la narrativa occidental tradicional. La influencia de los videojuegos japoneses también ha jugado un papel importante.
Todo esto lleva a un impacto económico y favorable para los países asiáticos. Esta demanda cultural oriental ha sido capitalizada e influenciada en marcas de equipos tecnológicos como Huawei, Sony, Samsung, sin contar otras industrias relacionadas con la moda y los productos de bellezas.
Nueva configuración cultural global
¿Por qué el cambio? Si algo es innegable, es que la industria cultural occidental pareciera sufrir una época de estancamiento, en la que han tenido que recurrir a «live action», a las precuelas y secuelas de producciones que en su momento fueron exitosas.
En el caso de la cultura oriental se evidencia, especialmente en su producto audiovisual, que han recurrido a la simpleza de los sentimientos y situaciones universales, combinando tradición y modernidad.
Mientras que la industria hollywoodense se quedó en las escenas de acción, la ficción y hasta la superficialidad, las series y películas coreanas (incluso las turcas) están basadas en los efectos del bullyng, la ética y las virtudes individuales, la familia, la armonía social; la narrativa fundamentada en el llamado «viaje del héroe», esto último muy presente en los videojuegos.
Para muestra un botón, el Juego del Calamar ha sido tan exitoso debido a que está dentro de una serie lúdica, es decir, a lo largo de los episodios se dejan pistas para que el propio televidente resuelva los enigmas dejados. Además, su temática oscura y atrapante, así como una narrativa emocionalmente impactante que resuena con las preocupaciones actuales sobre la desigualdad económica.
Esta expansión de la cultura oriental ha contribuido al enriquecimiento multicultural, así como ha ampliado la percepción de los estilos de vida global. La exposición a nuevas formas de arte y pensamiento abre otros horizontes y promueve la tolerancia y el respeto entre culturas.
No obstante, también ha generado la preocupación de estar entrando, de nuevo, en una espiral de hegemonía cultural que puede eclipsar expresiones culturales locales. Asimismo, incentiva a la población juvenil, especialmente la femenina, a copiar una belleza irreal, casi uniforme, de la estética oriental, lo que puede generar frustración, inconformidad con la autopercepción, entre otros.
Lo cierto es que el auge de la cultura oriental representa una reconfiguración del panorama cultural global. Más que un desplazamiento, se trata de una coexistencia y diálogo entre culturas. Este intercambio ofrece la oportunidad de aprender y crecer, siempre que se aborde con respeto y conciencia.
Recientemente se ha observado un creciente interés en la cultura oriental entre los jóvenes de Latinoamérica, quienes buscan emular estilos como los del ánime y el K-pop, alejándose de los estereotipos estadounidenses.
Este fenómeno refleja un cambio en las preferencias culturales, impulsado por la globalización y el acceso a plataformas de streaming que ofrecen contenido asiático diverso y atractivo.
La «guerra cultural» ha sido un medio para que las grandes potencias, como EEUU y la Unión Soviética, expandieran su influencia mediante el arte y la propaganda. Sin embargo, a partir de las décadas de 1980 y 1990, las economías asiáticas emergentes comenzaron a proyectar su cultura, generando un interés global por sus tradiciones y productos, a pesar de la resistencia de Occidente.
La ola coreana (Hallyu) ha demostrado ser un ejemplo exitoso de Poder Blando, con un impacto económico significativo a través de la exportación cultural. A medida que la industria occidental enfrenta estancamiento, la narrativa emocional y las temáticas universales en las producciones orientales están ganando popularidad, lo que promueve un enriquecimiento multicultural y un diálogo entre diferentes culturas en el panorama global.

