Hoy que de nuevo te vistes

un grato recuerdo me queda de ti

Hoy que te vas alejando

con honda tristeza te canto yo a así”

Así comienza la canción Caracas vieja, compuesta por el maestro Luis María Frómeta (1915-1988), fiel admirador de la capital venezolana y quien, a través de sus canciones eternizó los cambios drásticos sufridos en la ciudad en pleno siglo XX. Durante esta época la transformación de la urbe siguió el curso de la vorágine global del modernismo. Nuevos retos económicos en el país impulsaron (u obligaron) la migración interna; sin contar, la mano de obra foránea para trabajar la industria petrolera y la línea discriminatoria de “limpiar la raza” que asentó poblaciones extranjeras en Venezuela.

¿Las consecuencias? La transformación en la arquitectura de las edificaciones y espacios públicos, así como la mutación de la idiosincrasia del caraqueño, sus tradiciones, costumbres, incluso, el acento y las variaciones lingüísticas. ¿Bueno o malo? Inevitable, podría decirse, pues la especie humana va evolucionando de acuerdo a las nuevas exigencias del tiempo en el que vive. Sin embargo, cada población mantiene su esencia, sus símbolos distintivos que lo hacen excepcional, único y, desde allí, necesario para la humanidad. Es lo que se conoce el resguardo de su patrimonio cultural.

Es aquí cuando aparece la gentrificación, un fenómeno urbano que impulsa la transformación de una localidad, generalmente reconocida por su diversidad cultural y económica, hacia un espacio adaptado para el desarrollo de nuevas áreas más sustentables e incluso, el acogimiento de otros residentes con mayores recursos financieros. A corto plano puede parecer una solución positiva; no obstante, con el tiempo acarrea borrar la memoria de un espacio atractivo por una esencia que al final perderá su carácter auténtico.

El geógrafo Neil Smith recalca en sus múltiples artículos que “el proceso de gentrificación implica tanto la mejora de la infraestructura, servicios y ofertas del barrio, como la consecuente expulsión de los residentes originales” (Smith, 1996). En consecuencia, estos cambios y el exilio de los fundadores o familias fundadoras de las localidades llevan a la pérdida de tradiciones, lenguas y prácticas culturales transmitidas por generaciones.

¿El remedio es peor que la enfermedad?

Casos en los que el patrimonio cultural material e inmaterial es fuente de ingresos económicos, la gentrificación se evidencia de forma más acentuadas, poniendo en riesgo el origen del atractivo de estas localidades. Ejemplos como Río de Janeiro-Brasil en el Carnaval, Oaxaca-México durante el Día de los Muertos e, incluso, Yare-Venezuela en una época con los Diablos Danzantes de Corpus Christi, son o han sido objeto de transformaciones que arriesgaron sus manifestaciones autóctonas.

Para la investigadora y activista sociocultural, Loretta Lees, “la gentrificación es una forma de violencia estructural que despoja a las comunidades de su identidad” (Lees, 2008). Si bien el turismo cultural es una fuente inagotable y potencial para la entrada de recursos que pueden ser invertido y en beneficio de las propias comunidades, en algunos casos la actividad vista desde el potencial de las ganancias y no desde el respeto, desplaza las tradiciones localizadas y las expresiones culturales, vitales para la cohesión social.

Se prioriza entonces el lucro económico sobre el valor cultural y, por ende, el patrimonio inmaterial y material es despojado de su contexto original y se convierten en un mero producto para el consumo y la comercialización turística.

La clave: turismo respetuoso

Ciertamente, las ciudades no pueden congelarse en el tiempo. Las sociedades van en constante transformación que a su vez generan cambios en el entorno. Sin embargo, estos cambios necesariamente no significan, como en el caso de Caracas, perder la esencia o reducirla a su mínima expresión para asumir nuevas identidades.

Surge sobre la mesa la carta del llamado “turismo sustentable y sostenible” una hoja de ruta que involucra a la comunidad en la toma de decisiones y fomenta las prácticas que respeten la cultura local y su ambiente, así lo refiere la Unesco en un informe emitido en 2019.

De allí que iniciativas como la promoción de ferias culturales que celebren tradiciones locales, así como la creación de espacios de diálogo y encuentro entre turistas y residentes no solo permiten preservar la esencia cultural, también crea un espacio de conocimiento, intercambio y generan ingresos económicos.

De allí que la visión de turismo desde la valoración y el respeto de las historias de las poblaciones, es vital para evitar que la gentrificación arrope y arrase, como Macondo en la novela de García Márquez, la memoria y con ella una sociedad entera. Por ello, el éxito de un turismo verdaderamente sustentable reside en la capacidad de las comunidades locales para integrar sus tradiciones dentro de una oferta turística que no solo busque rentabilidad, sino que también celebre y resguarde sus prácticas, costumbres y creencias originarias.

Caracas no hay casi techos rojos; las retretas son eventos aislado para una edad que se hacen en pocas épocas del año; los locales, los personajes y la historia de algunas esquinas y calles ya casi son desconocidas por los nuevos caraqueños. No obstante, Caracas conserva algunos vestigios de su pasado, se mantiene en la memoria de sus moradores quienes tienen la misión de que el huracán de la gentrificación no extermine por completo la esencia de la cuna de Simón Bolívar.