
En un contexto internacional marcado por la violencia en Odesa y Gaza, los líderes del G20 se reunieron en Río de Janeiro, donde las expectativas de alcanzar un consenso claro hacia la paz no se materializaron.
A pesar de intensas negociaciones, la declaración final del encuentro evitó condenas explícitas a los conflictos actuales, limitándose a llamados generales al cese del fuego y a la ayuda humanitaria.
La declaración fue respaldada por todos los miembros, quienes afirmaron su apoyo a «todas las iniciativas relevantes y constructivas para apoyar una paz duradera», en consonancia con la Carta de las Naciones Unidas.
Sin embargo, el documento careció de un enfoque decisivo que abordara las raíces de los conflictos, lo que generó críticas sobre la falta de acción concreta.
El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, participó en el evento y mantuvo reuniones bilaterales, incluida una con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, quien busca consolidar su papel como mediador.
La ausencia de un plan claro para avanzar hacia la paz fue evidente, lo que refleja las divisiones persistentes entre las naciones participantes.
Durante la cumbre, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, fue uno de los pocos que alzó la voz con firmeza sobre el conflicto en Ucrania, subrayando la necesidad de apoyar su soberanía.
En contraste, Lula da Silva inauguró el evento presentando la «Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza», una iniciativa que ya cuenta con 148 adhesiones, incluyendo a Argentina bajo el liderazgo de Javier Milei.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, destacó que Rusia está intensificando sus acciones bélicas en Ucrania, lo que podría complicar aún más los esfuerzos por lograr una paz duradera.
Las tensiones también se hicieron evidentes en interacciones entre líderes; por ejemplo, un momento tenso entre Xi Jinping y la prensa se produjo cuando el primer ministro británico Keir Starmer expresó su preocupación por el encarcelamiento del magnate Jimmy Lai.
Finalmente, el Papa Francisco envió un mensaje en apoyo a la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza, resaltando su potencial para abordar las crisis alimentaria y humanitaria, que según datos de la FAO, se estima que en 2024 habrá 733 millones de personas desnutridas en el mundo.

