«Más territorio, mínima población», así lo enfatizó el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, durante una conferencia de prensa sobre la justificación de las acciones para ampliar sus asentamientos en Cisjordania. Esta afirmación se inscribe en la línea expansionista del Estado de Israel que desde su génesis no reconoce otro mandato sino el que, supuestamente, fue dictado por Dios en los pasajes bíblicos.

Bajo esta excusa, el Ejército sionista ha producido hasta agosto de este año la muerte a más de 73.400 palestinos en la Franja de Gaza, desde el inicio del conflicto el 7 de octubre de 2023. En su mayoría, los asesinaros han sido de mujeres, niños y ancianos, lo cual ha sido repudiado por la comunidad internacional y justificado por sus perpetradores desde la retórica de la seguridad nacional y el derecho a la autodefensa para neutralizar el “terrorismo” y garantizar la supervivencia de su pueblo.

Los argumentos de estos ataques coinciden con la línea de los grupos de ultraderecha que apoyan al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y que recalcan que la expansión territorial sistemática tiene el fin de materializar materializar el «Gran Israel» que, de acuerdo a la Sagrada Escritura, prometió Dios a Abraham y a sus descendientes.

Estos sectores radicales sionistas, muchos con presencia en el Gobierno de Netanyahu, no escatiman en las acciones para lograr apoderarse de lo que “por derecho divino” les fue ofrecido. Muestra de ello fue la reciente declaración del ministro de Seguridad Nacional de Israel, el ultraderechista Itamar Ben-Gvir, quien exigió una cuota de muertes en la Franja. “No es ningún secreto que no estoy de acuerdo con el primer ministro. Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, se deberían eliminar entre 30 y 40 (personas) por noche. No solo a quienes representan una amenaza inmediata, hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas”, dijo.

Fronteras mutantes

“Ese día, Dios hizo un compromiso con Abraham, y le dijo: «Yo les daré a tus descendientes la tierra que va desde el río de Egipto hasta el río Éufrates”. Estas palabras que se encuentran en el Génesis 15:18 del Antiguo Testamento de la Biblia son la premisa para que Estado de Israel cuestione la soberanía de Palestina sobre sus territorios ocupados.

Aunque históricamente se reconoce que la población palestina ha vivido en este territorio por miles de años, incluso bajo distintos imperios, luego de 1947 esto cambió, pero para llegar a este punto es necesario revisar la historia, aunque siempre existan aristas cuestionables en cada versión.

Se dice que desde el año 1000 antes de Cristo (a.C.) este territorio era ocupado por los reinos de Israel y Judá. Tras una gran rebelión en el año 135 después de Cristo (d.C.), el Imperio Romano expulsó a la mayoría de los judíos y cambió el nombre de la tierra a Palaestina, la cual quedó habitada desde el siglo VII d.C. de forma mayoritaria por población árabe, antes de pasar a control otomano en 1516.

Tras la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial, el control militar británico en la región fue formalizado por la Sociedad de las Naciones mediante el Mandato de 1922. Este acuerdo oficial integró la Declaración Balfour de 1917, un compromiso diplomático con el que Gran Bretaña prometió favorecer un «hogar nacional judío».

Aunque líderes financieros como la familia Rothschild apoyaron la causa y el científico Chaim Weizmann colaboró con la producción de explosivos británicos, la decisión respondió principalmente a que Londres buscaba asegurar el apoyo judío en Estados Unidos y Rusia durante guerra, mientras la población árabe local exigía su propia independencia.

El Mandato Británico y la influencia del sionismo

Al asumir el Mandato, los británicos promovieron la migración e instituciones judías para consolidar una población aliada en la zona. Esta presencia les permitía resguardar el Canal de Suez y proteger sus rutas comerciales en Oriente Medio. La combinación de estos compromisos coloniales y geopolíticos durante la Primera Guerra Mundial terminó por sentar las bases para la posterior creación del Estado de Israel en 1948.

Toda esta estrategia diplomática fue sustentada en el trabajo previo de Theodor Herzl, un periodista considerado el padre del sionismo político moderno. A finales del siglo XIX, tras presenciar el constante antisemitismo en Europa, Herzl promovió la idea de que la única solución para proteger al pueblo judío era crear un Estado propio, organizando en 1897 el primer Congreso Sionista para convertir esa visión en una causa política internacional.

Aunque el mencionado periodista falleció en 1904, el movimiento que fundó y al que pertenecía Weizmann, creó la red diplomática y la estructura institucional que sus sucesores aprovecharon para negociar con el gobierno británico y lograr el reconocimiento de sus aspiraciones territoriales.

Es así como en la historia del sionismo nunca se ha concretado una frontera, tal vez porque existen diversas interpretaciones a la palabra bíblica, entre ellas la que considera que “la tierra prometida” no se encuentra en el orden tangible, físico, territorial, sino en lo espiritual. Es la razón por la que muchos judíos no son sionistas.

De allí que las discusiones sobre las delimitaciones fronterizas del Estado de Israel van más allá de lo religioso y mitológico, y en las acciones se evidencia que realmente se fundamentan en lo político y económico, por la cantidad de recursos que tiene el territorio en disputa.

Las guerras del siglo XX y el sionismo revisionista

Una fecha clave en este asunto es 1947, cuando el plan aprobado por las Naciones Unidas sobre el mandato británico en el territorio de Palestina estableció un estado judío y uno árabe, lo cual fue rechazado por estos últimos (Egipto, Jordania, Siria, Irak y Líbano). Por ello que se origina la primera Guerra Árabe-Israelí en la que se impuso el recién creado Estado sionista y provocó la expulsión de más de 700.000 palestinos, la Franja de Gaza quedó bajo administración militar de Egipto, y Cisjordania (incluyendo Jerusalén Este) fue ocupada por el ejército de Transjordania (hoy Jordania).

Luego, en 1967, la Guerra de los Seis Días redibujó de nuevo las fronteras. La rápida victoria del ejército israelí sobre la coalición árabe permitió la ocupación de la península del Sinaí, los Altos del Golán, la Franja de Gaza y Cisjordania, además de la anexión de Jerusalén Este.

Décadas de ocupación militar y tensión constante llevaron a que en 1987 estallara la Primera Intifada, una rebelión popular palestina que presionó a ambas partes a buscar una salida diplomática. Este clima de confrontación condujo a las negociaciones de paz que culminaron en los Acuerdos de Oslo de 1993, en los que se reconoció a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y se creó la Autoridad Nacional Palestina para otorgar un autogobierno limitado en partes de Cisjordania y Gaza.

Pero el asesinato del primer ministro israelí, Isaac Rabin, a manos de un extremista judío en 1995, fracturó el proceso de paz y profundizó la ocupación israelí en Cisjordania. Tras años de constante violencia y el estallido de la Segunda Intifada, Israel retiró sus tropas y colonos de Gaza en 2005, para luego imponer un estricto bloqueo sobre la Franja que aisló el territorio.

Organizaciones radicales como la Nacional Religiosa Judía Israel 365, que tiene conexiones con el Partido Republicano de Donald Trump y con iglesias evangélicas estadounidenses, apoyan y justifican en la interpretación sionista de las lecturas bíblicas la ampliación de fronteras de las fuerzas israelíes. Según su versión, la creación del Estado de Israel cumple con la voluntad de Dios de devolver a la tierra prometida, el Gran Israel, al pueblo judío, tras dos milenios de diáspora.

La web de esta organización, Israel 365, ofrece un mapa de las fronteras bíblicas de Israel, las cuales van desde el río Nilo, en territorio egipcio, hasta el río Éufrates, que cruza hoy los estados de Turquía, Siria e Irak. Este “Gran Israel” bíblico también incluye la práctica totalidad de Jordania y partes de Arabia Saudita.

En este punto es necesario destacar que, en la década de 1920, cuando surgió el sionismo revisionista, corriente liderada por Wladimir Jabotinsky, se rechazaban las posturas moderadas y defendía que el Estado de Israel debía abarcar toda su extensión bíblica histórica a ambos lados del río Jordán. Los principios de este partido influyeron en la creación del partido Herut y, posteriormente, del actual partido Likud encabezado por Benjamin Netanyahu.

En el contexto geopolítico actual, el gobierno israelí aprovecha su superioridad militar para intentar consolidar y ampliar sus fronteras, aspirando a incorporar no solo los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza, sino también zonas pertenecientes a países vecinos.

Militarización y expansión en la era contemporánea

Desde que la derecha más radical comenzó a gobernar a Israel, las fronteras mutantes van cambiando por medio de guerras e invasiones. Los asentamientos israelíes, ilegales según el derecho internacional, van aumentando indiscriminadamente desde hace más de dos décadas. La política expansionista avanza, los colonos israelíes repartidos por toda Cisjordania amedrentan a comunidades palestinas que no solamente viven un régimen de permanente apartheid, sino que son asesinados ante la mirada del mundo.

Aunque todos estos hechos han sido condenados internacionalmente, incluso son calificados de genocidio, el Gobierno de Netanyahu es ufana de proyectar un futuro prometedor con un poder militar autosuficiente, bajo una industria de defensa como pilar fundamental. De hecho, de acuerdo a un documental de DW, el mandatario israelí llegó a decir que su país debía convertirse en una súper Esparta del siglo XXI, en referencia a la potencia militar de la antigua Grecia”, una idea similar a la que busca Trump en EE. UU.

Lo que comenzó como la búsqueda de un refugio para un pueblo perseguido y maltratado terminó transformándose en un proyecto de expansión territorial sustentado en el poder bélico, bajo la máscara de la fe religiosa. Al sustituir la diplomacia por la fuerza militar y el derecho internacional por interpretaciones bíblicas, el destino de la región queda atrapado en un ciclo inacabable de ocupación y despojo, en el que la posibilidad de una paz justa y de un Estado palestino soberano se diluye bajo la sombra de un mapa en permanente cambio.

T/Natchaieving Méndez