Si no ha visto la película Frankenstein de Guillermo del Toro, no se preocupe, no le daré adelantos. Si le pasó como a mí, que hasta hace pocos días no había leído El moderno Prometeo, de Mary Shelley, tampoco le arruinaré el placer de leer este clásico, pues no es mi intención hacer un resumen o reseña del libro. Lo que vengo a compartirle en este artículo es acerca del puente que une a ambas obras, creadas con más de 200 años de diferencia.

Originalmente creada en 1818 y reescrita en 1831, la obra del monstruo de Shelley ha sido inspiración para otros creadores. Buscando en la web, se dice que hasta noviembre de este año, se cuentan 433 largometrajes (70 de referencia), 212 cortometrajes, 85 series de televisión y 340 episodios de TV que presentan alguna versión o interpretación de la historia o La Criatura, su protagonista.

Quizás a muchos de estos creadores les pasó igual que a mí, más allá de las imágenes magistralmente escritas por la escritora británica, la historia contada en formato epistolar contiene aspectos que establecen un enlace entre la sociedad del siglo XIX y la actual. Justamente, el hecho de presentarse como cartas permite al lector conocer la visión de cada personaje y, hasta cierto punto, conocer las diferentes perspectivas y reflexiones que se tienen sobre la vida y lo humano.

De lo anterior, surge entonces el gran hilo conductor que une a Shelley con Del Toro: la concepción de lo diferente. Parto de este aspecto pues siempre he considerado que es, tal vez, uno de los principales puntos medulares de todos los conflictos humanos: el no reconocimiento de lo diverso, lo que no es igual al sistema de pensamientos, ideas, creencias d de lo mayoritariamente conocido.

Si analizamos la historia y los problemas de la humanidad todo parte de allí, de la obstinación del ser humano en no reconocer que en la diferencia también hay valor. Se valora no desde la potencialidad sino desde la deficiencia, de lo que no es igual, lo cual genera rechazo, espanto, violencia, ira, incomprensión, guerras. La ambición por la uniformidad del pensamiento ha sido la madre de todos los conflictos que por siglos han azotado al mundo y que ha impulsado acciones terribles que Shelley expuso en su obra.

Del horror a la belleza

Aunque no soy experta en la crítica de cine, uno de mis directores favoritos justamente es Del Toro, pues la maestría en mostrar lo bello en lo oscuro y diferente de lo que la hegemonía del pensamiento ha instalado en el mundo es, desde mi perspectiva, magistral. No solamente ocurrió en Frankenstein, basta recordar El Laberinto del Fauno, La Forma del Agua, incluso, la serie El Gabinete de Curiosidades, para conocer esta tendencia del mexicano a humanizar y resaltar lo excelso en aquello que la sociedad estigmatiza de abominable, y no hablo solo de apariencia física, sino también de aquello que escapa a los ojos, pero si afecta las relaciones humanas.

En este sentido, el cineasta toma la pregunta que entre líneas hace la escritora británica a la sociedad: ¿quién realmente es el verdadero monstruo y qué lo define? Ambos, plantean que más allá de la apariencia física y lo visible, la negación del amor y la atención hacia el otro es la génesis de la violencia y el horror. Es así como La Criatura de Shelley al experimentar la profunda soledad, en primer lugar, por ser abandonado por su creador y luego por el rechazo de una sociedad que lo castiga con el desprecio, el aislamiento y la angustia emocional por ser distinto, hace que emerja en él acciones de resentimiento, violencia y destrucción. ¿Es que acaso esto no ocurre con los animales e incluso con las personas cuando no existe amor en su entorno?

Justamente, es esta última pregunta la que marca la diferencia de Del Toro con la visión de la madre de Frankenstein. Mientras la escritora plantea el abandono y rechazo como génesis de lo verdaderamente monstruosos en La Criatura, el cineasta toma estos aspectos producto del desamor como motor para las acciones del resto de los personajes, especialmente, de Víctor Frankenstein. Esto no solo actualiza lo planteado por Shelley en 1818, sino que además hace que el espectador piense que esta creación contranatura escapa de la ficción pues convive entre las gracias y desgracias humanas en pleno siglo XXI.

La soledad, lejos de ser solo una circunstancia única en el monstruo, se convierte en esta obra en la causa fundamental de su sufrimiento y en la raíz de la violencia. En cierta manera, esta obra de Shelley y la versión de Del Toro son una denuncia y una crítica a una sociedad generadora de traumas generacionales y vacíos internos que se convierten en un profundo fracaso social y ético que ha permanecido por siglos.

Responsabilidad de la creación

La responsabilidad del creador frente a su creación, un tema clave en ambos relatos que invita a reflexionar sobre las consecuencias éticas del poder para generar vida o alterar el orden natural. Shelley, y lo sostiene Del Toro, plantea que la creación no puede ser solo un acto científico, sino que este implica una relación ética que incluye deberes, cuidados y compromisos para con la sociedad.

Desde el mito de Prometeo, inspiración de Shelley, se plantea una responsabilidad ética en la creación y se expone cómo la soberbia y la vanidad pueden ocasionar hechos funestos. Esto, más allá de la ciencia, puede trasladarse a otros aspectos de la vida cotidiana, ¿o es que acaso la creación de un contenido falso en redes y el descuido de “la verdad”, el lenguaje y la consideración de todos los aspectos tiene una información, no puede desencadenar un hecho monstruoso?

En este sentido, y tal como lo refiere la filósofa Carol Gilligan, la ética del cuidado desafía las reglas abstractas de la sociedad y destaca la responsabilidad de atención y cuidado que debe tener el creador. De allí que tanto la novela como la película invita a repensar el valor de la empatía, la inclusión y la responsabilidad afectiva que debe prevalecer en las relaciones humanas.

En estos tiempos en los que tanto se habla de bioética, inteligencia artificial, redes sociales, justicia, las reflexiones que Mary Shelley plantea en Frankenstein y que Del Toro coloca sobre la mesa desde una reinterpretación actual son clave para entender hacia dónde puede ir la humanidad si no se reposicionan desde los valores antes mencionados.

Frankenstein de Shelley y la versión de Del Toro revelan cómo los mitos literarios se transforman en herramientas críticas para pensar la cultura contemporánea. En un mundo que aún excluye y estigmatiza, la figura del monstruo sigue siendo un recordatorio de nuestra incapacidad para aceptar la diferencia.

Ambos creadores nos invitan a mirar de frente aquello que rechazamos, y a reconocer que lo monstruoso no está en el otro, sino en nuestra manera de relacionarnos con él.

Es así como el mito de Frankenstein sigue vivo entre nosotros en las narrativas que nos obligan a repensar la diferencia.

T/Natchaieving Méndez