
Las experiencias sexuales pueden marcar la vida de forma trascendental. Por lo general, las relaciones placenteras suelen abordarse desde la diversión, el vínculo o la reproducción. Pero ahora, gracias a diversas investigaciones realizadas en los últimos años, sabemos que su impronta es aún más fascinante. El sexo «está en el cerebro» no solo a nivel metafórico, sino literalmente: dejando una huella neuronal significativa tras modificarlo estructural y funcionalmente.
Investigaciones con mamíferos (ratas, ratones y ovejas) han mostrado que el comportamiento sexual gratificante, además de inducir un estado de recompensa, promueve el crecimiento neuronal en el hipocampo, una región estrechamente ligada al aprendizaje y la memoria. Este proceso biológico se denomina neurogénesis y es importante debido a que mejora el funcionamiento cerebral y la adaptación al entorno. Para que surjan las nuevas células, se ha observado que una sola interacción sexual es suficiente.
Si los actos sexuales se repiten durante varios días, los efectos sobre el hipocampo también se aprecian en la arquitectura de sus dendritas (las prolongaciones desde las que recibe los estímulos). En concreto, se aumenta el número de espinas, el número de puntos de ramificación y la longitud dendrítica total. En consecuencia, se incrementa la flexibilidad cognitiva. Y también es posible que ejerza una función protectora contra el deterioro cognitivo relacionado con la edad.
Pero la repercusión en el hipocampo va más allá. Esta es una región encefálica marcadamente vulnerable debido a que es un objetivo de las hormonas del estrés. Así, se ha sugerido que la actividad sexual protege la supervivencia de sus células y contrarresta los efectos supresores del estrés crónico debido a que favorece la expresión de múltiples proteínas. Entre ellas, se destaca el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) por su importancia para la neuroplasticidad y por ser un mediador en depresión y ansiedad.
Recientemente se han realizado varios estudios pioneros con humanos en los que se ha asociado la actividad sexual y la función cognitiva. Los resultados encontrados han mostrado que una mayor frecuencia de la actividad sexual resultó en una mejor memoria. Asimismo se ha hallado un incremento de la fluidez verbal y la capacidad visoespacial, involucrando además a la memoria de trabajo y las funciones ejecutivas. Nuevas razones poderosas para no dejar inactivo a nuestro órgano más complejo.

En añadido, la actividad física inherente al acto sexual no solo contribuye a la salud cardiovascular, motora y musculoesquelética, sino que también ejerce otros efectos beneficiosos. El ejercicio actúa como un modulador externo de la neurogénesis hipocampal, creando un entorno favorable para la plasticidad neuronal. Estos cambios se reflejan en una mayor eficiencia sináptica y en un mejor rendimiento en tareas relacionadas con el aprendizaje y la memoria. Como diría el filósofo francés Merleau-Ponty: el cuerpo vivido es el medio por el que la mente también se transforma.
Todavía nos encontramos en los preliminares del conocimiento sobre cómo impacta la experiencia sexual en nuestras capacidades. Los resultados actuales invitan a ir más allá y recorrer un estimulante camino para profundizar en frecuencia, intensidad y contexto de estas experiencias. Quedan, por tanto, muchas líneas novedosas por explorar. Y entre ellas, mucho descubrimiento interesante que aflorar. Porque lo que la evidencia muestra es claro: el sexo está en tu cerebro.
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