
Lo impensable en 1945 se hizo realidad 81 años después: la extrema derecha conquistó una victoria electoral histórica en el territorio este alemán. El partido Alternativa para Alemania (AfD) triunfó en comicios regionales rompiendo el cordón erigido tras el nazismo. Este resultado no solo sacude los cimientos de Berlín, confirma el avance del extremismo en Europa y en el mapa geopolítico mundial.
Lo que antes estaba a margen desde las gradas extremas, progresivamente va ocupando sillones presidenciales, curules y ministerios estratégicos a escala global. Una realidad que exige mirar más allá del discurso para desmantelar no solo las profundas contradicciones, sino también la influencia de nuevas formas de alienación de las poblaciones.
Este fantasma de la ultraderecha que ahora camina a paso firme por los pasillos parlamentarios de Berlín, Roma, París y Londres, también proyecta su sombra sobre América Latina. Es el mismo espectro que repudia los derechos alcanzados por las mujeres, desprecia la diversidad social y gana adeptos bajo un discurso nacionalista que, entrelíneas, promete seguridad y desarrollo, aunque esto atente contra los derechos humanos y el bienestar colectivo, aspecto último resignificado por sus activadores propagandistas en las redes sociales, el nuevo territorio de guerra que ahora es cognitiva.
Es así como la ultraderecha global ha dejado de ser un susto electoral pasajero para convertirse en una estructura de poder consolidada, y esto lo confirma el triunfo en los comicios regionales del partido AfD en Alemania con porcentajes de votación inéditos desde la Segunda Guerra Mundial. El muro que la política tradicional construyó contra los extremismos terminó por colapsar.

Contradicciones en la mesa
Este arrase electoral en Alemania está lleno de contradicciones. Un caso emblemático es el de Alice Weidel, dirigente que encarna una paradoja solapada por una propaganda de extrema derecha que manipula con maestría.
En su discurso, Weidel ataca la inmigración y los derechos de diversidad sexual; no obstante, el periódico germano Der Spiegel reveló que esta líder derechista es abiertamente lesbiana, vive con una mujer de srilankés y cría a dos hijos. Además, ha mantenido parte de su residencia familiar en Suiza y fue investigada por contratar ilegalmente a una refugiada siria.
Aunque esta dirigente se define públicamente como «lesbiana no queer» (queer: término usado para identidades fuera de la norma tradicional) y ataca ferozmente al «wokismo» (movimiento de concienciación social sobre desigualdades), en sus discursos reitera que la inmigración musulmana es el verdadero riesgo para la diversidad. A la par, su partido defiende un modelo familiar restrictivo y repudia la adopción homoparental.
Esta doble moral no frena su arrastre electoral, al contrario, demuestra la habilidad fascista para instrumentalizar libertades individuales, darle resignificado a su favor, mientras destruye el tejido social colectivo. Se trata de una estrategia de camuflaje identitario perfecta para normalizar planteamientos racistas y autoritarios entre votantes desencantados.
Pero Alemania no es una excepción aislada en Europa. A más de 500 kilómetros, en Italia, Giorgia Meloni se consolida como la jefa de Gobierno más duradera de los últimos años y su partido, Hermanos de Italia, combina una retórica contraria a la integración de la Unión Europea con recortes sistemáticos a los derechos sociales.
En Francia, Marine Le Pen, figura más prominente de la extrema derecha en Francia y líder del partido ultranacionalista Agrupación Nacional, posicionó a su agrupación como primera fuerza electoral en votación popular, mientras que en Reino Unido, el partido ultranacionalista Reform UK irrumpió con fuerza inédita en el parlamento. De esta manera, los países europeos más poderosos están cambiando hacia un patriotismo exagerado (chovinismo) que excluye a las minorías y promueve la división social.
Lo más preocupante es que esta tendencia avanza hacia otros continentes y muestra de ello es América Latina donde naciones como Colombia, Chile, Argentina, Perú, El Salvador, Honduras, Ecuador, Bolivia, Paraguay, ahora son gobernadas por fuerzas ultraconservadoras. ¿Su estrategia? utilizar el miedo a la inseguridad, el desencanto por las instituciones y el rechazo a las reformas progresistas como combustible político.
Capitalización del descontento popular
Las causas del ascenso de las corrientes ultraderechistas no son accidentales ni tampoco responde al carisma de sus líderes. Existen dos causas principales de estos resultados: descontento colectivo y guerra cognitiva.
Especialistas refieren que la principal causa está en la crisis del modelo neoliberal o sistema de libre mercado desregulado que encareció a buena parte de la población. Ante esto, las promesas de bienestar y progreso de la izquierda, así como las respuestas a mediano y largo plazo de las instituciones gobernadas por esta tendencia, desencadenaron el cambio en el electorado. Así, ante la ausencia de respuestas, la ultraderecha capitalizó esa rabia.
Análisis de instituciones de estudios
Instituciones internacionales como Cidob (Centro de Asuntos Internacionales de Barcelona) explican que el voto ultra creció en general en las regiones devastadas por la desindustrialización. Entonces, la estrategia ha consistido en desviar la culpa: en lugar de señalar al capital financiero o a los grandes monopolios por la miseria laboral, el discurso ultraderechista culpa al eslabón más débil. Desde esta perspectiva, el inmigrante, las minorías o el feminismo son ahora el enemigo interno a combatir.

Lo anterior es ejecutado por la segunda causa: el bombardeo de propaganda o guerra psicológica en el ámbito digital. Los algoritmos de redes sociales se orientan a viralizar la indignación y la desinformación masiva con influencers asalariados y ejércitos de bots (cuentas automatizadas) que saturan el debate público. Crean una sensación permanente de caos que solo un «líder fuerte» promete resolver: el de tendencia radical de derecha.
Asimismo, en este engranaje se distinguen dos pilares fundamentales. En Estados Unidos, el movimiento encabezado por Donald Trump articuló una red internacional de extrema derecha, que bajo la retórica del «America First» (EEUU primero) ha servido de modelo para movimientos de tendencia nacionalista en todo el mundo.
En Oriente Medio, la alianza ideológica encontró su brazo en el gobierno de Benjamin Netanyahu, que emprende una política militarista e hipernacionalista que la extrema derecha occidental aplaude
¿Agradecimiento financiero?
La complicidad entre estos actores no es casual, ambos comparten el desprecio por los organismos multilaterales, la negación del cambio climático y la criminalización de la protesta social. Construyen un bloque autoritario global que desafía directamente los avances de los derechos humanos conquistados durante décadas.
Ariel Goldstein, sociólogo e investigador, en una entrevista en el medio El País explica que esta nueva derecha recuperó los discursos de la Guerra Fría como el anticomunismo, el castigo al progresismo, la señalización del diferente como un enemigo, estrategias que los conservadores emplean con esmero en la batalla cultural que ahora se libra en las redes sociales, principalmente controladas por esta tendencia.
“Incluye a muchos varones jóvenes, se exalta el emprendedurismo y el esfuerzo personal.
El mensaje es ‘tu economía personal no ha mejorado, incluso ha empeorado, pero los culpables van a ser castigados´”, refiere el investigador, quien además resalta que son capaces de sumar otras fuerzas como los evangélicos o los tecno oligarcas. “Se organizan en redes como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) o en foros entre países, como el Escudo de las Américas de Trump”, precisa.
Resistencia frente al autoritarismo
El gran desafío de la izquierda popular y los movimientos sociales frente a este escenario es reconstruir su tejido comunitario. Deslindarse de aquellas figuras que bajo el discurso de la resistencia emprendieron una nueva manera de enriquecimiento, dejando de lado las necesidades del pueblo que los erigió, al que engañaron con logros temporales que distan de las grandes fortunas expresamente visualizadas en redes sociales y ahora empleadas por la derecha extrema como oxígeno para su resurgimiento.

Es impostergable que la crítica analítica no se limite al lamento moral y a los discursos abstractos y reiterativos sobre la democracia, es urgente garantizar de forma tangible vivienda, salud, salarios dignos y soberanía alimentaria para desactivar la desesperación y desesperanza que alimenta al fascismo. Eliminar el silencio cómplice disfrazado de disciplina para evitar el uso discursivo del contrario y deslastrarse de quienes han empleado las razones de lucha como trampolín para su beneficio económico es retomar la credibilidad.
La historia demuestra que los proyectos cimentados en la mentira y el odio colapsan frente a la organización colectiva. Frente a la agresión de las fuerzas reaccionarias, la respuesta debe ser más justicia social, más solidaridad internacional y una profunda democratización de nuestras sociedades.
Natchaieving Méndez