
Natchaieving Méndez
“La gente se toma demasiado en serio los chistes racistas”, esta frase la he escuchado muchas veces en conversaciones informales incluso de personas de piel oscura. “Últimamente a nadie se le puede decir nada porque se ofende”, también es frecuente, y más cuando se hace referencia a un “chiste” en el que se desvalora, minimiza y ridiculiza el color de piel, los rasgos étnicos, la diversidad sexual y de género. La excusa siempre es la misma: “es parte del repertorio popular”, “siempre ha sido así”, pero ¿no se ha preguntado qué hay detrás de ese “siempre” y del origen del “comentario inofensivo?
La risa funciona como un velo que cubre prejuicios, creencias y la normalización del desprecio y el silencio de voces que históricamente han sido excluidas. Entonces, el racismo y la discriminación persisten en chistes y en comentarios despectivos hacia las diferencias, que han persistido bajo la figura de un “sarcasmo” popular que al final naturaliza el desprecio hacia el otro.
Lo peor ocurre (y confieso que también he entrado en el grupo que dice la siguiente frase) cuando se dice: “yo me burlo de mí antes que otro lo haga”. Fue parte de la regla que muchos tuvimos que asumir para no ser excluidos, humillados o fuente de burlas colectivas por nuestras diferencias con respecto a los patrones genotípicos o conductuales establecidos.
Al aceptar estos comentarios discriminatorios como válvula de escape, se refuerzan inconscientemente jerarquías y estigmas. Por ejemplo, es común escuchar el “chiste” de que el “blanco con bata es médico, mientras el negro con este atuendo es chichero”, véase que no solo se es despectivo en la diferenciación racial, sino que además se marca una labor sobre la otra. No es que minimice la importancia del galeno que salva vidas, pero un vendedor de esta bebida también es digno de respeto y orgullo por su labor.
De esta forma, repetimos comentarios sin cuestionarlos, sin pasarlos por el tamiz de la razón, perpetuando la violencia simbólica en la que se minimiza a unos sobre otros. Al reír este tipo de bromas se ignora el dolor histórico que estas rememoran; un dolor que está en la memoria colectiva, que han moldeado muchas dinámicas sociales y han construido estereotipos. Se contribuye, como decía el personaje mexicano El Chavo: “sin querer queriendo”, a la reproducción del llamado racismo internalizado.
Este término, según un artículo publicado en el portal web del Centro Nacional de Información Biotecnológica, se refiere a la asimilación “de creencias sobre el racismo y la colonización que contribuyen a la aceptación de mensajes negativos o representaciones estereotipadas erróneas que influyen en las percepciones sobre el valor y la capacidad”. Es así como personas de comunidades históricamente despreciadas asumen como ciertas ideas discriminatorias del sistema social y llegan a considerar verdad absoluta que sus raíces, apariencias o culturas son inferiores.
Un ejemplo claro es la percepción que se inculcó por siglos en la población de la mayoría de los países latinoamericanos. Desde la invasión europea, se le hizo creer a la población originaria y toda la que surgió después, a quienes se les hizo creer que eran inferiores a los nacidos del otro lado del Atlántico. Por mucho tiempo, los sistemas educativos fomentaron la inferioridad de estas naciones al llamarlas “tercermundistas”, “subdesarrolladas”, o, en otras palabras, incompetentes para solventar sus realidades internas.
Bajo un discurso en el que prevalecía la visión eurocéntrica se obviaban los avances tecnológicos de los pueblos originarios, las bondades sociales de su sistema de convivencia y se realzaba como “aportes salvadores” las formas traídas de Europa. Se inculcó que gracias a este “hallazgo” del navegante genovés se produjo una “evolución” de los pueblos nuestroamericanos.
La narrativa de una “inferioridad natural” fue fijándose en el pensamiento de quienes fueron sometidos y sus descendientes. En la actualidad, es muy probable que si un latinoamericano revisa la historia le parezcan una abominación las afirmaciones del sacerdote español Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) acerca de los indígenas, lo excelso del español y su justificación del exterminio del pueblo originario. No obstante, este mismo sujeto seguramente reirá cuando un “comediante” o “influencer” nacido en estas tierras exalte en sus chistes lo civilizada y ordenada que es la sociedad europea y haga burlas de la espontaneidad que se encuentra en su país de origen.
No es su culpa, su razonamiento es parte del discurso que se instaló en el inconsciente colectivo latinoamericano en el que se asumía como un privilegio tener un familiar europeo; esto se convirtió en una suerte de estatus por encima del resto, con un nivel de inteligencia superior.
Esta baja autoestima y aceptación a la sumisión la capitalizó la otra gran potencia que surgió después de erradicar a su población originaria. Entonces, al originario de los países latinoamericanos se le inculcó como normal no apreciar su forma diferente de ser, sus costumbres, sus orígenes diversos y se le enseñó a sentirse inferior, a soñar con pertenecer a “una de las grandes metrópolis” aunque estas tuviesen problemas hasta mayores que los países del centro y sur de América.
Todo ello también favoreció los procesos migratorios en búsqueda de un “sueño americano” o de “un ideal europeo” que, en algunos casos, culminó en la negación de sus raíces, la justificación de ser explotados bajo el argumento del “error” de haber nacido en un país del “tercer mundo” y, peor, la frustración interna de jamás pertenecer a un territorio porque siempre será un extranjero o una extranjera que reniega y minimiza el lugar de donde proviene.
De la canción a la creencia
Ciertamente, en la actualidad es escaso encontrar establecimientos comerciales, espacios públicos en los que se establezca una diferenciación o trato discriminatorio por motivos raciales. Sin embargo, el racismo aún persiste en el lenguaje y en un sutil proceso corrosivo que impacta los pensamientos, las emociones y el comportamiento.
Un detalle tan insignificante como el color o la textura del cabello es una muestra de lo anterior. Por años, la imagen de una mujer con cabello liso, rubio y de piel blanca ha acaparado la publicidad, el cine y demás medios de información masiva. Esto ha generado un autorrechazo que tiene su raíz en los siglos de dominación y desprestigio de los rasgos vinculados con la africanidad o los pueblos indígenas.
Recientemente, escuché un podcast producido en 2023 de nombre La Brega que hablaba sobre este tema. En este trabajo elaborado por comunicadores puertorriqueños se analiza cómo en canciones hechas por compositores afrodescendientes se romantiza y erotiza el mestizaje (Piel canela) o se degrada la raza (El Negro Bembón y Carbonerito). No se trata de minimizar la riqueza musical de estas piezas famosas, sino que al repetir sus letras sin cuestionamiento se refuerza el racismo implícito en ellas.
En contraste, mencionan “Las caras lindas” compuestas por Catalino (Tite) Curet Alonso, una canción (como muchas de este músico boricua) que exalta la belleza y el valor de la identidad afrodescendiente. Esta pieza llama a reconocer, sin vergüenza ni culpa, la herencia y la dignidad de los pueblos solo por el hecho de pertenecer a estas tierras latinoamericanas. Transformar los discursos cotidianos y reparar las heridas pasa también por cantar y celebrar lo que antes fue ocultado o despreciado.
Reconocer y cuestionar el origen y vigencia del racismo internalizado, que perdura en chistes, comentarios y discursos heredados, representa una tarea urgente de todas las naciones latinoamericanas. Existe una verdad histórica de resistencia, pero también de sumisión que se encuentra en pequeños detalles y se han instalado y normalizado.
No se trata de prohibir canciones, comediantes o palabras, la intención es llamar la atención sobre estos aspectos que parecen insignificantes, pero que son dañinos e impiden que población defienda su identidad y su territorio. No le puedes pedir a una persona que defienda o luche por algo que no valora, que desconoce o inconscientemente minimiza.
Tal como las composiciones de Tite Curet, es urgente mirar desde otra perspectiva, la del reconocimiento y el justo valor, la belleza, la fortaleza y la dignidad que han sido despreciadas y ridiculizadas durante siglos. Exaltar lo propio, restaurar el valor de las raíces y reivindicar la diversidad son actos revolucionarios y necesarios para quebrar el ciclo de la discriminación sutil.
Que nunca más la risa sirva de velo al desprecio, que el canto, la memoria y la palabra sean instrumentos para respetar y admirar cada rostro que ha nacido en estas tierras, reconociendo en ellos el verdadero tesoro de América Latina.

