
“Cada vez que Estados Unidos ‘salva’ un pueblo… lo deja convertido en un manicomio o un cementerio”, esta frase que se le atribuye a Eduardo Galeano ha circulado mucho en los últimos días a propósito de la escalada militar en el Caribe emprendida por Donald Trump en contra de Venezuela. Es inevitable pensar en esta afirmación del periodista y escritor uruguayo en estos momentos, cuando informaciones (y desinformaciones) circulan y acaparan las ruedas de prensa y publicaciones de redes del mandatario estadounidense.
No es miedo, sino tal vez incertidumbre y consternación, en especial, cuando leo y escucho a venezolanos que, por diferencias e insatisfacción con el actual gobierno, desean una intervención en territorio bolivariano. Quienes conocen la historia mundial saben que las veces en las que se ha ejecutado la llamada “salvación” estadounidense, sea militar, económica o política, esta supuesta acción en “defensa” y “protección” de una democracia, seguridad o derechos humanos suele desembocar en colapso institucional, violencia, destrucción de ciudades, cientos de muertos y desplazados.
Las muchas razones que impulsaron a Galeano a expresar esta afirmación requerirían un libro. Dejando de lado la justificación de una causa u otra, ante todo lo está ocurriendo y relata la historia ¿realmente un venezolano sabe a lo que se expone al solicitar una intervención que algunos llaman “quirúrgica”, sin considerar el impacto que ya provocó una acción estadounidense?.

Doctrina y lenguaje de la “salvación”
El lenguaje de la “salvación” estadounidense ya tiene más de un siglo posicionándose. Para hablar de ello debe comenzarse desde 1823, cuando el presidente James Monroe advirtió a Europa que ninguna parte del territorio latinoamericano sería nuevamente una colonia. ¿Fue un simple discurso que se convirtió en una proclama para intervenir?
Este mensaje que se conserva actualmente en los Serial Set del Congreso de EE. UU. abrió las puertas para que ante cualquier situación que se considerara un foco de “inestabilidad” para la región, se convirtiera en un asunto de seguridad de la nación norteamericana.
Esta premisa siguió en el tiempo. Tres décadas después, Theodore Roosevelt proclama que, si un país latinoamericano no controlaba sus deudas o sus disturbios, Washington enviaría “fuerzas de policía internacional”. Bajo esta excusa se justificó entonces la ocupación a naciones como República Dominicana (1916-1924)… sí, el mismo país que en la actualidad autorizó a EE. UU. usar bases aéreas para de sus operaciones militares en el Caribe contra Venezuela. Dicha ocupación generó profundas consecuencias negativas: la entrega del control de aduanas, finanzas y policía a un gobierno militar estadounidense, y el surgimiento de un movimiento guerrillero de «gavilleros» en el este del país, con 950 bajas dominicanas y 144 marines estadounidenses muertos.
Esta narrativa cambia de “caos” a “comunismo” en plena Guerra Fría. Con esta bandera, en 1947, Harry Truman pidió al Congreso ayuda para “pueblos libres” amenazados, argumento que sirvió para financiar ejércitos en Guatemala y Brasil. En 1985 Ronald Reagan habló de “freedom fighters” en Nicaragua, lo que demuestra la continuidad del mismo guion con distintos enemigos.

El patrón se mantiene en este siglo, con la reiteración de las palabras “salvar” y “restauración de la democracia” para justificar intervenciones militares. En 2003 George W. Bush prometió “construir una nueva Iraq” y en 2015 Barack Obama extendió el lenguaje de “salvación” al declarar a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria” para EE. UU. Mediante la Executive Order 13692, este último mandatario bloqueó cuentas y congeló activos de altos funcionarios venezolanos, lo que paralizó el acceso al crédito externo, provocó escasez de medicinas y alimentos y disparó la migración masiva, demostrando que la retórica “proteccionista” también puede convertir un país en cementerio o manicomio sin disparar un solo tiro.
“Psychological warfare” y “black propaganda”
Hagamos justicia al español, aunque su origen es anglosajón, la guerra psicológica (psychological warfare) es un término que surgió formalmente durante la Primera Guerra Mundial, cuando los británicos crearon agencias de propaganda como Wellington House para que, por medio de panfletos, reportes de atrocidades y campañas aéreas contra trincheras alemanas, se influyera en la opinión pública neutral y enemiga.
En este tiempo también se emplea la propaganda negra (Black Propaganda) tanto por los británicos como por los alemanes, con el único fin de manipular a la opinión estadounidense. Esta acción se intensificó en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) con «radios negras» británicas como las de Sefton Delmer, que simulaban emisiones nazis para desmoralizar tropas alemanas.
Una década después, en plena Guerra Fría, la CIA usa por primera vez estas dos estrategias para derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala. La llamada Operación PBSUCCESS empleó emisoras clandestinas (La Voz de la Liberación), panfletos falsos atribuidos al Ejército guatemalteco, noticias inventadas sobre supuestos arsenales soviéticos y hasta la difusión de grabaciones que simulaban enfrentamientos internos.
Posteriormente, documentos desclasificados del Foreign Relations of the United States revelarían que esta campaña tenía un presupuesto de 3 millones de dólares y más de cien operadores de propaganda que trabajaban desde Honduras y Nicaragua. La misión de esta estrategia más allá de derrocar a Arbenz, era generar confusión y miedo para que el Ejército guatemalteco se disolviera sin accionar un disparo.
Otro caso del empleo de guerra psicológica fue en Nicaragua en la década de los 80, con el fin de desestabilizar políticamente al país centroamericano y erosionar la cohesión social a través del miedo y la desconfianza. Para ello se aplicó un manual elaborado por la CIA que orientaba sobre el uso de propaganda, desinformación, intimidación selectiva y manipulación mediática para deslegitimar el liderazgo sandinista y ganara la simpatía de sectores internos y externos. Esta acción se combinó con un intenso despliegue mediático para moldear percepciones en el escenario nacional e internacional.

En Panamá, en 1989, también fue clave durante la Operación Just Cause. Entre las tácticas empleadas, se incluyeron campañas informativas orientadas a influir en la población civil panameña, con el objetivo de reducir la resistencia y fomentar el debilitamiento del control del gobierno de Manuel Noriega. Estas operaciones incluyeron la distribución de panfletos, mensajes radiales y la difusión de noticias favorables a la intervención, en un esfuerzo conjunto para asegurar el éxito militar y político de la acción estadounidense.
En 2015, el manual se repite, pero ahora contra Venezuela. La declaratoria de Barack Obama, mencionada anteriormente, desembocó en una campaña de desprestigio se desarrolló desde la falsa portada de Newsweek hasta la creación de bots en la red social Twitter (ahora X) que multiplicaban el pánico económico.
Años después se reveló que la National Endowment for Democracy (NED) y la USAID financiaron medios digitales que publicaron historias sobre supuestos “campos de concentración” sin evidencia. Asimismo, la Agencia Antidrogas (DEA) ofreció recompensas millonarias —lo que se mantiene hasta la fecha— por información que lleve al arresto ilegal del presidente venezolano Nicolás Maduro, sin que se presentara un solo cargo ante tribunales internacionales.
La saturación de mensajes apocalípticos contra Venezuela provocó el éxodo de cientos de connacionales, especialmente entre 2015 y 2018. En la actualidad la información que se difunde fuera del territorio venezolano refiere un caos interno, la espera de “una invasión inminente”, mientras sus habitantes si bien viven con la incertidumbre informativa realizan sus actividades cotidianas con plena normalidad, incluso, las tradicionales de Navidad. El fin último pareciera convencer, tal como se hizo en 2015, a las empresas extranjeras de un desastre dentro de las fronteras para evitar la inversión en el país, encarecer la calidad y desestabilizar desde afuera la sociedad.

Cementerios y manicomios cuantificables
Aunque la vida vale más que un número, la historia de las “intervenciones” estadounidenses a las naciones bajo la excusa de “estabilizarlas” ha contabilizado gran cantidad de muertes y una desestabilización psicológica en las poblaciones “salvadas”. A eso se refería Galeano.
De acuerdo con fuentes académicas confirman miles de muertos por la represión estadounidense durante la ocupación de Haití (1915-1934) a causa de los enfrentamientos con los marines y por la represión de levantamientos campesinos. En Guatemala, entre el golpe de 1954 y el fin del conflicto en 1996, el Registro de Víctimas del Acuerdo de Paz documenta 200 000 muertos, de los cuales 93 % fueron civiles mayas.
El conteo sigue. Durante la guerra civil en El Salvador ocurrida entre 1980 y 1992, la Alianza Republicana Nacionalista financiada por Washington y el ejército salvadoreño dejaron más de 70 000 cadáveres enterrados en fosas comunes; aún existen restos por identificar y cientos de desaparecidos.
En cuanto a las afectaciones psiquiátricas, la Organización Mundial de la Salud estimó en 2006 que el 60 % de la población de Irak sufría trastornos mentales tras la invasión de 2003; en Bagdad, el Hospital Rashad atendía el triple de pacientes con la mitad de médicos.
El ciclo es repetido: intervención militar o económica, colapso del Estado, armas y drogas por doquier, inestabilidad psicológica en la población (ansiedad, depresión, desesperanza, frustración) que hace que los servicios de salud mental, además de quedarse sin presupuesto, colapsen. Estos son los resultados de la estrategia de “salvación” de los EE. UU. tras su autoproclamación de protector de las naciones para interferir en asuntos internos de las naciones más pequeñas.
La práctica es la misma, se encuentra en la historia: contacto con sectores internos, asfixia económica, devastación e imposición de gobiernos “transitorios” para la apropiación de recursos o bondades de los países intervenidos. ¿Realmente quienes piden el ataque a Venezuela están conscientes de lo anterior y lo que faltó por decir? Saque usted sus propias conclusiones.
T/Natchaieving Méndez

