A principios de mayo y durante seis días, las redes sociales y los medios de comunicación posicionaron una pregunta ¿dónde está Yulixa Toloza? La interrogante surgió en Colombia, específicamente en el barrio Venecia de la localidad de Tunjuelito, al sur de Bogotá, donde se ubicaba Beauty Láser, un local al que la mujer de 52 años fue a practicarse una lipoláser para ver su cuerpo más acorde a los cánones sociales de belleza.

Los relatos narran que Toloza, una estilista alegre y dueña de un salón de belleza, decidió acudir a este centro pues algunas conocidas se habían practicado el mismo procedimiento sin complicaciones. La historia de sus allegadas le generó confianza y le hizo pensar que era una buena oportunidad tener la figura corporal soñada con solo pagar 3 mil pesos colombianos ($800) de los 10 mil ($2.500) que le costaba esta intervención en centros de salud avalados.

Yulixa entró feliz a “quirófano”, reseñan las noticias. Los relatos sobre el caso no lo dicen, pero no es difícil imaginar lo que pasaba por su mente. Seguramente se veía con un cuerpo esbelto tal como se lo habían prometido los “especialistas” del “centro estético”. Es posible que una sonrisa en su rostro mientras era anestesiada delatara su anhelo por verse esbelta.

Pero la expresión de felicidad por alcanzar el sueño de verse bella, como en las películas, vallas y series, se diluyó ante la mirada de los falsos especialistas, quienes en lugar de auxiliarla al ver cómo le faltaba el aire y su mirada estaba perdida la subieron inconsciente a un vehículo para ocultar la tragedia: Yulixa tuvo una embolia pulmonar.

No la llevaron a un centro de salud para auxiliarla, lo falsos galenos la dejaron tirada en la carretera de Apulo a unos 100 kilómetros de distancia (cerca de 2 horas y media a 3 horas de viaje) del local donde se realizó el procedimiento estético.

Yulixa Toloza buscó encajar en un patrón de belleza y encontró la muerte

Su historia no es un hecho aislado, y aunque es una tarea titánica encontrar cifras oficiales de las muertes por mala praxis de cirugía estéticas, los cientos de reportajes y noticias sobre hechos similares dan cuenta que esto pareciera ser una epidemia silenciosa que no es exclusiva de Colombia, sino que es común en muchos países latinoamericanos y del mundo.

Según informes de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS), los procedimientos quirúrgicos estéticos aumentaron significativamente en los últimos años a escala mundial. La liposucción y el aumento de senos lideran las listas de intervenciones más solicitadas por las pacientes. La instancia registra que anualmente en el mundo se realizan más de 34.9 millones de procedimientos estéticos (tanto quirúrgicos como mínimamente invasivos).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y las agencias de salud pública han alertado que si bien los quirófanos certificados mantienen tasas de mortalidad extremadamente bajas (aproximadamente 1 por cada 50000 procedimientos, asociadas a riesgos inherentes como tromboembolismos), en los centros clandestinos e informales los índices de letalidad se disparan exponencialmente. En estos lugares no autorizados, el riesgo de muerte o secuela grave aumenta hasta un 800 % debido al uso de biopolímeros (silicona líquida, parafina) y a la ausencia de soporte vital básico en paros cardiorrespiratorios.

Pero el deseo de encajar en los cánones sociales vendidos por la industria cultural minimiza estas cifras en quienes desean alcanzar una belleza que muchas veces es producto de los programas informáticos. Esta falsa expectativa no las lleva a solicitar a los locales que ofrecen el cumplimiento de su sueño estético los permisos que los certifica como capacitados para realizar las intervenciones a su cuerpo, las cuales siempre tendrán un impacto en la salud.

El mercado de la insatisfacción no discrimina edades
Si se estudia a la ligera el caso de Yulixa quizás más de uno puede decir que la edad influyó en su fatídico final. Una mujer de 52 años, con o sin pareja, generalmente emprende la carrera por salir de la invisibilidad social que castiga la inevitable etapa del envejecimiento, la cual se ubica por edad y no por espíritu.

Así, el quirófano se convierte en el último recurso para que una mujer madura borre la flacidez, las arrugas y la ganancia de peso, y elimine de su vida la etiqueta errónea de caducidad femenina que históricamente la sociedad ha impuesto con crueldad.

Sin embargo, de acuerdo a estudios publicados en el ecosistema digital, se evidencia que aunque estos procedimientos estéticos son más frecuentes en mujeres con edades cercanas a los 40 años, las consultas e intervenciones estéticas comienzan a registrarse de forma masiva desde los 18 hasta los 34 años. Este grupo joven acude al quirófano influenciado por la necesidad de encajar en entornos laborales, así como los afectivos digitalizados.

Muchas personas se someten a procedimientos quirúrgicos por presión social

Una muestra de ello fue el caso de la adolescente Paloma Nicole Arellano Escobedo, de 14 años, quien en septiembre de 2025 murió en el estado de Durango, México, tras ser sometida a una intervención de prótesis mamarias y lipotransferencia a los glúteos. Lo más triste de este hecho es que la operación fue impulsada por su mamá, quien consideró que era un buen regalo de 15 años.

Las muertes por cirugía estética de Yulixa, Paloma y cientos de mujeres revelan la vulnerabilidad psicológica a la que está expuesta esta población por encajar en los patrones sociales. Es así como la distorsión de la autopercepción unida a la baja autoestima y a la necesidad de validación externa crean la falsa creencia de que modificando el cuerpo se pueden sanar heridas de rechazo o inseguridad personal. Este sufrimiento mental es hábilmente usado por un mercado negro integrado por estafadores que venden la felicidad empaquetada en una jeringa o una cirugía, sin importar las consecuencias.

Entonces, ¿de quién es la responsabilidad? Obviamente quienes ejercen la medicina sin los conocimientos son los autores materiales de estos lamentables procedimientos. No obstante, el problema también incluye a quienes bombardean las pantallas con cuerpos irreales, editados con filtros y software que idealizan un modelo de belleza.

Constantemente, de forma indiscriminada y sin ninguna regulación, medios de comunicación tradicional, plataformas digitales y toda la industria cultural normalizan y posicionan discursos visuales en los que el valor femenino se reduce a la simetría física. Basta ver un noticiero de televisión, cuyo contenido en nada tiene que ver con la exhibición de la belleza, para percatarse del bajo índice de presentadoras que tienen más de 40 años, rasgos de envejecimiento natural o cuerpos que escapan a la estricta y violenta norma de la delgadez. Esto sin mencionar la tez de la piel generalmente clara, los rasgos faciales estilizados, el cabello cuidadosamente liso, lo que desplaza la capacidad intelectual por el estándar ornamental.

Las operaciones estéticas se ofrecen como productos comunes

El afán social por alcanzar un estándar de belleza ideal funciona como una violencia silenciosa. El sistema capitalista y estético exige a la mujer una perfección que biológicamente no existe, mercantilizando sus inseguridades. De esta manera se construye una narrativa perversa en la que envejecer o tener imperfecciones se castiga con la exclusión social, el ridículo y peor aún, a una vida sin pareja.

Las mujeres intentan habitar un molde ajeno destruyendo su salud en el intento por cumplir las expectativas externas. La paradoja es trágica: se busca la belleza para vivir mejor, pero se encuentra la muerte por asfixia social.

De allí que castigar a quienes ilegalmente utilizan el bisturí no es suficiente. La urgencia es fiscalizar la publicidad engañosa que se difunde en redes sociales y el posicionamiento de un modelo de belleza que discrimina la diversidad y castiga la autenticidad.

Si no se educa sobre el autocuidado y la importancia de fortalecer la autoestima y la salud mental, los casos de Yulixa y Paloma seguirán repitiéndose.

La tarea es impulsar campañas que prioricen la aceptación y el bienestar psicológico para sanar el tejido social y desarmar a quienes mercantilizan la anatomía a costa de las falsas expectativas.

Detener las cirugías clandestinas también exige apagar los proyectores de cuerpos perfectos y encender la empatía. Ninguna mujer debería sentir que su felicidad depende del tamaño de su cintura, sus senos o lo pronunciado de sus curvas. La verdadera transformación no ocurre bajo la anestesia, sino al romper el espejo de una imagen ficticia, impuesta por un mercado que necesita más mujeres inseguras que generen mayor rentabilidad.

T|Natchaieving Méndez