
Por: Natchaieving Méndez
24 de junio: una coincidencia amarga del calendario une dos sucesos transformaron Venezuela. En el primero, el pueblo conquistó la certeza de que el suelo que pisaba era, finalmente, suyo. En el segundo, dos siglos después, la furia de la naturaleza sembró un trauma imborrable: la cruda revelación de que esa misma tierra, inestable y viva, puede agitarse en cualquier instante y reclamar sus vidas y las de quienes aman en solo 39 segundos.
Más de tres semanas han pasado de los dos terremotos (7.2 y 7.5) que azotaron la región norte del territorio venezolano y las consecuencias, especialmente en La Guaira, siguen manifestándose. A 22 días de esta tragedia, contabilizan casi 5 mil personas fallecidas, el conteo pareciera no detenerse, ni hablar de los daños materiales y psicológicos.
Bajo este ambiente, Hideki «Kit» Miyamoto, uno de los ingenieros estructurales más respetados del planeta y director de la firma global de mitigación de riesgos Miyamoto International recorre el área de desastre. Este especialista japonés ha ganado prestigio no desde una oficina en Tokio o en California (Estados Unidos), su labor se ha evidenciado caminando en la “zona cero” de los movimientos sísmicos de las grandes catástrofes mundiales, ofreciendo una luz de esperanza donde la oscuridad de la devastación da todo por perdido.

Para evaluar y sugerir las estrategias para el renacimiento de Venezuela, Miyamoto no solo emplea la sabiduría de la experiencia adquirida en Haití en 2010, Nepal, Puerto Rico o la destrucción en Ucrania, su procedencia tiene mucho que ver. Japón es, en la actualidad, una de las naciones cuya cultura sísmica les ha permitido atravesar con serenidad movimientos telúricos de gran magnitud, como el de 6.9 que ocurrió con 26 minutos de diferencia global en el reloj, a los terremotos en Venezuela (6:05 p.m.)
Dos realidades geográficas y el peligro del olvido
La diferencia en el comportamiento de ambas sociedades frente al movimiento sísmicos que vivieron, casi al mismo tiempo, parte desde la posición geográfica.
Japón convive diariamente con una sismicidad activa debido a que se ubica en la confluencia de cuatro grandes placas tectónicas (la Pacífica, la Filipina, la Euroasiática y la Norteamericana). En esta zona se registran cerca del 20% de los terremotos de magnitud 6.0 o superior en el mundo y de manera constante. De allí que a la población nipona no le da tiempo de olvidar el peligro, pues la tierra se encarga de recordárselo constantemente.
En Venezuela, aunque sus habitantes sepan que el norte del país está atravesado por un complejo sistema de fallas activas (Boconó, San Sebastián y El Pilar) que delimitan la frontera entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, los terremotos de gran magnitud no ocurren de manera frecuente. Pasan décadas completas de aparente calma entre un evento destructor y otro. De hecho, el último sismo fue el de Cariaco, estado Sucre, el 9 de julio de 1997 y en la zona actualmente afectada ocurrió uno de gran magnitud el 29 de julio de 1967. Ambos tuvieron una magnitud menor que los del pasado 24 de junio.

Esta baja frecuencia sísmica genera una falsa sensación de seguridad e inmunidad en la memoria colectiva del ciudadano y en las prioridades de planificación urbana. Aunque en la nación suramericana se hagan simulacros en escuelas e instancia laborales, la falta de eventos en lapsos cercanos diluye la percepción del riesgo, lo que permite, además de una “seguridad” que no permite al individuo asimilar de forma significativa los conocimientos preventivos, se da pie al crecimiento desordenado de infraestructuras vulnerables en terrenos inestables.
Todos tienen su punto de trauma
Aunque la situación geográfica de Japón indique que siempre hubo una cultura sísmica, existió un hecho clave para cambiar y transformar a esta sociedad asiática en una que se resguarda a los desastres naturales: el Gran Terremoto de Kanto del 1 de septiembre de 1923.
Este sismo sacudió la tierra con una magnitud de 7.9 durante un lapso excepcionalmente prolongado de entre 4 y 10 minutos, destruyendo por completo las ciudades de Tokio y Yokohama. Más de 100 000 personas perdieron la vida y la capital quedó reducida a cenizas, pues la mayoría de las viviendas de la época estaban construidas de madera y papel, por lo que los incendios se propagaron inmediatamente después del terremoto.
Este golpe fue un punto de inflexión en la sociedad japonesa que comprendió que, si bien la geografía no se puede modificar, la única forma de sobrevivir es adaptar las ciudades a la naturaleza.

Luego de este gran sismo, en las décadas posteriores se promulgaron en Japón leyes fundamentales, destacando la Ley de Normas de Edificación de 1950 y, de manera crucial, la reforma de 1981 que introdujo el estándar Shin-Taishin. Esta última normativa elevó la exigencia técnica: los edificios ya no solo debían diseñarse para resistir el colapso y permitir la evacuación, sino para permanecer operativos y funcionales inmediatamente después de un gran evento, protegiendo la vida de las personas y su patrimonio.
Esta evolución normativa habría sido inútil sin el factor humano, la sociedad japonesa logró blindarse porque alineó la severidad de sus leyes con una cultura de responsabilidad civil extrema, que asume la fiscalización de sus construcciones como un hecho sagrado y donde el desacato a las normas de seguridad se traduce en un costo social inaceptable. Así, la resiliencia de esta nación no es un milagro tecnológico, sino el resultado de haber integrado el dolor del pasado en el diseño diario de su supervivencia.
La ciencia de la resiliencia
La diferencia, además de la densidad poblacional, entre eventos de gran magnitud (1812 y 1900) que ocurrieron en el país y los de junio es que ahora se cuenta con mecanismos científicos que no necesitan esperar a que un edificio colapse para comprender cómo responde el suelo.
En la actualidad, existen herramientas avanzadas para dar al suelo devastado una segunda oportunidad y eso lo ha dejado claro Miyamoto. La Interferometría de Radar de Apertura Sintética (InSAR), por ejemplo, permiten a agencias como la NASA procesar mapas satelitales detallados que miden con precisión el desplazamiento, la deformación y el hundimiento de la corteza terrestre antes y después de un sismo.
Estos mapas son fundamentales para identificar, por ejemplo, cuáles zonas del litoral venezolano han quedado geológicamente inestables y requieren una veda de construcción o un reforzamiento prioritario del terreno.
Asimismo, en cuanto a los suelos, la ingeniería estructural ha evolucionado desde el concepto tradicional de rigidez hacia el de la flexibilidad controlada. Durante décadas se pensó que para resistir un terremoto las edificaciones debían ser lo más rígidas y robustas posibles. Sin embargo, la rigidez extrema acumula enormes tensiones que terminan por quebrar el concreto armado y eso quedó comprobado en los terremotos del pasado 24 de junio.
De acuerdo a lo publicado en web, los edificios japoneses actuales aplican sistemas avanzados de aislamiento sísmico y disipación de energía, tales como amortiguadores viscosos de fluido y aisladores de goma con núcleo de plomo en las bases. Esto representa una técnica de amortiguamiento que absorbe y disipa la energía de las ondas sísmicas, reduciendo la aceleración de la infraestructura. En otras palabras, esto significa que las estructuras modernas están diseñadas para «bailar» y balancearse con flexibilidad en lugar de oponer una resistencia rígida que las rompa.

Durante sus recorridos técnicos por las zonas afectadas del norte del país, Kit Miyamoto diagnosticó que las fallas observadas en las estructuras colapsadas en La Guaira responden a patrones de ingeniería conocidos y corregibles.
Para el experto, el desafío en la reconstrucción venezolana pasa por actualizar los mecanismos de inspección independiente en obra que garanticen que el diseño sismorresistente plasmado en los planos se ejecute con estricta fidelidad en el terreno. Para la comunidad, el reto consiste en entender que el reforzamiento estructural de escuelas, hospitales y viviendas vulnerables es un paso indispensable para mitigar futuras catástrofes.
Reconstrucción segura
Pese a que el panorama actual es complejo y demanda acciones inmediatas de planificación urbana, no está exento de esperanza. Tras evaluar la magnitud de los daños en una situación que él mismo calificó como “la tercera tragedia más compleja del mundo”, Miyamoto sostiene que la recuperación de La Guaira es totalmente posible.
«Esta costa y estas comunidades pueden reconstruirse de forma mucho más segura y resistente que antes», afirmó el especialista durante sus encuentros con las autoridades de planificación urbana. La clave no radica en buscar tecnologías inalcanzables, sino en aplicar con rigor los conocimientos de sismorresistencia que ya posee la ingeniería local, acompañados de una firme voluntad institucional y ciudadana de priorizar la prevención.
Japón demostró al mundo que es posible levantarse de las cenizas de 1923 y convivir en paz con una geografía indomable. El dolor del pasado 24 de junio puede transformarse en el catalizador de nuestra propia reforma estructural. La ciencia y la experiencia internacional están a nuestra disposición, ahora el compromiso es edificar un futuro seguro para las próximas generaciones.
Si hace dos siglos las venezolanas y los venezolanos aprendimos la alegría de ser los dueños de nuestro propio destino y de nuestra propia tierra, hoy nos toca aprender a convivir con su latido. La soberanía hoy se traduce en la capacidad que tenemos de levantarnos de las ruinas y edificar un futuro en el que la tierra que nos da cobijo no sea una amenaza, sino el escenario firme, seguro y eterno de nuestra libertad.

