Durante siglos, a los suramericanos se nos mostró una imagen del mapa en la que el territorio del continente africano era igual que Groenlandia, y más pequeño que Rusia y Europa. Además, nuestro continente era más pequeño que sus dimensiones reales, por ejemplo, Brasil se mostraba más pequeño que Estados Unidos cuando la realidad es otra. Nos enseñaron la sumisión desde el mapa. En septiembre de este año esta realidad cambió.

La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó una resolución que sacudió la cartografía tradicional. Togo, en nombre del Grupo Africano, propuso sustituir en los mapas escolares la visión distorsionada del planeta y utilizar proyecciones ajustadas a la realidad que respeten las dimensiones territoriales, científicamente demostradas, de cada región.

La votación no sorprende, mientras 164 países respaldaron la medida para equilibrar la imagen del globo terráqueo, seis se abstuvieron y solo una nación estuvo en contra: EEUU, el gigante del norte se negó a perder la hegemonía visual que distorsiona el planeta a su favor.

Si bien esta distorsión del planeta fue creada en 1569 por el cartógrafo Gerardus Mercator para facilitar la navegación marítima europea, terminó convertida en un estándar cultural ideológico. El modelo de Mercator conservó los ángulos para trazar rutas en línea recta con brújula y para ello deformó las superficies a medida que se alejaban del Ecuador. Esto proyectó que territorios como la isla de Groenlandia aparentaran un tamaño similar al del continente africano, aunque en realidad la extensión de África es catorce veces mayor en la realidad física del planeta.

Europa aparece ubicada en el centro del dibujo con dimensiones artificialmente gigantescas y Suramérica quedó reducida a una escala similar, cuando en realidad es tres veces más grande que la superficie europea.

Gonzalo Prieto, periodista del medio digital Geografía Infinita, sentencia lo anterior de forma lapidaria: la ciencia cartográfica ha demostrado que proyectar una esfera sobre un plano exige tomar decisiones. Todo mapa implica elegir una proyección, un centro y una orientación, ninguna fórmula plana puede conservar al mismo tiempo las distancias, las formas y las superficies reales de la Tierra.

Este problema va más allá de cálculos matemáticos, pues cuando yace desde el momento en que se impone una sola opción técnica como una verdad absoluta como fue el caso de Mercator. Este modelo desplaza el Ecuador hacia abajo y comprime el sur global, una deformación que proyecta una falsa superioridad territorial de las potencias industriales sobre las naciones que fueron colonizadas.

Arquitectura eurocéntrica

Las imágenes construyen la geografía mental de los pueblos. La repetición durante años de una representación distorsionada que achicaba al Sur instaló una idea sutil de inferioridad territorial y geopolítica.

Prabir Purkayastha, en el medio digital Misión Verdad, explica que la cartografía occidental estuvo atada al dominio de los mares. Los imperios europeos emplearon el mapa de Mercator para saquear otros continentes y como un trofeo de su expansión e instalar en las psiquis colectivas que su superioridad también era territorial.

Cada pueblo percibe el mapa del mundo desde su contexto, por ello, en la historia existen otras representaciones del espacio planetario. Uno es el modelo geográfico creado en 1405 por el coreano Gangnido, el cual ubicaba a Asia en el centro del espacio conocido. En la cartografía islámica medieval, el sur solía dibujarse en la parte superior del mapa.

Y es que, aunque el espacio no tiene un arriba o un abajo en la física del universo, la convención de colocar el norte en la parte superior responde a una decisión cultural arbitraria. Según el historiador Jerry Brotton el norte no solía ubicarse muy arriba porque se asociaba a la oscuridad.

La hegemonía occidental convirtió su propia perspectiva geográfica en una norma universal que todos debían consumir. El geógrafo Arno Peters criticó con fuerza esa mirada eurocéntrica durante la década de 1970 y ofreció una propuesta cartográfica para devolverle el tamaño justo a los países del Sur global, pero no tuvo mucho éxito.

En el debate actual dentro de la ONU se rescata proyecciones científicas como la Equal Earth que conserva las proporciones exactas de la superficie. En ella, África y Suramérica recuperan la escala gigante que poseen en la realidad.

Descolonizar para transformar el futuro

El rechazo solitario de EEUU a la propuesta de Togo en la ONU tiene una lectura evidente: modificar la escala visual del planeta implica reconocer que la riqueza de recursos reside en el Sur. La resistencia del Norte demuestra que el tamaño visual conserva su peso político, el cual se pierde en la memoria gráfica mundial cuando la ciencia cartográfica aplica la equivalencia espacial.

Admitir que el continente africano o las naciones de América Latina son inmensas rompe con el relato de la marginalidad. El mapa deja de ser un adorno escolar y se revela como un espacio de disputa.

Herramientas digitales contemporáneas como The True Size permiten comprobar el engaño visual a escala global. La resolución impulsada por el Grupo Africano no pretende imponer un mapa perfecto inexistente, sino democratizar las representaciones para erradicar el sesgo colonial de las aulas de clase. Mostrar el mundo con proporciones reales constituye un acto elemental de justicia histórica y pedagógica.

En tal sentido, avanzar hacia la multipolaridad exige desmontar los símbolos gráficos que perpetuaron la dominación cultural. Es así como debe tenerse presente que si queremos ser pueblos realmente autónomos comienza por un proceso de descolonización del pensamiento que implica cambiar la forma como que miramos el territorio que habitamos.

T/Natchaieving Méndez