Hay una verdad honesta que ocurre cuando los pies se separan del suelo en el plano real: no existen filtros digitales ni algoritmos capaces de sostener a un cuerpo en el aire. Por eso, en una época saturada de realidades simuladas, el circo sobrevive como uno de los refugios de lo humano y lo extraordinario a la vez; un espacio ritual en donde el riesgo es real, el sudor es emoción y la gravedad es el gran antagonista que el artista circense logra vencen con elegancia, destreza y sin desobedecer.

Aunque en este suelo nuestroamericano se nos ha inculcado que el circo es un préstamo europeo, maestros con décadas de estudio en la materia como Niky García nos relatan la otra cara de la historia, la invisibilizada. Mucho antes de que Philip Astley fijara en Londres el diámetro universal de la pista, los frescos de Beni Hassan, en Egipto, así como las piezas precolombinas de la cultura Cupisnique en el Perú dan testimonio de acróbatas desafiando el vacío o las resistencias del cuerpo. Una muestra de que el circo no llegó a América, ya latía aquí como una expresión ancestral de destreza y rito.

Es así que por su carácter universal que expresa la esencia humana, cada tercer sábado de abril se celebra el Día Mundial del Circo, una fecha adoptada por la Federación Internacional de esta expresión artística que busca resaltar y fomentar la participación de nuevas generaciones en artes circenses, apoyar la formación en está área y honrar a personas que han dedicado su vida en la carpa, para llevar alimento al alma de los espectadores, muchas veces en condiciones poco visibilizadas.

Circo para la transformación

Tal vez muchos no lo entienden y no tienen por qué hacerlo, pero existen personas a quienes el arte es más que una actividad. Para ellos es el aire que respiran, la razón de ser que los hace transmateriales y la ventana que le da sentido a su vida. Ese es el caso de Débora Souza, una joven geógrafa brasileña que encontró en la acrobacia una verdadera herramienta que le da el poder de transformar.

Débora cambió rigidez de la tiza y los mapas de las aulas de clase por el maquillaje de payasa y el descubrimiento de las potencialidades del movimiento del cuerpo, encontrando entonces en la carpa una herramienta para enseñar a ser.

«Como profesora de formación yo vi más que el hecho de la formación de un trabajo, yo vi la posibilidad de acción muy interesante. Cuando yo ingresé a las escuelas me sentía muy limitada, porque tenía que seguir un modelo de enseñanza que no me permitía sentir que de verdad produjera un cambio. Con el circo me chocó porque yo sentí la potencia y la posibilidad de transformación social que el circo propone». Para ella, la escuela representa una estructura milenaria y a veces opresora, mientras que el circo le permite cambiar de verdad la realidad de los niños.

En Venezuela encontró además a su compañero de vida y con él ha logrado integrar el arte circense con la crianza de su hijo, quien crece entre ensayos y giras, participando de un modo de vida donde el trabajo y la vida personal no están divididos.

Para esta joven artista este proyecto familiar es, quizás, su acto más revolucionario: «Para nosotros el mayor de esos proyectos es la formación de una familia y la posibilidad de hacerlo de manera distinta, porque nosotros tenemos el privilegio de vivir, de trabajar, de pasar todo el tiempo con nuestro hijo (…) Para nosotros representa esa posibilidad de producir un modo de vida distinto a lo que la sociedad nos propone».

Tras un año en el país, Débora se ha integrado al elenco de la Fundación Circo Nacional, en el que ha reafirmado su compromiso con el trabajo colectivo. Su mirada de Venezuela es de profunda gratitud y espejo, encontrando en el gentilicio venezolano una receptividad que le recuerda a su hogar.

Describe a los integrantes colectivo circense criollo como resilientes, capaces, voraces, apasionados y especialmente solidarios. “Muy enamorados de lo que hacen y eso lo veo aquí porque cuando llego con la Fundación lo que veo son personas que han dedicado una vida entera a eso. Siempre están pendientes del otro, de lo que necesitamos, no de lo que necesite yo, de lo que necesitamos como sociedad». Para ella, el circo es, en esencia, una manera de aprender a hacer las cosas de forma distinta.

Arte como medio y no como fin

Como Debora, el malabarista y docente circense Erick Sandoval, considera el arte como un medio y no como un fin. Con esta premisa, desde hace quince años enseña en la popular parroquia Catia que un salto mortal es, ante todo, una lección de confianza mutua.

Sandoval es director de la escuela Marakapana, lidera desde hace quince años un proyecto de formación artística integral en las comunidades vulnerables de la mencionada parroquia caraqueña. Para él, la técnica circense es la base de un proceso mucho más profundo que el simple espectáculo: «nosotros vemos el circo como, más allá del espectáculo como ese proceso de transformación social en las comunidades, y que el niño y la niña así no sea en el futuro un profesional del circo que las artes le sirvan para ser un sujeto más sensible, un sujeto más creativo, más empático con la comunidad».

Con sede en el Parque Alí Primera, su equipo de facilitadores utiliza las artes escénicas para que los jóvenes puedan comunicar lo que sucede a su alrededor y planteen formas de transformarlo. El arte lo concibe como un medio de resolución de conflictos y no como un fin estético aislado. Sandoval explica que los montajes nacen de debates colectivos sobre la coyuntura diaria, desde problemas con el agua hasta el transporte, buscando siempre una salida común: «siempre a pesar de los problemas que pueda haber en cada espacio… buscamos de que siempre partamos de cuál sería la solución colectiva, o sea está sucediendo esto ahora como lo resolvemos, y como hacemos del circo o de las artes escénicas un medio que aporte para eso». Para Marakapana, la clave reside en el optimismo y la solidaridad, valores que deben quedar grabados en la mente del espectador tras cada función.

Finalmente, Sandoval defiende una visión del circo donde la magia es el resultado directo del esfuerzo compartido y la disciplina. Para este creador caraqueño, cada número artístico tiene la responsabilidad de transmitir esperanza y una invitación a la lucha permanente por el bienestar social. Su filosofía de vida se resume en la entrega total a la comunidad a través de la creatividad: «el circo en mi vida es trabajo colectivo, el circo en mi vida es creatividad, es futuro, el circo en mi vida es amor». Bajo su dirección, el circo deja de ser un evento pasajero para convertirse en un lenguaje de resistencia y construcción ciudadana en el oeste de la ciudad.

T/Natchaieving Méndez