
En días recientes, la tendencia en la opinión pública fue la de los therians, una “identidad” que en las últimas semanas había causado polémica en diversas partes del mundo. En este boom informativo, se resaltó que esta tendencia especialmente se evidenciaba en adolescentes y tanto las redes como los medios de comunicación se inundaron de programas relacionados con el aspecto psicológico.
Traigo este tema nuevamente sobre la mesa pues hoy, 2 de marzo, se celebra el Día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes, fecha que invita a crear conciencia, valorar y sensibilizar a la población acerca de los problemas de salud mental juvenil, que muchas veces son menospreciados bajo el estigma de “rebeldía del momento”, “malcriadez” o, simplemente, “cosas de muchacho”.
Lamentablemente, las cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestran que esta subestimación ha ocasionado cifras preocupantes. En un informe publicado en septiembre de 2025, el ente internacional reveló que uno de cada siete jóvenes en el mundo, entre 10 y 19 años, padece algún tipo de trastorno mental. Esto quiere decir que, de todas las enfermedades, discapacidades o muertes que sufren los adolescentes en el mundo, el 15 % son causadas específicamente por problemas de salud mental.
Además, entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en este grupo etario están la depresión, la ansiedad y los trastornos de comportamiento. Todo esto cuando no es tratado a tiempo o es subestimado durante el proceso de crecimiento ocasiona lo que hasta ahora registra el ente de salud internacional: el suicidio es la tercera causa de defunción en adolescentes.

¿Realmente adolecen?
Una frase muy común entre muchos adultos es que “los adolescentes adolecen de criterio, razonamiento o control emocional”. Esta afirmación, además de ser bastante despectiva, no considera lo crucial de este período para el sano desarrollo y desenvolvimiento del ser humano adulto.
De esta forma, contar con un entorno saludable, ayudar al joven en la gestión de sus emociones, en el control y entendimiento de sus conductas y en la creación de hábitos sociales, físicos y psicológicos, asegura un sujeto independiente, empático, responsable, en general, útil para la sociedad.
En este sentido, la OMS destaca que la estigmatización, discriminación y exclusión son parte de los factores que pueden poner en riesgo la salud mental de un adolescente. Muchas de las críticas que se le hace a esta población etaria provienen de viejos patrones inflexibles que no consideran aspectos importantes que moldean la conducta, las reacciones y hasta las maneras de pensar de los jóvenes.
Así, la falta de acceso a servicios públicos, orientación de calidad, convivencia en entornos de riesgo, enfermedades crónicas, abandono explícito o implícito, pueden desembocar en enfermedades crónicas, incrementar la frustración o falta de adaptabilidad a jóvenes neurodivergentes, con discapacidad o integrantes de familias disfuncionales.
Algunas consecuencias de esta inflexibilización de la realidad mental de esta población ocasionan otros problemas sociales como el embarazo en adolescentes, matrimonios precoces o forzados, la indigencia en esta edad o su incorporación a grupos delincuenciales o de consumo de sustancias ilícitas.

Trastornos emocionales
Una de las características más resaltantes de este período del ser humano es la búsqueda de la propia identidad (incluso muchos adultos mueren sin conocerla). La presión social, la inestabilidad del entorno, traumas de sus adultos significativos y circunstancias contrarias a un clima sano de crecimiento pueden interferir en esta exploración y, por lo tanto, hacerlos vulnerables a la influencia externa, especialmente, de los medios de comunicación y redes sociales.
Es así como lo que puede ser una imposición solapada de factores de poder a través de mensajes encubiertos en estímulos que generan entretenimiento (dopamina) en el muchacho, puede moldearle su percepción del entorno y su creencia acerca de la vida, incluso de sí mismo. Por ello, fenómenos como therians, emo, la diversidad sexual, en muchos casos no provienen de necesidades internas (hay quienes sí tienen origen orgánico) sino de una manera de incluirse en una marea que los hace sentirse parte del colectivo, lo cual, para esta población es un aspecto fundamental: la opinión y aceptación por parte de los otros.
Lo anterior es un tema complejo. En gran parte de las acciones del adulto hacia los adolescentes poco se considera el interés, la percepción y realidad del joven; por el contrario, se imponen normas inflexibles que otrora funcionaron para un entorno muy distinto en el que vive el adolescente. Esto crea una falta de apropiación de las normas y genera conductas disruptivas que, en muchos casos, son ejemplo de modelación por pares que también siente las inconsistencias de los fundamentos de una orden.
Si bien las normas son necesarias para garantizar la convivencia interna en espacios de alta concentración de adolescentes, el hacerlos partícipes del análisis, reflexión y formulación de estos lineamientos es necesario para el cumplimiento real y consciente de los mismos, especialmente, en los momentos actuales de sobreinformación. Se suele escuchar a muchos adultos decir que cuando tenían esas edades con solo una expresión del rostro de sus padres o una palabra intimidatoria, ya hacían caso.
Sin embargo, habría que recordar: ¿realmente era respeto o el condicionamiento represivo que quedaba luego de una reprimenda? Si bien, en muchos casos, una buena nalgada es conveniente para evitar males mayores, en una época en la que los niños y adolescentes están expuestos a múltiples informaciones que moldean su pensamiento, esta acción puede ser contraproducente y generar, más que obediencia, resistencia.
No debe dejarse de lado otros factores determinantes para la salud mental en los adolescentes como la buena relación tanto con su entorno familiar como con sus pares. Es así, que la violencia física, el acoso escolar, la exclusión, la crianza severa desde patrones arcaicos y las dificultades económicas pueden vulnerar considerablemente la salud mental de los jóvenes.
Que este día no sea solo una efeméride en el calendario, sino un punto de inflexión para transformar la mirada del adulto hacia el joven. La salud mental adolescente requiere de una escucha activa que trascienda el juicio y la estigmatización. Solo al validar sus realidades, por más ajenas que nos parezcan (como el fenómeno de los therians o las nuevas dinámicas digitales), podremos construir puentes de confianza.
Al final del día, el bienestar de esta generación no depende de su capacidad para obedecer ciegamente, sino de nuestra disposición para acompañar su crecimiento con empatía, recursos profesionales y, sobre todo, humanidad.
T/Natchaieving Méndez

