Una pandemia silenciosa se esparce frente a nuestras narices y pareciera que la sociedad hace caso omiso de su gravedad. En septiembre del 2025, Unicef expuso un dato alarmante: en el mundo, unos 188 millones de niñas y niños en edad escolar y adolescentes sufren de obesidad, lo que se traduce a uno de cada diez.

Las cifras de Unicef no son simples números, son una alerta de que estamos frente a una bomba atómica social. Lo que hoy son “exceso de kilos” mañana puede convertirse en crisis de productividad, una población que envejecerá prematuramente, insuficiencia cardíaca, diabetes tipo dos, problemas de movilidad, bajo nivel de resiliencia, ansiedad, depresión, poca capacidad para la resolución de problemas, estrés crónico… ¿La extinción progresiva de la especie a causa de lo que consume?

Ser obeso no es sinónimo de bienestar tal como la narrativa tradicional en algún momento posicionó en la memoria colectiva. Hoy, Día Mundial de la Obesidad, se recuerda que “estar gordito” no significa gozar de buena salud y esto en nada tiene que ver con la estética ni los estereotipos de contextura física que la industria cultural global ha impuesto, sino de hacer consciente el peligro al que se expone una persona cuando no consume una alimentación adecuada.

En días pasados, un especialista de la salud expresó que diversos estudios han comprobado que el sistema digestivo “representa el otro cerebro” del cuerpo humano. No es para menos, expertos aseguran que el consumo consciente de nutrientes esenciales permite al organismo obtener “los componentes químicos necesarios para la mielinización neuronal y la neuroplasticidad”, que se traduce en una mejor memoria, desarrollo cognitivo y control de impulsos. En pocas palabras: mejor alimentación: un cerebro con buen funcionamiento.

¿Cómo se traduce lo anterior?  Al dar prioridad a la calidad nutricional sobre las calorías vacías que se encuentran en alimentos procesados, refrescos, golosinas, entre otros, se estabiliza el sistema endocrino, se garantiza un crecimiento óseo saludable, se fortalece el sistema inmune, se reduce el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y metabólicas, y se evitan condiciones como la resistencia a la insulina o la pubertad precoz.

El desarrollo cognitivo también está bajo fuego

Aunque la obesidad es un mal que afecta a personas de todas las edades, el que uno de cada diez niños y jóvenes padezca esta enfermedad genera especial alerta. El informe de la Unicef advierte que la carencia de nutrientes esenciales durante los años de formación, sustituida por el consumo masivo de almidón refinado y sal, compromete la capacidad de aprendizaje y la salud mental.

Mucho se ha hablado, incluso en este espacio, acerca del peligro de involución cerebral con la sobreexposición de la población infantil y juvenil a las redes y su influencia en el bajo desarrollo de la corteza prefrontal cerebral encargada de las habilidades blandas como la empatía, el control de impulsos, así como el análisis, razonamiento y pensamiento lógico.

Si a esto se le agrega una alimentación inadecuada en la que el cerebro no recibe los micronutrientes necesarios para procesos de neurodesarrollo complejos, entonces se convierte en una manera de hipotecar el capital intelectual de las futuras generaciones, sentenciándolas a una vulnerabilidad cognitiva y biológica que las dejará sin herramientas para enfrentar los desafíos de un mundo cada vez más exigente.

“Los alimentos ultraprocesados están desplazando cada vez más el consumo de fruta, verdura y proteínas, en un periodo de la vida en el que la nutrición es esencial para el crecimiento, el desarrollo cognitivo y la salud mental de los niños y niñas”, declaró Catherine Russell, directora Ejecutiva de Unicef quien además subraya que la malnutrición ahora no solo se refiere al bajo peso, sino también por encima de los estándares aceptados.

Por ejemplo, países en los que si bien la escasez de alimentación no representa un problema que prevalezca, la obesidad infantil y juvenil ha llegado a convertirse en una crisis de seguridad nacional. Por ejemplo, en Estados Unidos este mal afecta a casi 15 millones de jóvenes, es decir, aqueja al 22.2% en adolescentes de entre 12 y 19 años, según los Centers for Disease Control and Prevention (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades).

Además, el reporte de CDC destaca que las comunidades latinas y afroamericanas en suelo estadounidense son las más vulnerables por la proliferación de “desiertos alimentarios”, zonas de acceso muy limitado o nulo a alimentos asequibles y nutritivos, como frutas frescas, verduras, granos integrales y proteínas magras, en las que los ultraprocesados son la única opción asequible. Esto ha disparado la diabetes tipo dos y los daños hepáticos.

Esta realidad también golpea a las naciones de América Latina y el Caribe, donde el 37,6% de niños y adolescentes de 5 a 19 años sufren sobrepeso u obesidad, de acuerdo con los registros de la Organización Panamericana de la Salud. Esta alarmante cifra se agrava en los entornos escolares por los alimentos ultraprocesados que se ofrecen.

En este sentido, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO por sus siglas en inglés), estima 141 millones de adultos obesos, con proyecciones de 73,2% de sobrepeso en adultos para 2030.

Este alarmante escenario cobra una relevancia crítica en esta fecha que no debe ser entendida como un simple recordatorio estadístico, sino como un llamado urgente a la acción colectiva. Todas las instancias internacionales coinciden en que la obesidad representa una bomba de tiempo que pone en riesgo la existencia de la humanidad.

Por ello y mucho más, el aumento de obesidad infantil juvenil y de cualquier edad nos invita mirar más allá de la báscula y entender que este mal es una muestra visible de un sistema que está fallando en su responsabilidad más básica: nutrir el futuro.

Exigir regulaciones al marketing digital y transformar las escuelas en santuarios de salud son tareas urgentes. Es el momento de pasar del diagnóstico a la política pública, y asegurar que la nutrición consciente sea la base sobre la cual se construya una sociedad con verdadera capacidad de razonamiento, empatía y, sobre todo, vida.

Natchaieving Méndez