Natchaieving Méndez

Desde el primero de noviembre, los habitantes de México, específicamente de la población de Michoacán, esperan un evento que ocurre cada año desde tiempos ancestrales: la llegada de las mariposas monarcas. Para los centroamericanos con fuertes raíces culturales originarias, esta migración, que científicos afirman proviene desde Canadá, simboliza la llegada de las almas que atraviesan en estos días la barrera de la inmortalidad para compartir con sus seres queridos que aún se encuentran en el plano de los vivos.

El Día de los Muertos de México es una expresión cultural que en 2003 fue ingresada por los miembros de la Unesco a la lista representativas de Patrimonios Culturales Inmateriales de la Humanidad. Su carácter único, excepcional, de prácticas ancestrales transmitidas de generación en generación, hacen que sea una manifestación que pase por todas las características que debe tener un elemento tangible y no tangible, que se considera patrimonial por ser identitario de un país o localidad.

Tal como refiere Aguiar López (2018) una expresión cultural asume el valor patrimonial cuando propicia “su perpetuidad entre el patrimonio mismo y el individuo, éste último posee el rol protagónico en esta actividad relacional, pues, debe reconocerle, admirarle, respetarle y amarle como patrimonio, coadyuvando así a su perennidad de generación en generación”.

Esta celebración que honra a los difuntos tiene esto y mucho más. Honrar a los difuntos no viene del catolicismo la vinculación de la migración de las mariposas monarcas con el retorno de las almas al plano de los vivos tiene su génesis en la cosmovisión indígena.

Tal como lo refiere el portal oficial del Gobierno de México, para algunos pueblos originarios de este territorio “los muertos son la representación de los vientos del norte que llegan anunciando un cambio de estación. Son portadores del frío y las heladas, pero también portan un potencial fertilizador con el cual lograrán que la tierra renueve su capacidad reproductora haciendo posible el próximo ciclo de siembra”.

De allí que puede establecerse la relación de la llegada de la bandada de mariposas con los vientos del norte que, para los indígenas, son peligrosos porque pueden traer enfermedades a sus pobladores, razón por la que hay que respetarlos, reconocerlos y ofrendarlos.

Esta visión que establece la relación entre los difuntos, los fenómenos de la naturaleza como las estaciones y el carácter mágico religioso, contrario a los que se ha instaurado no viene de la Iglesia Católica.

Si bien es cierto, que con la invasión europea se impuso el calendario de fiestas cristianas para erradicar las prácticas “paganas” que tenían los pueblos originarios del Abya Yala, estas comunidades con mucha creatividad y astucia continuaron sus creencias, adaptándolas en muchos casos a las circunstancias que las prohibiciones y el sometimiento de los invasores foráneos. Se lo explico por partes.

Un artículo del Instituto Nacional de Antropología de México, escrito por Víctor Joel Santos Ramírez, refiere que las fiestas del Día de los difuntos, tal como se presentan actualmente no tienen origen prehispánico. No obstante, coinciden en algunos casos, con la visión de honrar a los muertos y el retorno de sus almas para que estas protejan a sus descendientes mortales.

De acuerdo con Santos Ramírez, solo se conoce la historia prehispánica por la interpretación de los vestigios culturales, arquitectónicos, así como los relatos e interpretaciones de los primeros exploradores europeos que recorrieron el territorio nuestroamericano, por lo que la precisión de esta información del significado y las costumbres de estas civilizaciones indígenas tendrá siempre signos de interrogación.

Estas poblaciones con diversas características tuvieron también diferentes fechas de celebración y honra a sus difuntos. Lo que si se conoce es que la tradición funeraria que se practicó en el centro de México antes de la llegada de los europeos, se extendió a regiones como la mixteca y se basaban en el calendario anual que se dividía por el ciclo lunar y no solar de 365 días como el que actualmente conocemos, y esto “regía el ciclo vegetativo-agrícola y todo lo que ello conlleva, como el nacimiento y la muerte”.

Así, explica Santos Ramírez, en el calendario mexica prehispánico existían al menos cuatro celebraciones para honrar a sus muertos: Miccailhuitontli (Fiesta pequeña de los muertos); Huey Miccailhuitl (Gran fiesta de los muertos); Tepeilhuitl (Fiesta de los cerros) y Tititl (encogimiento o envejecimiento). Las dos primeras tenían lugar de forma seguida en otoño entre la época que el calendario católico establece como agosto y septiembre y estaba relacionada con los niños fallecidos que moraban en Cincalco.

Mientras, la segunda celebración ocurría en los meses de octubre y noviembre y “marcaba el fin del otoño e inicio del invierno, la época de la cosecha de maíz conforme al ciclo agrícola, estaba dedicada a los cerros y a sus moradores, las deidades del agua”Finalmente, la Tititl, comenzaba en el solsticio de invierno y avisaba el fin del año (ciclo solar) y era la gran fiesta en memoria de los finados, por lo que se colocaba en una estera o petate una imagen construida con diversos materiales que representaba al difunto, así como mucha comida.

Al finalizar, se encendía la estera y se quemaba todo. “Esta celebración se llamaba quixebilotia (en memoria) y la hacían cada año los hijos o parientes, al parecer, estaba dedicada a quienes habían tenido una muerte natural (habían llegado al sol poniente), por lo tanto, el cielo que les correspondía era el Mictlan”, explica el citado artículo.

Al llegar los invasores europeos a tierras mexicanas, estas fiestas fueron prohibidas por la Iglesia Católica, por lo que son muy pocos los vestigios que quedaron de estas celebraciones erradicadas producto “del exterminio, sometimiento, muertes epidémicas, control social e ideológico, al que fueron sometidas las culturas originarias durante 300 años”, destaca Santos Ramírez.

Sin embargo, algunas antiguas creencias se resistieron a desaparecen y siguieron bajo formas cristianizadas, resguardadas con la tradición oral y la lengua autóctona. De allí que la instauración de las fiestas del 1 y 2 de noviembre fue la excusa perfecta y depositaria para las creencias antiguas funeraria.

Los cambios en la sociedad novohispana fueron dándose a medida que transcurrieron los siglos, transformando los símbolos, los cultos, la fiesta y parafernalia de esta fecha en una celebración con las características más tendiente a lo foráneo, incluyendo los denominados símbolos paganos. Lo que esconde detrás de lo ostentoso.

Sin dudas, lo que hace atractivo el patrimonio Día de los Muertos de México tiene que ver con la creatividad, vistosidad y majestuosidad que los lugareños hacen posible para cumplir con la tradición.

Es común ver grandes, coloridos y vistosos altares adornados con flores, frutas, cadenetas de papel, fotografías y otros elementos para honrar a los difuntos. Escuchar cohetes, tambores o instrumentos para recordar a las ánimas.

Degustar la gastronomía local con diversidad de sabores y ver símbolos de mariposas, esqueletos y la popular Catrina creada por el pintor José Guadalupe Posada para hacer una crítica social hacia la élite de la época de principios de siglo XX.

Lo realmente importante de esta fecha está detrás de la ostentosidad de la celebración y tiene que ver con los mitos y creencias surgidas de la hibridación cultural que se produjo en estos pueblos.

La coincidencia en la visión de lo que ocurre después de la vida y su resignificación transmitida por generaciones es lo que hace especial esta manifestación.

En este sentido, un aspecto resaltante es el rol en la familia de los “abuelos”, especialmente de aquellos que murieron, pues desde visión de estas comunidades los ancestros continúan trabajando en el otro mundo para el beneficio de los seres que les recuerdan, bendiciendo la cosecha, garantizando la salud, llevando la lluvia para la prosperidad de sus descendientes.

La amenaza a la memoria pero no todo es color de rosa. En relación a esta fecha existe una amenaza que ha sido denunciada por quienes son protectores de la manifestación: la gentrificación.

La alta difusión de este patrimonio, incluso por recientes películas animadas del mundo hollywoodense, ha ocasionado el aumento del turismo en las poblaciones mexicanas en las que se practica la tradición, lo cual ha producido para bien el aumento de los ingresos económicos y para mal la creciente comercialización de esta expresión cultural que pone en riesgo la autenticidad y el resguardo de la esencia de la celebración.

Entiéndase por gentrificación al proceso en el que una localidad se transforma por la llegada de residentes con mayor poder adquisitivo, lo que ocasiona que se desplace a los habitantes fundadores o descendientes del lugar.

En algunas poblaciones mexicanas como Oaxaca, por ejemplo, cada 1 y 2 de noviembre reciben grandes cantidades de turistas, por lo que cada vez es mayor la transformación es esta ciudad con proyectos inmobiliarios modernos.

Defensores de este patrimonio han alertado que, en esta ciudad, cada vez se hace mayor las ofertas de recorridos en habla anglosajona a los cementerios, lo cual limita los rituales de los residentes en las tumbas y panteones de sus familiares.

Además, se ofrecen paquetes de comidas gastronómicas y maquillajes de la popular Catrina solo para los foráneos, lo que desvía la esencia ritual de esta fecha en la que se dedica el tiempo a quienes no están en el mundo de los vivos.

La amenaza de la gentrificación puede ocasionar la modificación del paisaje rural, la pérdida de prácticas culturales únicas para la adaptación a fines comerciales y ocasionar la homogeneización y el encarecimiento de la vida cotidiana en estas localidades.

También, el aumento del costo de la vida en estos espacios les convierte en una zona de exclusividad turística y en fuente de inversión de nuevos habitantes que no poseen la misma conexión cultural originaria.

Lo anterior puede ocasionar que la identidad cultural de un lugar se diluya, transforme o varíe y con ella, la rica diversidad del patrimonio humano. Es esencial que, celebrar esta rica tradición considerando los desafíos sociales contemporáneos.

La preservación de las costumbres, la memoria de los antepasados y la sustentación de espacios comunitarios son fundamentales para asegurar que las mariposas monarcas puedan seguir migrando por los cielos de México, y que las tradiciones continúen volando con ellas, recordando la importancia de la memoria y la comunidad en un mundo en constante cambio.