En estos tiempos el espejo se convierte en un reflejo de exigencias sociales. Que la piel se arrugue parece una falta, un pecado capital impuesto por la industria estética con su avasallante maquinaria comunicacional con sus mandatos y estándares severos, en algunos casos, inalcanzables.

Para ir con la corriente basta una búsqueda en redes y se encuentran fórmulas que prometen soluciones milagrosas que paralizan el tiempo en el rostro. Entre estas “soluciones” están los péptidos, una palabra que esconde un universo cuyo uso irresponsable hace que la vanidad desplace el criterio científico para convertir la salud en una apuesta peligrosa.

Es así como las conversaciones sobre estética ya sobrepasan las cremas o dietas, ahora se habla de cadenas de aminoácidos y regeneración celular. La fascinación por esta “fórmula mágica” se expande aceleradamente desde las celebridades hasta los salones humildes de belleza en los barrios, todo ello impulsado por un mercado insaciable que comercializa la ansiedad por el paso del tiempo.

Entonces, una vez más, la sociedad observa cómo se comercializa el bienestar con una velocidad sorprendente. Nuevamente se cae en la tendencia a delegar la autoestima a sustancias embotelladas e inyectables, pero ¿se toma en cuenta detenidamente que se introduce al organismo por una simple moda y el cumplimiento de los estándares de belleza?.

Las diminutas llaves del cuerpo

Comencemos por definir qué son estas soluciones médicas publicitadas. Los péptidos son pequeñas cadenas de aminoácidos, es decir, como si los átomos fuesen piezas de lego que se unen para formar cadenas cortas que construyen las proteínas en el organismo y funcionan como mensajeros químicos entre las células. De allí que, en su estado natural, son las responsables de ordenar la producción de colágeno, la liberación de hormonas o regulación del apetito.

Su función natural es vital para reparar los tejidos y mantener el equilibro metabólico, razón por la cual la ciencia médica ha empleado los péptidos para sanar desde trastornos hormonales hasta la cicatrización de heridas complejas. La característica de estas moléculas de ser asimiladas con rapidez por el cuerpo, ha servido para devolver la armonía a los organismos que han perdido la capacidad de autorregulación.

Hasta este punto todo pareciera positivo, el problema surge cuando la medicina se cruza con la banalidad comercial. Lo que nació en los laboratorios para solventar patologías específicas hoy se vende como un milagro estético sin la comprobación suficiente de los efectos secundarios. De esta manera, moléculas como la semaglutida o los secretagogos de hormona de crecimiento saltaron del recetario médico al catálogo cosmético indiscriminado.

En redes sociales y salones de belleza, la aplicación de estas moléculas se vende con una oferta alarmante y sin supervisión sanitaria. En las promociones se incluyen nombres científicos, comprensiblemente desconocidos para el ciudadano que no posee conocimientos sobre la materia, pero que enumeran una larga lista de “beneficios” vinculados con el bronceado de la piel, el aumento de la libido, la solución para el crecimiento de uñas, cabello y lozanía de la piel.

No obstante, según el portal Medscape, hasta los momentos muchas de estas bondades que se ofrecen se basan “en experimentos con cultivos celulares, modelos animales, pequeños estudios preliminares o relatos anecdóticos de experiencias compartidas en las redes sociales”, por lo que carecen de datos confiables que demuestren su seguridad y eficacia en la aplicación a personas que no poseen ningún tipo de patología. No existe entonces una evaluación fundamentada en la relación beneficio-riesgo comprobada que pueda avalar su aplicación sin supervisión médica.

Mensajes sin sustento científico

Todo lo anterior se convierte en una amenaza cuando en redes sociales se hace publicidad de la aplicación de este milagro científico y se convierte en moda. Figuras de relevancia internacional como Jennifer Aniston ha declarado en entrevistas que usa terapia péptidos como parte de su rutina de antienvejecimiento. Aún más, expresó que esta “alternativa” era preferible al bótox y representaba “el futuro” para mantener la vitalidad de la piel y los tejidos.

Otra representante de la farándula que ha publicado abiertamente el uso de péptidos es Khloé Kardashian, quien difundió en sus redes que se aplica una inyección diaria y que esto cambió su vida.

El problema no es que estas “referentes de la belleza comercial” hayan tomado la decisión de aplicarse esta fórmula química, al final cada ser humano es dueño de su cuerpo y lo que hace con él; la cuestión parte de que estos mensajes se hacen virales en una sociedad que empuja especialmente a la población femenina a entrar en una carrera por alcanzar y perpetuar cuerpos perfectos y rostros impecables sin verificar las consecuencias que le pueden llevar a la autodestrucción, un problema de salud mental.

Por ello, psicólogos recomiendan que ante cualquier intervención o tratamiento que modifique la imagen de una persona, esta debe hacer terapia cognitivo conductual que la ayude a confrontar, aceptar y modificar sus pensamientos distorsionados sobre la belleza.

La sombra de los excesos

No todo lo que promete regeneración está libre de riesgos. En artículos difundidos por la comunidad médica se muestran efectos adversos graves en pacientes que se han aplicado de forma no controlada péptidos como el BPC-157 o análogos hormonales. En estos casos, las personas han sufrido arritmias cardíacas y shock.

Incluso, existen registros de consumidores no atletas que, tras autoadministrarse dosis masivas de péptidos de la masa muscular, experimentaron reacciones alérgicas severas, brotes de acné quístico, elevación incontrolada de la presión arterial e hipertrofia de órganos internos.

De allí que colegios de medicina y agencias reguladoras en el mundo han encendido sus alarmas. La Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. (FDA) prohibió la comercialización de varios péptidos inyectables en farmacias de manipulación pues argumentan que faltan estudios sobre su seguridad a largo plazo y riesgo carcinogénico.

Asimismo, la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y la Organización Mundial de la Salud advierten que el consumo incontrolado de péptidos metabólicos provoca pancreatitis, alteraciones tiroideas severas y trastornos gastrointestinales agudos. Sin embargo, academias de dermatología insisten en que los sueros tópicos tienen baja penetración y no reemplazan hábitos saludables.

El cuerpo no es una máquina

Venezuela no está aislada de estas dinámicas de consumo. En centros comerciales o salones de estética de algunas ciudades del país se promociona las “sueroterapias” vitamínicas que prometen rejuvenecimiento. Igualmente, se pueden observar en vitrinas comerciales desde cirugías capilares con “células madre y péptidos” hasta inyecciones para quemar grasa o acelerar el bronceado.

Es así como la presión social por mantener ciertos estándares estéticos empuja a muchos ciudadanos a adquirir productos de dudosas fuentes informales, arriesgando la salud en medio de desinformación. Por ello es vital desmontar la matriz de que envejecer es “el fin del mundo”, una enfermedad que debe erradicarse a cualquier costo; al contrario, se trata de un proceso natural digno, que tiene su belleza.

Exigir rigor científico, consultar a profesionales médicos titulados y rechazar el chantaje de los estereotipos son actos de soberanía personal. Los avances de la ciencia deben servir para elevar la calidad de vida humana, no para alimentar la ansiedad de un mercado insaciable. Cuidarse es, ante todo, respetarse.

T/Natchaieving Méndez