
Estatuas derribadas, edificios emblemáticos rayados y quemados, ventanas de espacios patrimoniales rotas, las secuelas de la violencia también quedaron en el patrimonio cultural venezolano cuando grupos terroristas denominados “Comanditos” no solo pretendieron quebrantar la paz del país, también vulneraron la memoria histórica del pueblo.Los hechos hablan solos: una parte de la Universidad Central de Venezuela en Caracas, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000, se vio afectada en áreas comunes y aulas de clase. También fueron atacadas la Alcaldía de la Vela de Coro en Falcón, Patrimonio de la Humanidad desde 1993; el Museo de los Llanos en Barinas, Bien de Interés Cultural; la Esfera de Soto en Chacao, Miranda, Bien de Interés Cultural desde 2005, y muchos otros referentes históricos y culturales en diversos estados.Este hecho fue enérgicamente rechazado por diversas instancias y sectores de la sociedad venezolana, entre ellos el Instituto de Patrimonio Cultural de Venezuela que a través de un comunicado calificó como “desproporcionada” la destrucción de monumentos, quema de infraestructuras y símbolos que son referentes del imaginario del pueblo y de su identidad cultural.Arma para golpear la moral del otroLa destrucción del patrimonio cultural durante un conflicto bélico no es algo nuevo, pues aparece en diversos episodios de la historia de la humanidad en los que este acto ha sido utilizado como un arma de guerra para herir la emocionalidad del contrario, así lo refiere Fabiola Velasco Pérez, directora de Sociopolítica y Cultura del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA).
“El patrimonio como bienes materiales y espirituales representan las culturas, representan a la a las sociedades y si tenemos un enfrentamiento entre dos grupos con pensamientos culturales e ideológicos distintos, parte de las estrategias de guerra es atacar justamente a todos elementos simbólicos”, destaca.
Velasco Pérez explica que en el contexto que actualmente vive el país, las polaridades afectan el entendimiento, así como el respeto por el otro y sus valores, por lo que una de las formas más eficaces de herir moralmente y generar un malestar espiritual al contrario es arremeter manera vandálica sobre esos símbolos o signos que los representan.
“Es parte de lo que se ha tejido dentro de todo este discurso de guerra mediática que estamos viviendo, pues la estatuaria urbana es ese reconocimiento que hacen los pueblos a determinados personajes por sus valores y su historia, lo que demuestra que el patrimonio cultural, más que objetos materiales, son valores morales, estéticos, afectivos e históricos”, recalca.
No es protesta, es un acto criminal
En cuanto al marco legal venezolano, la investigadora refiere que el título sexto de Ley de Protección y Defensa del Patrimonio Cultural (1993) recuerda la responsabilidad de la ciudadanía en el cuidado de estos referentes patrimoniales y establece las sanciones para quienes ejercen daños pues esta acción se considera una acción criminal sobre la identidad y la memoria.
“Son aspectos que a veces obviamos o por desconocimiento de las leyes pero efectivamente lo que ha ocurrido son hechos no legales y punibles, ahora bien, el daño material al final se puede recuperar se puede recuperar volver a hacer la estatua que existía o recomponer los edificios que fueron quemados o reparar los vidrios que fueron rotos, pero el daño moral es más difícil de restablecer por eso el respeto ante la diversidad y la interculturalidad es fundamental en estos momentos que estamos viviendo”, subraya.

