Definitivamente, 2026 quedará en la memoria de las venezolanas y los venezolanos como el año en que la vulnerabilidad nos hizo mirar de frente el miedo. Apenas completamos los dos primeros días después de darnos el abrazo de Feliz Año y un bombardeo nos desdibujó la sonrisa del momento y nos empujó a un tobogán de incertidumbre.

Luego, a pocos días de cumplir seis meses de ese momento, el suelo nos recordó la fragilidad de nuestras certezas. La alegría por la conmemoración de los 215 años de batalla que selló la independencia del país y la celebración de uno de los patrimonios culturales inmateriales más queridos, San Juan, se transformaron en dolor. La tierra se sacudió dos veces, se quebró el cemento, se movieron las paredes y se congeló el aliento de todo un país.

Nuevamente el miedo se apoderó de nuestras calles, especialmente de Caracas y de La Guaira. Aun, dos semanas después de ese miércoles que no olvidaremos, los movimientos del suelo se mantienen para recordarnos que somos un país sísmico, con periodicidad prolongada. Esta última característica de nuestro territorio nos hizo caer en una falsa calma y los años de silencio de la tierra borraron en las generaciones post terremoto una realidad innegable: nuestro suelo cambia constantemente. El pasado 24 de junio la naturaleza nos despertó del letargo.

Aun el eco de esos 39 segundos en que la tierra vibró se mantiene. Las grietas en edificios, casas, calles nos reviven ese momento. Cada día que pasa el luto colectivo nos pesa más en el pecho no solo por el recuento de los daños materiales, sino por las pérdidas humanas. Saber que el número de víctimas cada día va en ascenso nos abre heridas profundas que tardarán en sanar.

No es la primera vez que el dolor se apodera de nuestra gente. Hoy, quienes tienen algo más de 65 años recuerdan cómo la tierra vibró en 1967; luego viene a la mente el terremoto de Cariaco de 1997, el deslave de La Guaira de 1999, la tragedia de Tejerías (Aragua), Sucre, Mérida… Momentos dolorosos que demostraron que el pese al infortunio el verdadero carácter de este pueblo no se mide por lo que cae, se demuestra por la velocidad con la que nos extendemos la mano entre escombros.

Rescatistas y voluntarios trabajan sin descanso.

El venezolano conoce el sonido de la adversidad y el peso de las crisis. No es la primera vez que la naturaleza pone a prueba nuestra resistencia colectiva. En cada golpe del pasado, hemos encontrado la fuerza para volver a empezar siempre.

En cada caso, la respuesta colectiva inmediata ha sido el primer faro de esperanza. Vecinos salvando a vecinos, médicos improvisando centros de atención y voluntarios repartiendo insumos básicos. Esa solidaridad automática no es casualidad; es parte de nuestra identidad más profunda. Es el mecanismo de defensa de una sociedad acostumbrada a no rendirse jamás. Nos negamos a ser víctimas pasivas de la tragedia que hoy nos toca vivir.

El ADN de nuestra resistencia

Todos estos sucesos actuales han desempolvado momentos similares en la historia. Uno de ellos fue el terremoto de 1812, que no solamente destruyó Caracas, sino que marcó el inicio de nuestra república libre. “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, exclamó nuestro libertador, Simón Bolívar, ante estos sismos,

A esa ausencia dolorosa debemos responder con obras indestructibles. El mejor homenaje para las víctimas será construir un país donde el futuro no signifique peligro, nos toca levantarnos con la certeza de que somos arquitectos de nuestra propia salvación y que nuestra voluntad colectiva es mucho más fuerte que cualquier grieta que intente quebrarnos.dejando una frase que no solo desafió la manipulación religiosa del momento, sino que dejó por sentado el espíritu de renacimiento del venezolano, la tendencia a la reconstrucción en medio de las ruinas.

Lo anterior no es una mera especulación o reflexión del momento, el don de la resiliencia es parte del ADN del pueblo venezolano y un estudio realizado por la Universidad Católica Andrés Bello lo confirma.

En esta investigación realizada a 2000 personas de la capital y las regiones central, andina, centroccidental, oriental, Guayana y Los Llanos, se constató que, si bien una buena parte de las venezolanas y venezolanos presentan algún grado de vulnerabilidad psicológica, “la mayoría de los ciudadanos son resilientes, se perciben optimistas, dicen contar con la familia en momentos difíciles, se apoyan en la religiosidad,  sienten que tienen control personal, quieren participar en actividades sociales y se encuentran satisfechos con su propia vida”.

De acuerdo con esta y otras investigaciones, una de las características que nos define como sociedad es el impulso de buscar soluciones colectivas inmediatas, y esto es algo que se ha evidenciado en los últimos días y que han resaltado los rescatistas de otras naciones que han viajado al país para reforzar las labores de búsqueda y rescate.

Muchos espacios tendrán que ser reconstruidos desde cero.

En definitiva, no nos quedamos estancados en el lamento, activamos la acción de forma casi instintiva. Cada evento nos ha dejado cicatrices, pero también un aprendizaje invaluable sobre la supervivencia. Es comprensible que el tejido social se debilite con el impacto, pero en esta tierra se regenera con la cooperación mutua. Aquí no se aguanta el castigo, nos transformamos para salir fortalecidos del dolor y una muestra de ellos fueron los años 2015-2018, cuando la escasez de comida hizo a quienes se quedaron en este suelo ser más creativos para subsistir.

Reconstruir desde las cenizas de la catástrofe

Luego de esta catástrofe que se vivió en Venezuela en días pasados, en específico en La Guaira, la gran enseñanza es aprender. Si bien es cierto que somos resilientes, también es importante tomar este hecho tan doloroso para replantear la forma de percibir el entorno, las construcciones, la planificación urbanística y para ello, existen ejemplos en la humanidad que pueden darnos una luz al final de este túnel.

El terremoto de 1970 en la ciudad de Chimbote, Perú, puede ser el punto de partida para la revisión histórica de cómo un sismo que devastó regiones enteras les obligó a replantear el desarrollo urbano del país. Los peruanos no solo levantaron casas, crearon sistemas modernos de prevención de desastres. Tanto es así que, ante los terremotos en suelo venezolano, el Instituto Geofísico peruano está alerta ante un posible sismo de gran magnitud en la costa central.

Otro espejo fue el gran terremoto de Kobe, Japón, en 1995, que destruyó una de las ciudades portuarias más importantes del continente asiático. La respuesta japonesa fue reconstruir bajo un modelo urbano inteligente, seguro y altamente tecnológico. Hoy Kobe es un referente mundial de planificación constructiva y resiliencia ante riesgos naturales.

Ilustración del terremoto de 1812.

El desafío de Venezuela hoy es enorme. Muchos expertos internacionales han reiterado que ningún país está preparado para lo que se vivió el pasado 24 de junio. No obstante, si algo es cierto, los sismos de ese día desnudaron las fallas de nuestra infraestructura actual y la falta de una verdadera prevención ante este tipo de desastres naturales.

Este momento nos exige desarrollar una mirada experta hacia adelante; reconstruir sobre un suelo herido para que el tiempo prolongado no haga nuevamente más vulnerable a las futuras generaciones que vivirán en esta tierra sin la experiencia de un terremoto. Esta crisis debe ser el catalizador para una reorganización urbana seria, bien planificada que perdure en el tiempo como el dolor que quedará tatuado en la memoria de miles de venezolanas y venezolanos que hoy lloran.

Natchaieving Méndez