Natchaieving Méndez

Chiste, burla, chalequeo, aparte de lo anterior un abanico de temas que merecen la atención y la reflexión sobre los tiempos actuales y el manejo de emociones. Les hablo acerca del caso de Sister Hong, un hombre que se hizo pasar por una mujer casada para atraer a más de mil masculinos para estafarlos. ¡Media China dirían los exagerados! Aunque sabemos que la población del país asiático es mayor, claro.

Jiao Moumou, quien en su apariencia física femenina se hacía llamar “Sister Hong” (Mujer roja) contactaba a los incautos a través de una página de citas. Les decía que era viuda o casada y les solicitaba regalos cotidianos (aceite de cocina, Frutas frescas, leche, papel higiénico, electrodomésticos pequeños) para concretar un encuentro sexual con los interesados.

Jiao Moumou se vestía de mujer para engañar a sus víctimas

Lo insólito es que los más de mil hombres fueron a su casa, se percataron que era un hombre y… “bueno, ya estamos aquí”. Pero la estafa no quedaba allí, eran grabados y posteriormente extorsionados porque una gran mayoría de “las víctimas” eran casadas. ¡Craso error!

Esta historia, tejida entre las cortinas cerradas de un apartamento pequeño de Nankín, más allá del escándalo que podría ocasionarle la pena de muerte al ardiente estafador, revela el deseo, la soledad y la fragilidad que se presenta en tiempos de hiperconexión. ¿Qué pasó por la mente de los estafados? No es una interpelación a la víctima, se trata de quitar el velo a lo que significa el deseo digital, hasta dónde puede llegar, cómo esta puesta en escena deja de manifiesto el vacío afectivo que atraviesa la sociedad contemporánea.

El deseo como refugio: entre la rutina y la evasión

Tal como lo mencioné anteriormente, gran parte de estos hombres estafados tienen familia, parejas estables, hijos, rutinas marcadas. ¿Qué los llevó a Sister Hong? ¿qué los motivó a seguir adelante luego de enterarse de que aquella mujer idealizada digitalmente, era un hombre?

En una encuesta cerrada -no les mentiré qué entrevisté a una cantidad mayor a masculinos para mi muestra- a hombres con características similares a los estafados de Sister Hong (entre los 18 y 50 años, solteros o casados, activos en redes de citas) las razones coincidían en la necesidad de sentirse deseados, escuchados, validados, viriles, tener experiencias diferentes. Esto lleva a unas palabras atribuidas en redes al psicólogo argentino Sergio Sinay, “el deseo no siempre busca placer; a veces busca sentido”.

Grabó en secreto los encuentros íntimos y los vendió a una página para adultos

Es así como las plataformas de citas pueden convertirse en refugios para aquellas personas que no logran concretar un espacio emocional en sus vínculos cotidianos en la realidad. Y fíjense que tan cierto es esto que en un estudio reciente del Instituto de Estudios Familiares/YouGov realizado a 2000 hombres entre 18 y 39 años, se obtuvo que “11 % de los jóvenes adultos casados, menores de 40 años, afirman usar actualmente aplicaciones o sitios web de citas”.

Esta encuesta, por supuesto, puede ser cuestionada, primero, porque fue hecha en Estados Unidos en donde sabemos existen grandes carencias emocionales por la búsqueda de placeres materiales que el sistema impulsa; segundo, porque la cantidad puede ser más o menos en otros países ¿quién sabe? Pero ciertamente expone una realidad desde el ámbito científico.

La tendencia de hombres (mujeres) casados de buscar parejas o encuentros fortuitos en app de citas, de acuerdo con una investigación encontrada en web de Sharabi (2023) en *Computers in Human Behavior*, reportan altos niveles de insatisfacción emocional y baja autoestima. En síntesis, no buscan otra pareja: buscan otra narrativa. ¿Validación de la infidelidad? Para nada, es encontrar la razón de estas conductas.

Una ficción deseada

¿Por qué Sister Hong? Si vemos las fotos de la (o el) estafadora, no es precisamente una modelo de portada de revista. Peluca, voz suave, mascarilla, gestos discretos, esto en lo físico; sin embargo, había más que eso: promesa de afecto sin juicios, sexo sin compromiso pues se trataba de una mujer casada; nada más costoso que lo cotidiano: no pedía dinero, solo víveres. Una ficción cuidadosamente construida para encarnar la fantasía de lo prohibido. Sister Hong no era real, pero sí eficaz ¡Vaya pillo inteligente!

De alguna manera, pudiese decirse que Jiao Moumou apeló a lo que la especialista en temas sobre lo femenino, Judith Butler, define en su libro “Género en disputa” como actuación social. En otras palabras, el performance de Sister Hong para seducir se construyó desde los estereotipos profundamente arraigados en la sociedad que definen a la mujer deseable. Esto hombres no deseaban a una persona real, buscaban concretar el deseo con una promesa. Tal vez esta sea la respuesta del “bueno, ya estamos aquí”, un tema que profundizaré en otra entrega de este artículo.

Lo real de todo este caso es que puso sobre la mesa algo que el machismo histórico ha pretendido ocultar: una masculinidad frágil, deseante, silenciosa. Estos hombres no solo fueron engañados, también fueron grabados, exhibidos, ridiculizados. En redes sociales, muchos fueron objeto de burla, memes, comentarios crueles. La vergüenza se convirtió en castigo público.

Lo anterior también expone un modelo hegemónico de lo que significa ser hombre. Muchos de estos estafados no actuaron por ocultar error de cometer un acto sexual fuera del matrimonio, sino por la exposición de que se supiera que su masculinidad heterosexual fue vulnerada. Entonces, el deseo se convirtió en humillación. Imagínense si esto ocurrió en Asia, qué hubiese pasado en un país latinoamericano en el que la figura del “macho” tiene unas connotaciones más fuertes. Lo dejo a su imaginación.

Es así como el miedo a ser “funado” fue parte la motivación de que la estafa se concretara. Para los adultos no tan contemporáneos cuyo término no es cotidiano, estoy hablando de la acción de exponer a una persona a través de las redes por un comportamiento considerado por el colectivo como reprochable o negativo, lo que lleva a cancelarlo socialmente. Un ejemplo fue la policía mexicana que decidió vivir a la luz pública su sexualidad y fantasía con un compañero; pero calma, eso es harina de otro costal, no nos desviemos del tema.

Quizás en otra época la estafa de Sister Hong no hubiese producido tanto escándalo, pues era más difícil la difusión. En la actualidad sabemos que un mínimo paso en falso puede convertirse en viral gracias a un algoritmo cómplice que premia lo escandaloso, lo emocionalmente intenso, el morbo; incluso el sufrimiento se monetiza pues genera atención de la audiencia.

Así, quedan siguen resonando en la mente: ¿cómo la fabricación discursiva de Sister Hong como simulacro de lo femenino llegó a engañar a más de mil hombres? ¿Cómo se construye, circula y normaliza el abuso simbólico en la era del deseo algorítmico? ¿Qué factores psicológicos y sociales hacen vulnerables a los hombres y las mujeres en plataformas de citas ante engaños como este? Profundicemos más de esto, en la siguiente entrega.

Así es la habitación donde operaba Sister Hong