Natchaieving Méndez

Cuando hablamos de educación, todos creen tener la autoridad para opinar. No es sorprendente: desde el momento en que somos concebidos, nuestras experiencias son un proceso educativo continuo. Sin embargo, solo quienes han pasado tiempo enseñando frente a un grupo de estudiantes conocen los verdaderos desafíos de ser el puente entre el conocimiento y las diversas formas en que cada estudiante percibe el mundo.

Si no se tiene la experiencia anterior, cada persona desde sus vivencias, cuestionará una forma educativa versus otra, enalteciendo la que más le funcionó. De allí que es común escuchar frases como “en mi época aprendíamos más”, “cuando estudié no era tan fácil”, “esos muchachos de ahora no aprenden nada”, “esta generación no es la misma que la anterior” ¿Cuánta verdad o mito hay en esto?

Ciertamente las épocas no son iguales y es una verdad de Perogrullo que las generaciones tampoco son las mismas. No obstante, al entrar a una escuela, liceo o universidad, lo más probable es encontrar un aula de clases con la misma escena de hace 20, 30 y hasta más de 50 años atrás, tal vez con un estilo de vestimenta, peinado y hasta forma de mobiliario diferente, pero finalmente igual. Un docente, una pizarra repleta de información; estudiantes copiando en sus cuadernos, organizados en columnas y filas casi perfectamente alineadas. ¿Es esto malo o bueno? Revisemos


La estructura y el orden necesario
Estructurada y sistemática son las dos palabras que definen a la llamada educación tradicional, en la que el docente o facilitador es el eje central que imparte un contenido de manera unidireccional. Históricamente es la manera en la que se ha enseñado a generaciones, por lo que ha servido a la sociedad pese a que es criticada por su falta de flexibilidad y adaptación a las formas de aprendizaje que tiene cada estudiante.

Algunos expertos destacan que esta forma de enseñanza permite crear estructura a los sujetos en formación que, debido a su edad, aun no tiene completamente desarrollado su zona cerebral encargada de la organización de los conocimientos. En otras palabras, representa ofrecer un gabinete sólido para poner en su justo lugar los múltiples aprendizajes que el educando adquiere.

Galván Cardoso y Ramos (2021) destacan que “la educación tradicional puede limitar la creatividad y el pensamiento crítico de los estudiantes, ya que se centra en la memorización y la repetición”. Aun así, enfatizan que esta metodología tiene mucha efectividad en materias como matemáticas, ciencias y literatura, pues no solamente crea una base sólida de una fuente confiable: el maestro. Además, bien llevada puede gestionar la interacción en el aula, promover el fortalecimiento de la disciplina y ayudar a la creación de hábitos de estudio y responsabilidad. ¿Y entonces, qué se le critica?

Justamente por su carácter unidireccional, centrado en la información que imparte el docente y la estandarización de las formas de transmitir los saberes, esta modalidad de instrucción no considera las múltiples formas en las que un educando puede decodificar e internalizar una información. En consecuencia, puede excluir a aquellos estudiantes que no conecten con el lenguaje y las maneras que emplea el facilitador para transmitir sus saberes.

Estas circunstancias limitan además el desarrollo del pensamiento divergente, crítico y creativo; muestra una sola visión de la realidad. Esto formará a sujetos que difícilmente cuestionarán lo que perciben, por el contrario, les acostumbrará a seguir la línea de las mayorías y tomará como idea absoluta y cierta lo que alguna figura de autoridad diga.

¿Jugando es más efectivo?
Desde mediados del siglo XX, el juego es visto como una herramienta potencial para el proceso de enseñanza y, en consecuencia, la adquisición de los llamados aprendizajes significativos, es decir, aquellos que no se olvidarán porque son integrados al andamiaje del sistema de conocimientos y creencias del ser humano. Jean Piaget, Lev Vygotsky, por mencionar solo a dos, plantearon en sus teorías la vía lúdica para facilitar al educando su comprensión del entorno. Estas son las bases de lo que hoy se conoce como enseñanza gamificada.

La gamificación, que proviene del término anglosajón «gamification», comenzó a ganar popularidad a finales de la década de 2000 y se refiere al empleo y diseño de juegos para la enseñanza o circunstancias no lúdicas. La finalidad es motivar la participación de los estudiantes para aumentar su compromiso y motivación por sus estudios.

Los impactos de esta estrategia pedagógica, en la actualidad muy vinculada con los estilos, desafíos y lenguajes de los videojuegos, han sido estudiados por diversos especialistas en el área educativa. Una de estas investigaciones es la de Ana María Ortiz Colón, Juan Jordán y Miriam AgredaI, quienes en 2018 determinaron que esta forma de educación ofrece ventajas en proporcionar retroalimentación inmediata y personalizada a los estudiantes, lo cual les ayuda a identificar y corregir sus errores de forma inmediata. Además, facilita la comprensión, retención y disposición hacia el material de aprendizaje.

Otros especialistas como los españoles Joel Manuel Prieto, Juan Diego Gómez y Elias Said, destacan que, aunque la gamificación aumenta la motivación, interés y participación de los estudiantes en su proceso educativo, esta puede disminuirse si no se mantiene y se es creativo para superar los desafíos que esta práctica docente implica. Lo atractivo puede perderse de ser repetitivo, por lo que requiere una constante renovación a corto plazo de la estrategia educativa gamificada, para el perdure lo aprendido y el interés.

De allí, que esta modalidad de instrucción puede tener resistencia por parte de los docentes, pues este no solamente debe actualizar los conocimientos en su área, además, demanda una constante preparación; investigación sobre los intereses, lenguajes, recursos disponibles de los estudiantes y la adaptación de estos contenidos a una forma más concreta, sencilla y directa propia de las actividades lúdicas.

Todo lo anterior significa emplear un tiempo que debe compartir con el cumplimiento de una larga lista de requerimientos burocráticos exigidos por la institución en la que labora, que además debe cumplir con los requerimientos de los entes locales, regionales y nacionales, que al final difícilmente serán examinados con la minuciosidad que requiere por la gran cantidad de trabajo que representa el sistema educativo.

Tradicional o moderna gamificada, la educación es un terreno fértil para el debate en el que cada quien aporta desde su experiencia, la cual siempre será diferente. En una humanidad en la que ya no se habla de una inteligencia estándar; en la que no solamente los estratos sociales influyen en el acceso, éxito o fracaso de la educación, pues también se ha determinado que los seres humanos tienen múltiples maneras de aprender, no puede establecerse una sola forma de enseñanza como la correcta.

Si bien la educación tradicional ha sido la formadora de generaciones y la columna vertebral de la sociedad, la dinámica social actual en la que se ha acentuado la diversidad y el uso de la creatividad para generar resiliencia a los desafíos sociales. obliga a poner en tela de juicio su enfoque unidireccional y estandarizado. Es así como la educación gamificada surge como una alternativa, pero que dedicación y adaptación que muchos de los docentes encargados del proceso no tienen y por el cual se resisten a aplicar.

Al final, la clave radica en encontrar un equilibrio entre estas metodologías, reconociendo que cada estudiante tiene un estilo de aprendizaje único y que el verdadero éxito educativo se logra cuando se integran diferentes enfoques que nutran tanto la mente como el espíritu crítico de los futuros ciudadanos.