
Natchaieving Méndez
Hoy es Black Friday y, contrariamente al significado que tiene la traducción de este nombre en español, para muchos es el momento en el que la orden es “comprar” porque “todo está barato”, “hay ofertas”, “mitad de precio” y un sinfín de frases que seducen a los ansiosos compradores que recién han recibido los primeros pagos de la época decembrina.
Luego del Día de Acción de Gracias estadounidense, esta fecha surge como epicentro global del derroche consumista disfrazado de oportunidad irresistible. El mundo se lanza a las calles y a las plataformas digitales para aprovechar los “descuentos” que se ofrecen como “irrepetibles”. Desde una tienda de gomitas dulces hasta las de muebles y electrodomésticos, el cartel en grande con Black Friday atrae a cientos de consumidores que esperan horas en largas colas para llevar lo que “solamente ese día podrá conseguir a ese precio”.
Eso es lo que venden las vitrinas iluminadas y campañas publicitarias, pero, ¿qué es lo que realmente se esconde detrás de este encantamiento consumista? Tras este telón, se oculta una historia marcada por crisis financieras, transformaciones culturales y una lógica capitalista que convirtió el consumo en un ritual global.
Ese evento promueve una fiebre compradora que revela y exacerba tensiones entre la economía, la cultura y el poder, si no me lo cree, pregúntese: ¿a quién realmente beneficia este día? ¿Al consumidor que gasta hasta lo que no tiene, se endeuda por “aprovechar” los “precios irrepetibles”, o a las grandes corporaciones? ¿Qué suplanta esta fiebre de consumo material?
Del caos a la oportunidad
Existen diversas teorías sobre el origen del término Black Friday y todas ellas, paradójicamente, no están relacionadas con la abundancia. La primera ubica el origen en la época de la trata de esclavos, se dice que por el Día de Acción de Gracias los traficantes bajaban los precios de venta de la población esclavizada. Según National Geographic esta hipótesis está totalmente descartada, aunque si se revisa bien la historia no tiene nada de ilógica.
Otra versión ubica la génesis de esta fecha en 1869, cuando una conspiración bursátil fallida de dos agentes de la bolsa de Wall Street (Jay Gould y Jim Fisk) provocó el desplome del oro en Estados Unidos, lo que arruinó a miles de inversores. Aliados con Boss Tweed, político de Nueva York, los estafadores intentaron acaparar el oro sobornando a personas importantes. Al fracasado plan le llamaron entonces “Viernes Negro”. Esta teoría coincide más con el significado histórico que se le da en Venezuela.
Igualmente, algunos ubican las raíces comerciales del Black Friday en 1929, cuando muchos almacenes tuvieron grandes pérdidas producto de la postguerra y la Gran Depresión de ese año. Empresas como Macy’s, impulsados por el empresario Fred Lazarus Jr., inventaron rebajas masivas para liquidar los artículos “invendibles”.
Cuentan que Lazarus convenció al presidente Franklin D. Roosevelt de adelantar el Día de Acción de Gracias una semana, extendiendo así el periodo navideño y las ventas. Esta acción sirvió de catalizador, pues instrumentalizó el consumismo como remedio para la crisis desde la manipulación de las masas, una estrategia que la explotación laboral, una estrategia que ocultó la explotación laboral subyacente.
De acuerdo con otras versiones, el nombre surge de la policía de Filadelfia cuando en 1952 se originó un gran caos en la ciudad producto de las compras del Día de Acción de Gracias. Según lo reseñado por National Geographic, en el mencionado año, existió una avalancha en las calles y tráfico desbordado que colapsó la ciudad pues, además de las compras, hubo un partido de fútbol americano entre el Ejército y la marina con una masiva asistencia.
Ningún policía pudo tomarse día libre porque tuvieron que trabajar largas jornadas para controlar a la multitud, razón por la que bautizaron aquel día como “Viernes Negro”. Esta iniciativa tuvo tanto éxito que los comerciantes lo emplearon para describir la gran asistencia de personas a las tiendas que asistían a la ciudad el día después de Acción de Gracias.
Aunque el término apareció por primera vez en un medio en 1966, se posiciona en 1975 cuando reaparece en The New York Time, que reseñó el caos vehicular causado por los descuentos del día siguiente del Día de Acción de Gracias. De esta manera, lo que comenzó como negativo se convirtió en una estrategia de marketing, pues a partir de los años 80, las grandes cadenas estadounidenses resignificaron el “caos” que significaba este día como símbolo de rentabilidad.
La urgencia convertida en virtud
Como muchas de las formas de vida estadounidense, el Black Friday pasó de convertirse en un hecho local en una tendencia global de consumo. En la actualidad no solo en el país norteamericano se da este fenómeno, en naciones europeas y latinoamericanas este día ocurre uno de los momentos de mayor facturación para el comercio electrónico y físico. Las personas ya están a la espera de este día para consumir “la oferta” del día.
Esta transformación del término no solo muestra la creatividad empresarial por aumentar sus ventas, sino también evidencia la consolidación de un capitalismo que aumenta el frenesí del consumo y convierte la urgencia en virtud. Se crean ofertas limitadas para incentivar la ansiedad y la competencia entre consumidores, por lo que, desde tempranas horas, incluso desde el día anterior, se evidencian largas filas para las compras compulsivas. Una lógica de escasez artificial.
Desde la gran maquinaria comunicacional en medios y redes se incentiva el consumo, la adquisición de mercancías bajo la eterna búsqueda del ser humano: conseguir la felicidad. Esto concuerda con lo expresado por el pensador esloveno Slavoj Žižek, quien advierte que no solo se habla de consumismo económico, sino también de simbólico; es decir, las personas compran objetos para llenar sus vacíos existenciales.
Bajo esta premisa, pareciera que lo dicho por el teórico estadounidense, Fredric Jameson, es una profecía inevitable: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, pues desde la manipulación de las masas se instaura el consumismo como una necesidad del ser humano que debe ser satisfecha para sobrevivir.
La felicidad endeudada
Lo que originalmente comenzó como un evento de 24 horas, en la actualidad se ha transformado a semanas que enlazan con la Navidad, fecha en la que culturalmente se ha impuesto la felicidad como el vestido obligatorio de la sociedad. Muchos extienden el Black Friday a un mes de descuentos, incluso se ofrecen “ofertas” previas para impulsar la competencia.
De esta manera se emplea el “pague uno y lleve dos” o “páguelo en cuotas” como una ilusión de ahorro. Esto al final se traduce en una perpetua dependencia cultural hacia patrones de consumo, muchos de ellos para llenar vacíos existenciales como se dijo anteriormente. Esto quiere decir que ante la frustración, la tristeza, el enojo, siempre comprar algo aliviará la pena o la incomodidad.
De esta manera, el Black Friday reproduce un sistema de desigualdades que se ha instalado desde la visión del capital: quienes pueden acceder a las ofertas porque tienen mayor poder adquisitivo serán más felices, mientras que los más vulnerables quedarán atrapados en la lógica del endeudamiento en búsqueda de la anhelada felicidad.
No es solo una fecha de descuentos, sino un espejo que refleja las contradicciones más profundas del capitalismo contemporáneo. Se mide la capacidad de las corporaciones de colonizar el deseo y transformar la urgencia en virtud. Frente a este festín del consumismo, la pregunta que queda abierta es si seremos capaces de imaginar y construir otros rituales colectivos que no giren en torno a la compra compulsiva, sino a otros en los que realmente la felicidad traspase la satisfacción material.

