Cada vez que me toca escribir sobre lo que ocurre en la Franja de Gaza, confieso que el corazón se me achica. Recuerdo videos de niños que juegan sobre unas ruinas y utilizan la viga de un edificio destruido como un tobogán. También vienen a mi mente las cometas (papagayos para los venezolanos) con la bandera palestina y la mirada anhelante de libertad de quienes las vuelan, una acción considerada terrorista por el Ejército israelí.

Navegando en el océano digital, un análisis presentado en el artículo Expansionismo israelí y el sujeto oculto, publicado por el portal Coordenadas Mundiales de la Universidad Externado de Colombia, avivan estas reflexiones que inevitablemente me devuelven a las imágenes del dolor cotidiano y al trasfondo geopolítico de esta crisis.

En el tapete de injusticias en el mundo, las cartas del horror en Gaza se exponen abiertamente ante la mirada incrédula de una comunidad internacional que, si bien ha rechazado por décadas estos actos inhumanos, permite que siga ocurriendo sin freno alguno. Pareciera que la sombra detrás del brazo ejecutor espanta y calla las iniciativas que se atreven a alzar la voz.

Es así como en el sistema internacional se exige a todos los países el cumplimiento del respeto a la vida y a los derechos humanos, especialmente, luego de 1945 cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Las grandes potencias controlan sus propios recursos y fungen de vigilantes de las otras naciones, pero todo es a conveniencia, ¿la prueba? Ningún Estado pequeño suele desobedecer las reglas sin recibir un castigo. No obstante, existe una excepción clara en la región de Asia Occidental: Israel.

El Ejército de Israel en nombre del reclamo de su “tierra prometida” y bajo la fachada de hacer frente a grupos terroristas ha asesinado a más de 73.000 palestinos desde el 7 de octubre de 2023 cuando inició sus ataques en la Franja de Gaza y territorios ocupados. Todo esto sin contar las víctimas que han caído producto de décadas de incursiones armadas y ocupaciones en tierras vecinas.

Mientras otros líderes del mundo han enfrentado procesos judiciales o bloqueos económicos por acciones parecidas, el Estado de Israel continúa sus campañas bélicas sin recibir sanciones de los organismos mundiales. Su primer ministro, Benjamín Netanyahu, enfrenta juicio interno por corrupción y sobornos, una orden de arresto internacional de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra en la Franja de Gaza, y una causa judicial en Turquía que busca su captura a través de Interpol. Sin embargo, sigue dando órdenes, recibiendo el apoyo de la Casa Blanca.

Todo lo anterior contrasta con episodios de la historia reciente donde hay ejemplos de líderes juzgados por violencia de Estado: Slobodan Milošević, procesado por crímenes en los Balcanes o los responsables del genocidio en Ruanda también recibieron condenas, son algunas muestras. En cambio, las acciones militares de Israel sobre el pueblo palestino no han derivado en sanciones penales ni embargos aprobados por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

También existe un doble rasero en cuanto a las sanciones en materia de armas nucleares. Mientras países como Corea del Norte o Irán son constantemente señalados, este último atacado y bloqueado por sus programas atómicos, Israel no ha firmado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. Sus instalaciones operan sin revisiones de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) y sin sufrir consecuencias económicas directas.

El origen de la protección

La explicación de la acción flagrante del genocidio en Oriente Medio frente a la mirada incompetente internacional no está en la fuerza propia del Estado israelí, la respuesta se encuentra en quien sostiene sus acciones desde el exterior.

Para nadie es un secreto que el gobierno de Estados Unidos actúa como un protector constante en todos los escenarios diplomáticos y militares del planeta y aporta el respaldo político, económico y militar que evita los castigos internacionales. Sin este respaldo externo que se ha mantenido por años, sería imposible mantener ocupaciones de tierra y operaciones armadas durante tanto tiempo. Israel funciona como una extensión estratégica de los intereses de Washington en la zona.

La alianza pareciera entonces ser un ganar-ganar: la potencia estadounidense mantiene su presencia en una región rica en recursos y clave para el comercio y, a cambio, el gobierno israelí obtiene la garantía de que ninguna decisión internacional afectará sus operaciones locales.

No hay que olvidar, además, que dentro del territorio estadounidense existen grupos que impulsan este apoyo, como el Comité de Asuntos Públicos de Israel-Estados Unidos (AIPAC) que tiene influencia en las decisiones del Congreso en Washington. Esto asegura que tanto el partido demócrata como el republicano mantengan una postura de respaldo incondicional.

El freno en la ONU

Como se ha referido en reiteradas oportunidades, la creación del Estado de Israel y la fallida consolidación del Estado árabe proyectado para Palestina tienen su origen en la resolución 181 de las Naciones Unidas en 1947, la cual propuso la partición del mandato británico tras el Holocausto y el auge del movimiento sionista.

La creación de un Estado palestino pleno ha estado expresa y permanentemente limitada por el bloqueo de Washington. En el Consejo de Seguridad de la ONU, el gobierno estadounidense usa su derecho a veto y frena cualquier intento de otorgar a Palestina una membresía con todos los derechos oficiales en el organismo.

Otra forma de protección es el freno a las resoluciones que condenan la colonización. Durante décadas, EE. UU. ha rechazado documentos contra la expansión sobre territorios vecinos, lo que da el beneplácito a la ocupación continua de tierras, sin que esto conduzca a consecuencias legales ni a sanciones comerciales para sus responsables directos.

A esto se suman las decisiones unilaterales que reconocen anexiones de tierra. Un ejemplo fue el traslado de la embajada estadounidense a la ciudad de Jerusalén. Además, se aceptó la soberanía israelí sobre los Altos del Golán sirios, acciones que van en contra de las resoluciones previas aprobadas por la ONU.

En los tribunales internacionales la interferencia también es visible. Cuando la Corte Internacional de Justicia o la Corte Penal Internacional intentan revisar crímenes de guerra, Washington se expresa abiertamente contra esos procesos. De este modo, las órdenes de detención y las investigaciones legales chocan con trabas para su aplicación efectiva sobre el terreno.

Donación de armas y dinero

Según informes del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos (Congressional Research Service, CRS), como el reporte exhaustivo U.S. Foreign Aid to Israel redactado por el especialista Jeremy M. Sharp, la ayuda en dinero y armamento enviada por Washington a Israel es masiva y continua desde hace décadas.

De acuerdo con estos análisis, tales recursos financieros garantizan legal y estratégicamente que el ejército israelí mantenga la ventaja militar cualitativa (Qualitative Military Edge) frente a sus vecinos de la región.

Este financiamiento se traduce en la entrega constante de material de guerra de última tecnología. Se transfieren aviones de combate modernos, misiles guiados y toneladas de munición pesada, tal como se ha podido evidenciar en el conflicto contra Irán. Las empresas de defensa estadounidenses producen gran parte de los insumos bélicos utilizados en las operaciones en Asia Occidental.

Pero este apoyo no es ni altruista ni de gratis: la industria militar estadounidense también se beneficia de este intercambio de recursos. La tecnología probada en los combates regionales es analizada y utilizada por las fuerzas armadas de Estados Unidos, es decir, se trata de un circuito en el que la ayuda financiera regresa en parte a los fabricantes de armas estadounidenses.

Asimismo, se brinda asistencia en labores de inteligencia y vigilancia aérea. Aviones y satélites estadounidenses comparten información en tiempo real con los mandos militares israelíes. Este flujo de datos permite ubicar objetivos y coordinar ataques directos sobre las infraestructuras de los países y territorios vecinos.

La histórica reorganización del mapa regional

Las intervenciones estadounidenses en la región también han beneficiado a su aliado principal. Las acciones militares de EE. UU. en países como Irak, Siria o Yemen debilitaron a posibles rivales regionales. Igualmente, la presión constante contra el gobierno de Irán ha buscado, abiertamente, neutralizar cualquier amenaza cercana para el Estado israelí.

El caso de Irak en 2003 es emblemático porque se demostró el peso de estos intereses. Pese a que ese país no tuvo relación con los atentados de las Torres Gemelas de 2001, fue invadido por las fuerzas estadounidenses. La caída del Gobierno iraquí eliminó a un adversario histórico del ejército israelí y le facilitó el control estratégico de toda la zona.

Por otro lado, la estrategia diplomática ha incluido la división de los países árabes. Mediante acuerdos de normalización de relaciones impulsados por Washington con naciones como Emiratos Árabes Unidos, Baréin o Marruecos, se promovieron lazos comerciales y diplomáticos directos que buscaron priorizar los negocios por encima de los consensos que exigían el reconocimiento diplomático a la soberanía del pueblo palestino sobre su propio suelo.

Los acuerdos comerciales buscaron integrar la economía israelí con los mercados vecinos a través de pactos en áreas como tecnología, aviación e intercambio bilateral. Al establecer alianzas con algunos gobiernos árabes, la Casa Blanca reduce el aislamiento diplomático de su socio, una política que intenta restar apoyo internacional a la causa por la liberación del territorio palestino al desplazar el conflicto del centro de las prioridades geopolíticas de la región.

Al mismo tiempo, la presencia militar estadounidense en bases del Golfo Pérsico refuerza este esquema de control. El despliegue de barcos de guerra y tropas en la región disuade a cualquier país de intervenir militarmente a favor de los palestinos, asegurando el dominio del espacio aéreo y marítimo.

Control del relato

Todo este debate, acción flagrante de apoyo y crítica a las acciones militares del Gobierno israelí se intenta silenciar de inmediato con la etiqueta de odio hacia los judíos. Esta estrategia, que evoca los terribles años de la Segunda Guerra Mundial en la que murieron alrededor de 6 millones de judíos, busca evitar la discusión imparcial sobre las violaciones a los derechos humanos en la opinión pública mundial.

A esto se le suma que las grandes cadenas de noticias internacionales suelen reproducir el relato oficial sin cuestionarlo. Los ataques y la violencia son presentados de forma aislada, omitiendo décadas de ocupación territorial, un tratamiento de la información que oculta las causas profundas del conflicto al público que consume esas noticias diariamente.

Pese a este panorama de injusticia internacional, diversos países del Sur Global han alzado la voz y han presentado demandas ante los tribunales internacionales para denunciar la destrucción de vidas y viviendas. Sin embargo, estas iniciativas chocan contra la parálisis que genera el poder estadounidense.

Esta situación demuestra que la crisis no es un hecho aislado ni casual, sino el resultado directo de una potencia global que protege a su aliado sin importar el costo humano. Mientras Estados Unidos mantenga este blindaje, las normas del derecho internacional seguirán ignorándose de forma impune.

La impunidad con la que actúa Israel frente a las violaciones de derechos humanos y los ataques en la Franja de Gaza no responde a su propia fuerza, sino al blindaje sistemático de Estados Unidos. Mientras la comunidad internacional sanciona y procesa a otros líderes y Estados por crímenes de guerra o programas nucleares, el gobierno israelí opera al margen de la justicia global, exento de embargos o condenas efectivas.

T/Natchaieving Méndez