Natchaieving Méndez

La arquitectura está en todos los ámbitos de la vida. Desde la creación de los nidos hechos por los pájaros hasta las sofisticadas más construidas por grandes corporaciones, toda edificación responden a un fin utilitario. Bien para la subsistencia, la interrelación, incluso, para romper paradigmas tradicionales, la forma siempre está vinculada a una línea de pensamiento.

Seguramente estimada lectora, estimado lector, cuando le menciono el término arquitectura, las imágenes que llegan a su mente son edificios, casas coloniales, iglesias monumentales plazas u otra infraestructura. No está equivocado, durante años la sociedad nos ha moldeado para que estas sean nuestras únicas referencias arquitectónicas.

Sin embargo, cuando se revisa su concepto, siendo justos nos percatamos que se trata de “concebir, diseñar y construir edificaciones y hábitats para personas, bajo los principios de belleza, firmeza y sobre todo funcionalidad”. Entonces, desde la visión de desmontar, cuestionar y aprehender los conocimientos adquiridos ¿no ocurría esto antes de la llegada de los invasores europeos a tierras nuestroamericanas?

La respuesta es sí, pues al estudiar las construcciones que nuestros pueblos originarios aun mantienen, no solamente se conoce la manera cómo adaptan la forma de sus viviendas a su dinámica social, también incluyen la cosmovisión que tienen acerca de la relación mágica-religiosa con el ambiente en el uso de los materiales de construcción.

La estructura circular de algunas viviendas indígenas amazónicas refuerza el sentido de igualdad y su forma mantiene el respeto a la Madre Tierra

Alejandro López Arocha, director del Museo de Arquitectura, resalta que para hablar de la arquitectura como un elemento que marca la identidad venezolana debe partirse desde las comunidades indígenas. De acuerdo a su medio geográfico, explica, agua, llano, montaña, adaptaban la forma de sus viviendas.

Esa es una primera arquitectura que tiene unos valores muy importantes para nuestra realidad, por ejemplo, uno de ellos es la comunidad. Ahí no hay la propiedad privada de apartamentos, sino que ahí era todo muy comunitariamente, tanto la convivencia nocturna, era una gran casa donde dormía todo el mundo allí o en la producción”, precisa.

En concordancia con lo expresado por López Arocha, al profundizar acerca de construcciones como el shabono, la churuata o el palafito, por ejemplo, se constata que la forma circular que caracteriza estas estructuras tiene el fin de favorecer la vida comunitaria, es decir, el espacio se organiza en torno a un centro que es el corazón social, común y ceremonial, que fortalece la cohesión del grupo indígena.

Es así como un espacio dividido en modernos compartimientos como las edificaciones actuales es contrario al espíritu de los pueblos originarios pues esto debilitaría la convivencia familiar y cultural.

Asimismo, la selección de materiales por parte de estas comunidades indígenas guarda un profundo respeto a los elementos naturales que se encuentran en el entono. Por ello, las construcciones se hacen con elementos locales como madera, palma, barro o piedra, empleando técnicas ecológicas para no agotar los recursos naturales, lo cual evidencia un profundo respeto y conocimiento del entorno. Un ejemplo son los palafitos, construidos sobre el agua, que permite una convivencia armónica con lagunas y ríos, sin alterar los ecosistemas.

La forma de los techos, como en las churuatas de techo cónico, favorece que el agua se deslice rápidamente durante las intensas o el uso de la piedra en las regiones montañosas para utilizar sus propiedades térmicas, dan cuenta de una arquitectura basada en la adaptación y el aprovechamiento sostenible de la naturaleza.

No se puede dejar de lado el carácter simbólico que muchas comunidades mantiene. Por ejemplo, la construcción de las viviendas de los Yekuanas se hace bajo un acto ritual que imita la creación del mundo, su forma circular refuerza el sentido de igualdad y su forma mantiene el respeto a la Madre Tierra.

La europeización de la imagen venezolana

Luego de la invasión europea, comienza un período en el que la arquitectura mezcla la estética y la visión de llamado Viejo Continente con las condiciones geográficas nuestroamericanas. Entonces, refiere el director del Museo de Arquitectura, comienza la imposición de modelos extranjeros.

En tal sentido, destaca López Arocha, la construcción de ciudades se fundamenta en los valores de Ley de Indias y también, más tarde, de la influencia que a su vez España tenía de otras culturas como la árabe.

Afortunadamente para nosotros, yo creo que también para los españoles, fueron invadidos por los árabes y ahí hay toda una serie de, por ejemplo, la adaptación climática es muy importante. Independientemente de los problemas de exclusión de clases, el patio, la ventana, la romanilla, los techos inclinados, la altura de los techos, todo eso te da una expresión muy adaptada a nuestra realidad ambiental”, explica.

De Guzmán Blanco a Villanueva

Otro momento histórico importante que definió la identidad venezolana a través de la arquitectura, subraya el arquitecto, fue el período de Antonio Guzmán Blanco, en el que se evidenció una influencia directa de los modelos europeos, especialmente del francés. En su mandato, el mandatario, enamorado de la cultura foránea, demuele antiguos templos coloniales para levantar edificaciones emblemáticas como el Capitolio Nacional, el Teatro Municipal de Caracas y la Basílica de Santa Teresa.

En la era Guzmán Blanco el país tornó a una arquitectura europea

En su afán de convertir a Caracas en una copia de las capitales occidentales, especialmente de París, Guzmán Blanco estableció un programa urbano integral que incluyó la construcción de plazas, parques y sistemas de alumbrado público, buscando mejorar la funcionalidad y el ornato de la ciudad. Una visión de lo que este presidente consideraba modernismo y progreso, sobresaltando lo de afuera y aplicándolo hacia dentro. Hay que aclarar que pese a esta falta de inclusión de la venezolanidad, no se resta crédito al gran valor arquitectónico de la infraestructura realizada en su gestión.

La llegada del siglo XX, refirió el arquitecto, también trae consigo la copia y reproducción de los movimientos internacionales. “Lo muestra (Carlos Raúl) Villanueva en la Ciudad Universitaria y en El Silencio, toda esa arquitectura inicial es una copia en el sentido literal. Es una interpretación de una época, de unas condiciones, de otros lugares y él lo hace y lo adapta a nuestra realidad que es su gran valor”, resaltó.

López Arocha refiere que, aunque mucha de esta arquitectura se realizó desde las referencias externas y sin la intervención directa de los habitantes, hay aspectos buenos que deben considerarse y que dieron excelentes resultados, un caso emblemático es el urbanismo El Silencio, de Villanueva.

Para mí es lo mejor de lo que se ha hecho en Venezuela en renovación urbana, gracias pues, al gobierno en aquel momento de Isaías Medina Angarita que acepta”, menciona el arquitecto al referir que, antes de esta intervención, se decía que este sector capitalino era considerado “zona roja”, por lo que se procedió a implementar cambiar las condiciones del lugar para generar un cambio en esta realidad.

La reurbanización de El Silencio, en Caracas, es uno de los hitos de la modernidad en el siglo XX

Se hace una intervención urbana muy grande, muy importante. Villanueva recupera, trae del pasado lo que es la acera techada, las galerías urbanas. ¿Y la llena de qué? De locales comerciales, de servicio, ahí podía haber un kínder, un ambulatorio, cualquier cosa. Centros de empleo y los patios donde los apartamentos daban todo hacia una calle. Entonces, tú tenías un equilibrio”, expuso.

Para López Arocha, resulta “increíble” que los arquitectos venezolanos no hayan copiado el trabajo de Villanueva para las nuevas construcciones, tal como este referente de la arquitectura adaptó la columna panzuda para crear una época y construir arcos y galerías. “Nosotros deberíamos haber adoptado su concepto, pero no lo hicimos, lo cual es sorprendente. Las construcciones y conjuntos arquitectónicos realizados en todo Venezuela no alcanzan la calidad del trabajo de Villanueva”, dijo.

La época del individualismo

Otro hito en el urbanismo venezolano fue el complejo Parque Central, cuya construcción comenzó en 1970 y se extendió durante la década. El grupo de arquitectos que lideró la obra, entre quienes se encontraba Henri La Roche y Juan Pedro Posani, concibieron este proyecto para integrar viviendas, oficinas y espacios recreativos en un solo conjunto, de esta manera respondían a la alta densidad poblacional caraqueña y el aprovechamiento de la multifuncionalidad de los espacios urbanos.

Este urbanismo buscó solucionar problemas de la época como el déficit habitacional, la dispersión de servicios y la congestión vial. Asimismo, incorporó tecnologías avanzadas para la época como sistemas de aire acondicionado centralizado, extracción de basura al vacío, vigilancia electrónica y ascensores de alta capacidad.

En los años 70 y 80 Parque Central buscó solucionar problemas de la época como el déficit habitacional, la dispersión de servicios y la congestión vial

No obstante, la participación comunitaria quedó excluida de esta visión, pues la forma de las viviendas se adaptó a las líneas de pensamiento que se impulsó inculcar en la población: el individualismo.

El arquitecto López Arocha, resalta que se ha demostrado que mientras más altos son los edificios, más separa a las personas y el Complejo Parque Central es un ejemplo de ello. “Ahí tú vives, de repente dices ´yo estoy feliz aquí porque estoy solita, nadie se mete conmigo. Yo quisiera estar en mi cuarto solito, pero yo quisiera que cuando salga de mi cuarto yo tenga la vida´”.

Este pensamiento fue posicionado, especialmente, en la clase media venezolana que fue la que tuvo posibilidades de adquirir apartamentos en este complejo habitacional, que no se acoplaba a los espacios que se encontraban alrededor.

Venezuela, resalta el arquitecto, posee una cultura, tecnología y forma particular de hacer las cosas. Su arquitectura no solo engloba la tradición, también incluye los modos de producción, pensamiento y relación social de acuerdo a la época.

López Arocha resalta que en la actualidad existe una necesidad creciente de fomentar la comunidad y el sentido colectivo. Esto, precisó, es fundamental promover la solidaridad en lugar de la competencia, evitando la exclusión, la dispersión y, en su lugar, se impulse la integración, el trabajo en equipo y la colaboración colectiva.

Por ello, afirma que la arquitectura debe reflejar estos valores culturales. Si se parte de estas condiciones, las edificaciones deberían propiciar estas relaciones y no construirse como apartamentos tipo celda o colmena, sino como espacios conectados entre sí.

En este punto vale preguntar ¿en los barrios, es posible emplear los conocimientos técnicos arquitectónicos luego de años de construcción espontánea? ¿La propuesta del arquitecto japonés Riken Yamamoto podrá establecer el puente entre la identidad y las bondades de la arquitectura para reforzar el sentido de pertenencia, comunidad y relaciones libre de violencia en las zonas populares? Le comento en una próxima entrega.