
Natchaieving Méndez
Le invito a repasar el mapa político del continente americano. Fíjese bien ¿qué ve? La respuesta es obvia, varios países, incluso diferenciados con nombres y colores. Aunque algunas naciones se han empeñado en apropiarse del nombre “América”, este lado del charco, llamado antes del proceso de invasión europea Abya Yala, está conformado por 35 naciones “independientes” además de los territorios Puerto Rico (Estados Unidos), Guayana Francesa (Francia) y Groenlandia (Dinamarca), que no se consideran países soberanos.
Toda esta reflexión que pareciera obvia y reiterativa surge luego de volver a leer y escuchar las palabras del presidente Donald Trump: «¡Hagamos que América vuelva a ser grande!». Me aclararán algunos de sus defensores que él se refiere a EE. UU., sin embargo, ante todas las acciones que ha emprendido desde que asumió su segundo mandato el 10 de enero de este año, es inevitable la duda: ¿realmente la expresión hace referencia a los 50 estados y la capital?
Hagamos una lista de acciones ejecutadas en estos 10 meses. Imposición y aumento de aranceles como medida de presión; decretos extraordinarios de leyes antinmigrantes; designación como terroristas a grupos delictivos para justificar acciones bélicas (caso Venezuela); “mediador” de procesos de “diálogo” en Medio Oriente (Israel-Hamás), pero con la confesa intención de convertir a la Franja Gaza en un centro dominado por la política estadounidense; ni hablar de su rol en el conflicto Rusia-Ucrania, en el que negocia con este último el apoyo armamentístico a cambio de tierras raras… Repito, ¿realmente cuando dice “América grande” se refiere a los 50 estados y Washington? Evaluemos algunos aspectos.
Desde el norte
El país que encabeza por el norte el continente americano es Canadá, el mismo al que Trump ha sugerido que podría convertirse en el “estado 51” de EEUU. Para ello endureció (o intenta hacerlo) su política económica hacia esta nación por medio del aumento de aranceles. Primero, dijo que eran 25 %; luego, curiosamente después del reconocimiento canadiense al Estado palestino, subió a 35 %. Todo pareciera indicar que las medidas de Trump intentan coaccionar, de forma implícita o explícita, las decisiones soberanas del vecino septentrional y lograr intangiblemente su anexión a la tierra del Tío Sam.
México… En este punto cabe la pregunta ¿dominas lo que financias? Pese a los acuerdos establecidos entre los tres países del norte americano, es notoria una doble moral geopolítica estadounidense. Mientras la Administración de Trump combate el narcotráfico en el discurso, le retira apoyo a la nación azteca y permite el consumo interno de droga y tráfico de armas. ¿Qué políticas de prevención contra el consumo de droga tiene actualmente EEUU?
Una de las primeras medidas de la actual gestión de Washington fue la suspensión del financiamiento del Plan Mérida, que desde 2008 apoyaba a México en la lucha contra el crimen organizado. La decisión, tomada por el secretario de Estado, Marco Rubio, dejó sin respaldo económico a programas clave de seguridad.
Asimismo, si por un lado de la moneda EE. UU. su ufana de sus políticas contra el tráfico de drogas, es público y probado por instancias internas como el Departamento del Tesoro, la permisividad y participación de bancos de EEUU del lavado de dinero vinculado al narcotráfico, acción que no solo ha sido difundida, sino que se ha sancionado con multas, sí, así como la multa cuando se come la luz del semáforo.
Todo ello sin considerar que muchas de estas dinámicas económicas transnacionales con EEUU han impactado en los niveles de pobreza del territorio mexicano y que ha ocasionado una histórica migración. ¿Te mantengo pobre con los males que financio y, al final, te domino?
Centroamérica
En Centroamérica, el beneplácito a las iniciativas trumpistas son evidentes, especialmente, en cuanto al apoyo al “Hermano Mayor” a sus políticas contra países como Venezuela, Cuba o Nicaragua. Guatemala, Panamá y El Salvador son los principales aliados de la línea actual estadounidense.
Destaca la nación salvadoreña como la aliada mayor de la segunda temporada de Trump en el poder. Esta relación no solo tiene su causa en los comunes acuerdos que los países pueden contraer para el beneficio de sus economías, el outsourcing penitenciario ofrecido por el gobierno de Nayib Bukele ha sido de gran utilidad para que la gestión de Trump cometiera uno de los actos migratorios más oscuros de épocas recientes, criticado enérgicamente por la violación flagrante de los derechos humanos: el confinamiento por cuatro meses de 252 venezolanos, sin procedimiento ni pruebas, acusándoles, solo por poseer tatuajes, de pertenecer a la banda Tren de Aragua.
Esto, sin mencionar el gabinete paralelo del presidente salvadoreño liderado por dirigentes de la extrema derecha venezolana, cuya vinculación con hechos desestabilizadores en el país suramericano ha sido explícita.
Panamá, aunque pudiese tener algunas discrepancias por el discurso sin filtro del “amo norteamericano”, al final apoya las acciones del Gobierno de EE. UU. Para muestra un botón, no solo la posición el gobierno de José Raúl Mulino en el caso de los ataques hacia Venezuela se acoplan a la narrativa estadounidense, lo más evidente fue convertirse el único país latinoamericano en no reconocer al Estado de Palestina en la última Asamblea General de las Naciones Unidas.
Esto último, reveló la influencia histórica israelí en tierras panameñas, lo cual se evidencia también en Guatemala que, aunque reconoció al Estado palestino años antes, tiene una fuerte influencia del cristianismo sionista y de la línea pro israelí que acompaña las decisiones de Trump y esto ocurre desde el primer mandato del magnate.
Hasta el sur
En el extremo austral del continente americano está Argentina, nación dirigida actualmente por un ferviente admirador de Donald Trump. Es tal y empalagosamente la muestra de devoción de Javier Milei hacia el mandatario estadounidense que, incluso, le ha llevado a asumir su mismo discurso y postura ante circunstancias internacionales.
Pero hay más. Recientemente se anunció la gestión de un endeudamiento con la nación norteamericana de 20 millones de dólares, lo que lo haría más dependiente de EE. UU. y, por lo tanto, más complaciente ante las condiciones de dicho préstamo. Además, sin importar los parámetros establecidos en la Constitución argentina que exigen la aprobación legislativa para este tipo de decisiones, Milei autorizó el ingreso de militares estadounidenses a la provincia de Tierra del Fuego, el punto más al sur del continente ¿Cómo se llama la obra si controlas los extremos?
Internamente, en América del Sur el giro conservador de los gobiernos de Ecuador, Paraguay, Perú y ahora Bolivia, hacen que cualquier acción de EE. UU. se tome como “santa palabra”. Chile y Uruguay, mantienen cierta “neutralidad” e “independencia” en sus decisiones.
Guyana, por su reclamo a las tierras venezolanas del Esequibo, ha permitido no solo mayor presencia de las transnacionales estadounidenses en su territorio, también se ha convertido en plataforma estratégica de Washington para iniciar su dominio en América del Sur bajo el pretexto de un despliegue militar en su lucha contra el narcotráfico. Esto tiene tiempo realizándose con la venia guyanesa que, incluso, en julio de este año permitió a un buque estadounidense que se acercara a la zona en litigio, so pretexto de que estaba realizando investigaciones sobre naufragios de la Segunda Guerra Mundial. Meses después se comprueba que tal argumento no era cierto.
Ataque a la multipolaridad
No es casualidad que el secretario de Estado, Marco Rubio y la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, hayan visitado países del Caribe y América del Sur antes del despliegue de militares estadounidenses en aguas del mar Caribe para, según ellos, neutralizar acciones de narcotráfico que de acuerdo a su narrativa lidera el Gobierno del presidente Nicolás Maduro. Pero esto va mucho más allá y estos funcionarios, explícitamente, en su momento lo revelaron. Pongamos este aspecto en pausa para poner otra carta sobre la mesa
Desde hace décadas, a consecuencia de las sanciones, bloqueos, limitaciones, políticas injerencistas de los gobiernos de la Casa Blanca, EE. UU. ha perdido presencia e influencia en América Latina. Al contrario, China y Rusia han ganado terreno y cada vez son más los acuerdos y las vinculaciones económicas, políticas, culturales y científicas con las naciones suramericanas.
Al iniciar el milenio surgió una nueva opción para romper la hegemonía estadounidense y la influencia europea sobre la economía mundial: los BRICS, que luego se amplió en 2024. Del grupo de países fundadores que tienen mayor influencia, está Brasil, el más grande de Suramérica y el segundo en cuanto a territorio en todo el continente. Como el resto de los fundadores, entre ellos los históricos adversarios de EE. UU: China y Rusia, propone un mundo multipolar y una nueva forma de transacción en la que el dólar pierde su “indispensabilidad”. Por lo tanto, las decisiones de Washington siempre serán relativas.
Para que lograr su sueño de conseguir su “América grande”, Trump debe llegar a Brasil, neutralizar el avance de la influencia china y rusa sobre el continente y retomar el control que antes de 1998 tuvo sobre la mayor reserva de petróleo existente en el mundo. No es casualidad la imposición de aranceles de hasta 50 % y su injerencia en el caso de Jair Bolsonaro, quien durante su presidencia era abiertamente servil a los intereses de Washington.
Ante la barrera Lula, geográficamente, EE. UU. debe completar las piezas que le faltan en el rompecabezas para rodear a Brasilia y presionarlo para impedir el progreso de la multipolaridad.
En el momento actual, con excepción de los “neutrales” —que en realidad son apenas tres—, de los diez territorios limítrofes con Brasil, solo dos se oponen explícita y fervientemente a los intereses de Trump: Colombia y Venezuela, los mismos que Washington ha puesto en jaque y les ha acusado de ser narcoestados. Los mismos con gobiernos progresistas y con una oposición que ha perdido apoyo popular, por lo tanto, son factores que tienen la función de tambalear a estos gobiernos desde lo interno.
Si, hipotéticamente, EE. UU. llegase a tomar (implícita o explícitamente) el control de Venezuela, en consecuencia, lo haría con Colombia. Entonces el cerco geopolítico estaría completo. Brasil enfrentaría entonces una presión militar, política, económica directa en sus fronteras norteñas, afectando su seguridad territorial, sus rutas comerciales hacia el Caribe y su proyección regional. Esta alianza podría aislar al Gigante suramericano en foros multilaterales, limitar el acceso a recursos energéticos compartidos y debilitar su influencia diplomática en América del Sur.
América unida desde dos visiones distintas
No me linchen por la comparación, pero indudablemente hay que mencionar que la idea de una América grande había sido mencionada anteriormente. No obstante, la diferencia evidente es que mientras una se basaba en la unión de potencialidades para la prosperidad del continente, la otra tiene el objetivo de control de sus recursos.
Hace más de 200 años, Simón Bolívar expuso la necesidad de consolidar a América como patria continente, libre del yugo imperial y capaz de construir su propio destino. En este caso, Trump representa una visión opuesta: la de un continente fragmentado, subordinado a los intereses de Washington.
El Libertador propuso la confederación de repúblicas soberanas, con vocación de justicia y autodeterminación. El actual inquilino de la Casa Blanca, en cambio, promueve un modelo de dominación económica y militar, en el que los tratados, las bases y las sanciones se convierten en herramientas de control regional.
Bolívar pensaba en un Estado continental que protegiera la dignidad de sus pueblos; Trump busca recolonizar América Latina bajo la lógica del capital, la seguridad hemisférica y el extractivismo. El primero hablaba de libertad y unidad, el segundo impone cuotas arancelarias, presiones migratorias y pactos de subordinación militar.
En 2006, el presidente Hugo Chávez ya había encendido las alarmas en su célebre discurso ante la ONU, cuando exclamó: “el diablo está en casa” y acusó al Gobierno estadounidense de querer imponer un modelo de dominación global. En sus palabras denunció el avance de un nuevo imperialismo disfrazado de cooperación, que utilizaba tratados, bases militares y presiones económicas como herramientas de recolonización. Hoy, 19 años después y con Trump nuevamente en el poder, esa advertencia resonó en la intervención del presidente Gustavo Petro.
Todo lo anterior revela entonces el alcance de la “América grande” con la que Donald Trump sueña y por la que decidió reelegirse. Con un continente a su favor ¿le sería difícil emprender su misión de “conquistar el mundo”, tal como la célebre frase de una serie animada de los 90?
Si las naciones americanas no toman conciencia de que no solo se trata de Venezuela ni de Colombia, la frase “América vuelva a ser grande” dejará de ser un eslogan y se convertirá en una arquitectura continental de poder, en la que la independencia de las naciones se diluye en una hegemonía estadounidense disfrazada de cooperación.

