Natchaieving Méndez

Desde la cultura occidental la muerte de un ser querido representa un momento que deja un dolor difícil de aceptar, aún más si la pérdida es de un niño. Para los Kariñas, población originaria venezolana que se ubica en la llamada Mesa de Guanipa, estado Anzoátegui, la vida y la muerte son caras de la misma moneda, por lo que al morir la persona va de paseo a un lugar mejor, pero vuelve al mundo terrenal cada año a compartir con sus familiares vivos.

Es así como cada primero de noviembre, los Kariñas se preparan para recibir el alma de los niños fallecidos, esos santos que se fueron temprano de paseo, al mundo en el que habitan las almas que dejan su cuerpo en esta dimensión. Desde la madrugada que enlaza el 31 de octubre con el día uno del onceavo mes, esta población celebra el Akaatompo, un ritual con el que reciben en el plano de los vivos a las almas de sus difuntos, por lo que para ellos representa un día de fiesta por el retorno del ser amado.

La visita del alma que partió

Llama la atención que cuando se explora la visión sobre la muerte de grupos humanos ancestrales (celtas, aztecas, kariñas, etc) coinciden en la convicción que tienen acerca del retorno al plano de los vivos de las almas de quienes fallecieron. Para los Kariñas, el Akaatompo que se celebra en esta fecha por imposición del calendario festivo católico, representa una de las tradiciones más importantes para su cultura.

Bajo la visión de “evangelizar” a los pueblos cuyos territorios eran ocupados por los europeos, los cristianos ajustaron su calendario para erradicar lo que ellos denominaban “fiestas paganas” y que estaba fuera de la “santidad” que conforma su sistema de creencia. De allí, que las fiestas de los pueblos ancestrales por honrar a la naturaleza durante esta época en la que los fenómenos naturales cambian por el ciclo de rotación de la Tierra, se une a la creencia de honrar a los mártires y santos cada primero de noviembre, fecha en la que los Kariñas y otras poblaciones indígenas del mundo también ubican el retorno de sus familiares fallecidos.

Es así, como desde la madrugada previa al primero de noviembre, los familiares de los difuntos visitan los cementerios, limpian las tumbas y las adornan con flores y velas, así como también sus casas, a la esperan la visita del alma de sus muertos chiquitos y el 2 de sus muertos ya adultos.

De acuerdo con el relato de las antropólogas Hernández y Fuentes (2012) en el libro Fiestas tradicionales de Venezuela, para los Kariñas una de las mejores formas de honrar a quienes murieron es a través de la danza, por lo que estas comunidades ejecutan el Maremare. Este baile consiste en una formación coreográfica en fila, en la que los ejecutantes dan pequeños pasos hacia adelante y hacia atrás al ritmo de la música que, originalmente, se hacía con una flauta y un tambor pequeño hecho con cuero de venado o chivo. En algunas poblaciones de esta etnia, producto de la mezcla cultural, se incorporaron otros instrumentos como el cuatro, guitarras y bandolinas.

Es así como desde tempranas horas, niñas y niños visitan las casas en las que sabe falleció en el pasado algún pequeño. En cada hogar cantan y bailan el maremare y los dueños del aposento los reciben con alegría, dulces, frutas, alimentos y bebidas acordes a sus edades y, especialmente, les brindan aquellas comidas que a sus angelitos difuntos les gustaba. La razón es que, para los familiares de los difuntos, a través de los jóvenes danzantes las almas de sus amados se hacen presente.

Un aspecto característico de esta festividad, que sigue hasta el 2 y 3 de noviembre cuando los kariñas reciben a los difuntos adultos, es la indumentaria que emplean. Resistente al proceso de transculturización iniciado en 1498 con la llegada de la invasión europea a Venezuela, muchos integrantes de esta población originaria visten el traje que es reseñado como típico de la etnia desde la época colonial. Otros, llevan ropa corriente.

Otro elemento resaltante de esta festividad kariña es la música, pues a través de ella, refiere el profesor Andrés Velásquez (2013), se narran y cuentan con cánticos, parte de la vida y las anécdotas de los fallecidos. El intérprete, que puede ser un hombre o una mujer, canta en lengua caribe los versos en los que recuerda a la persona difunta, resaltando sus cualidades y el significado para sus familias y la comunidad. Además, uno de los juegos que los niños realizan son las competencias de Arco y flecha.

Honrar para liberar

El Akaatompo no es el único ritual que los Kariñas realizan en homenaje a sus difuntos. Ocho días después que un ser querido fallece, en esta comunidad indígena se realiza el Bomankaano, un ritual en el que los familiares de la persona que murió se bañan con un agua helada, que se prepara con una planta llamada cardón y piedras blancas. Esto lo hacen para purificar el alma y asumir el luto por la persona que partió. Durante este período las mujeres que son familia del muerto, no pueden cortarse el cabello.

Al cumplirse un año del fallecimiento, los familiares hacen el Bepeekotono, otro ritual que anuncia el retiro del luto. En este acto, de acuerdo con el relato publicado en web por Miriam Antoima (2022), también se preparan alimentos y kashiiri, una bebida fermentada hecha con yuca amarga a la que se le extrae la sustancia venenosa (yare) con un sebucán. Las mujeres adornan su vestido al que denominan, según Antoima, naaba tümueran. Mientras, los hombres utilizan una especie de falda llamada pentü.

La anciana mayor de la comunidad es quien dirige el ritual. En el centro de su casa, peina a la mujer familiar de la persona fallecida a quien sientan en el suelo para que el chamán corte su pollina como símbolo de la liberación del espíritu. Una vez ocurrida esta acción, las mujeres danzan el maremare alrededor, cantando versos relacionados con el difunto.

Una vez culminado este acto, la persona que estaba de duelo se cambia su ropa por una colorida y es recibida para unirse a la celebración, en la que se danza un maremare que simboliza el inicio de una nueva vida, tanto para el alma que partió como la que queda en este plano terrenal.

Esta expresión cultural religiosa ancestral, precolombina, de la etnia Kariña, es un recordatorio de las costumbres no menos importantes en estas fechas de recuerdo a los fieles difuntos. Si bien por siglos, los procesos de aculturación y transculturación, repotenciados por la industria cultural y del entretenimiento que son liderada por las grandes potencias del mundo, hacen que prevalezca una festividad sobre la otra, para todo país el reconocimiento de sus raíces y creencias autóctonas es vital para fortalecer la autoestima colectiva de pertenecer y ser únicos y auténticos en el mundo.

No hace falta un reconocimiento por parte de organismos internacionales como la Unesco, para valorar, preservar, admirar, reconocer y amar lo que hace exclusiva y diferente a una población humana. Sin menospreciar los procesos de intercambio cultural, es vital para la dinámica social de cada país que sus habitantes aprecien y reconozcan lo propio antes de exaltar lo foráneo; lo contrario, será mantener un sentimiento de desarraigo en el que lo exterior prevalecerá sobre las fortalezas que desde su tierra marcará la diferencia con el resto de los países.