Natchaieving Méndez

Las escuelas, en todos sus niveles, son espacios concebidos no solo para el intercambio y adquisición de saberes, también para crear las condiciones para la interacción social que facilite el desarrollo pleno de niñas, niños y adolescentes. No obstante, para muchos de ellos asistir a su colegio representa un verdadero tormento, pues se enfrentan constantemente a situaciones que vulneran su integridad física, mental y emocional.

El llamado “chalequeo” o las “inocentes bromas” muchas veces traspasan los límites y se convierten en el monstruo que puede llevar a un estudiante a tener ataques de ansiedad, depresión, aislamiento, incluso, al suicidio. Es un flagelo que no es nuevo, pero que se ha intensificado con las redes sociales pues no solamente el acoso o la violencia se hace de forma presencial, sino que pareciera que también es una herramienta para hacerse tendencia o ganar muchas vistas o “like” con la proeza de ser “el malo”.

En la última semana, la difusión de un video en el que un grupo de adolescentes golpeaba, insultaba e intimidaba a una compañera menor que ellas, de 13 años, conmocionó la opinión de la sociedad venezolana. No hubo quien no repudiara la acción de las muchachas y muchos, desde la indignación, hicieron un llamado a Ministerio Público para que tomara cartas en el asunto, lo cual ocurrió: las jóvenes fueron imputadas por homicidio intencional en grado de frustración, violencia y agavillamiento.

La decisión de la Fiscalía generó diversas reacciones. Por un lado, quienes apoyaron la acción pues alegaban que las victimarias eran criminales potenciales a quienes debía dárseles un debido escarmiento por las heridas psicológicas causadas en la agraviada; por el otro, algunos, especialmente organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, calificaron de “extrema” la medida, pues consideran que las agresoras son sujetos en formación que deben ser orientadas. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

Maltrato en estadísticas

De acuerdo con la información difundida por el Fiscal General de la República, Tarek William Saab, la instancia que dirige ha recibido 1.006 denuncias de acoso escolar en los últimos tres años. Si se saca una cuenta matemática de lo que representa la cantidad de casos reportados en el lapso que informó el funcionario, puede deducirse que cada día al menos un estudiante fue víctima de violencia en el ámbito escolar en el tiempo mencionado. No obstante, es conocido que la mayoría de estos hechos quedan en el silencio de los estudiantes, los padres y las instituciones.

El equipo del Servicio de Atención Jurídica de la organización Centro Comunitaria de Aprendizaje (Cecodap-SAJ), en su informe de 2023, resaltó que en ese año en comparación con 2022, las solicitudes relacionadas al acoso escolar aumentaron 225 %. Pero si se amplía el foco hacia América Latina las cifras relacionadas con el tema son más alarmantes.

Un trabajo de la periodista Carolina Flechas Anzola, publicado en el medio SWI swissinfo.ch, refiere que la ONG Bullying Sin Fronteras muestra en su primer mapa mundial, realizado entre enero de 2021 y febrero de 2022, que seis de cada diez niños sufren algún de tipo de acoso y/o ciberacoso todos los días. “El bullying y el ciberbullying son asesinos silenciosos que cada año matan a 200.000 niños y jóvenes en todo el mundo. Son asesinos que se nutren de tres venenos: la soledad, la tristeza y el miedo”, resalta el informe de la ONG, citado en el mencionado reportaje.

En este mismo trabajo de 2022 se menciona que, de acuerdo con Unicef, entre 50 % y 70 % de los estudiantes de América Latina y del Caribe han sido víctimas de golpes, lesiones con objetos, palabras soeces, acoso de exclusión (ser apartado del grupo, que se difundan los rumores) y hasta abuso sexual.

Triángulo del acoso escolar

La razón detrás de estas estadísticas, que parecieran ir en aumento, puede ser multifactorial. Desigualdad social, homofobia, racismo, violencia intrafamiliar, influencia de los mensajes de redes sociales son parte de la génesis de muchos casos reportados o no en la que se vulnera la estabilidad física, mental y emocional de un sujeto en desarrollo.

Los datos anteriores encienden una alarma acerca de la cantidad de niños y jóvenes para quienes ir a sus colegios se convierte en una experiencia desagradable, angustiante y hasta traumática. La mayoría soporta en silencio por temor a compartir lo que padecen, bien por las intimidaciones de sus maltratadores o, en general, por no parecer soplones y recibir el rechazo de sus compañeros que en adelante lo considerarán débil. Además, en muchos casos, las instituciones educativas y los mismos padres minimizan la gravedad de los sucesos.

Algunas personas hablan abierta y ligeramente de la generación de cristal y adjudican esta característica a que cuando eran niños soportaron circunstancias que les obligaron a defenderse y fortalecieron su carácter. Sin embargo, la cantidad de suicidios, maltratos domésticos o trastornos psiquiátricos que ocasionaron inclusos hechos delictivos dan cuenta que el sobrestimar el maltrato en los primeros años por parte de los pares si tiene una repercusión importante que debe ser atendida a tiempo y negligentemente.

Una investigación publicada en la página de Cecodap, refiere que ante un caso de acoso escolar no solo es uno el afectado. Para este organismo es necesario atender además tanto al o los victimarios, como a quienes presencian la situación de maltrato.

En el caso de las víctimas, refiere el mencionado texto, experimentan emociones intensas como miedo, tristeza, angustia, enojo, frustración y ansiedad. De no ser tratados a tiempo estos sentimientos, se prolongarán hasta llevar al agredido a estados depresivos, baja autoestima, autolesiones e, incluso, a la ideación suicida.

Estas consecuencias no solo se reflejan en las mencionadas conductas extremas, existen otros indicadores del comportamiento que pueden ser consecuencia de un acoso escolar. La disminución del rendimiento académico, la pérdida de apetito, distracción, hiperactividad, aislamiento, insomnio y cambios importantes en las relaciones interpersonales y familiares son señales de alarma.

De allí que Cecodap enfatice la importancia de mantener la comunicación directa y sin juicios con los niños y jóvenes que presenten estos síntomas, para identificar si son acosados o tomar medidas oportunas para prevenir o reducir las consecuencias del acoso.

En cuanto a los acosadores, Cecodap refiere que es importante conocer los múltiples factores pueden influir en el desarrollo de comportamientos agresivos, los cuales van desde la dinámica familiar y el estilo de crianza en el hogar hasta su historia de relaciones interpersonales.

En muchos casos, los niños y jóvenes victimarios crecen en ambientes conflictivos o disfuncionales, en los que un acto inapropiado se resuelve con castigos físicos o humillantes. Por esta razón, estos agresores tienden a replicar estos comportamientos en la escuela, ejerciendo el mismo patrón de dominación con otros estudiantes e incluso docentes.

Lo anterior no excluye a quienes incurren en actos de violencia impulsados por el deseo intrínseco de ganar atención. En algunos casos estos sujetos en desarrollo son abandonados por sus progenitores o rechazados y subestimados por adultos significativos, lo que les lleva a descargar este sentimiento en su par que si recibe el trato que el primero anhela. En ocasiones, la falta de una guía adecuada adulta, lleva a estos niños y jóvenes a seguir los patrones celebrados por redes sociales y medios en los que se exalta a los llamados “populares” otorgándoles un poder supremo sobre quienes someten.

Además, las emociones también representan un papel crucial en los acosadores. El déficit en la autorregulación emocional puede llevar a respuestas violentas como forma de desahogo emocional cuando enfrentan situaciones frustrantes. Es por ello que, en la mayoría de casos, los victimarios son víctimas de los entornos en los que se desarrollan, por lo que la responsabilidad de sus acciones también debería recaer en sus cuidadores inmediatos.

Por último y no menos importante son los testigos del acoso escolar. Desde la perspectiva de la mencionada instancia, los niños y adolescentes que presencian acoso pueden sentir angustia, tristeza y miedo a enfrentarse al acosador o convertirse en víctimas, de allí que no denuncien y se vuelvan, de forma involuntaria, en cómplices de un hecho de violencia o acoso escolar. Además, pueden experimentar culpa por no defender al acosado o, en algunos casos, encontrar la situación divertida y participar indirectamente en el acoso.

La reflexión sobre la violencia y el acoso escolar es indispensable para comprender la magnitud de este problema social y actuar de manera inmediata. La sociedad no puede cerrar los ojos ante estas situaciones y asumir como premisa la frase “son cosas de muchachos”. Es imperante que se atienda este tema desde la empatía, el respeto y la comprensión para brindar el apoyo y el acompañamiento a todos los involucrados en estas situaciones.

La promoción de una cultura de paz e igualdad en el trato es clave para crear instituciones educativas seguras, que dejen de ser un tormento y se convierta en un verdadero espacio de crecimiento y aprendizaje para todos.