Iglesia de San Sebastián en Maiquetía, Venezuela.
Foto: Raúl ARBOLEDA / AFP

Cuando la tierra deja de moverse, hay otros movimientos que comienzan y generan grietas profundas, los que ocurren en la mente al ver cómo el espacio que te define como pueblo cambió.

Aquellos segundos en los que el suelo descargó su energía acumulada por siglos parecieron congelar el tiempo. El pánico nos empujó a buscar refugio y ponernos a salvo. La angustia de saber el bienestar de nuestros afectos nos nubló el panorama. Pero luego, a medida que pasan los días, las semanas, los meses, las réplicas de nuestra memoria ocurren con cada grieta que observamos en las edificaciones que por muchos años formaron parte de nuestro paisaje.

“El edificio no existe como un objeto aislado; su valor está ligado a su entorno urbano o rural y a los significados culturales, simbólicos y comunitarios que la población le otorga”, así lo afirma Fabiola Velasco, doctora en patrimonio cultural, arquitecta, investigadora y fundadora de la Red de Patrimonio Cultural de Venezuela que forma parte del equipo multidisciplinario que, junto al Ministerio del Poder Popular para la Cultura, realiza la evaluación técnica de las estructuras patrimoniales impactadas durante los terremotos.

Fabiola Velasco

Desde la percepción de la especialista, no es descabellado aseverar que las edificaciones históricas y patrimoniales de las ciudades no son simples estructuras de adorno, ellas representan la carne y el hueso de la memoria colectiva. A semanas del duplete sísmico, el paisaje de todos los estados afectados por los terremotos muestra una herida profunda. Casonas centenarias, iglesias, plazas, muros históricos, fachadas de cal y techos de teja que habían resistido más de un siglo ahora están fracturados o con parte de su infraestructura reducida a escombros.

El peligro que asecha en adelante, más allá de nuevos movimientos telúricos es el de la intervención improvisada impulsada por el ímpetu de “modernización” o para intentar mostrar una imagen rápida de recuperación que, lejos de aliviar el dolor colectivo del recuerdo de esos momentos del 24 de junio de 2026, amenaza con borrar los puentes que facilitan el diálogo intergeneracional y con ello el entendimiento de la identidad de las poblaciones.

“Hay un conocimiento y reconocimiento de ese bien, por lo tanto, debe ser respetado en tanto es parte afectiva de una comunidad, que como tal tiene la responsabilidad de trascender a las generaciones futuras esos valores históricos y estéticos, para su disfrute y fortalecimiento de sus identidades”, recalca Velasco.

Cuyagua, Aragua

Puentes de la memoria colectiva en peligro

Las construcciones históricas y tradicionales fortalecen el sentido de pertenencia de pueblos enteros, necesario para que cada habitante participe en la ejecución de acciones que permitan el desarrollo de sus localidades.

Lo anterior se sustenta en que lo que no forma parte de la historia personal no se admira, aprecia, valora, respeta, ama, simplemente cae en el olvido. Al debilitarse la identidad local, se deja el terreno libre para modelos culturales foráneos que sustituyen el arraigo comunitario por el consumo.

Cuando pasa una catástrofe como la del 24 de junio, es común y hasta comprensible que existan autoridades locales caigan en la tentación de demoler de manera apresurada estructuras históricas perfectamente recuperables.

Velasco advierte que cualquier intervención en un inmueble con valor patrimonial debe ajustarse de forma rigurosa a la doctrina teórica y normativas internacionales dictadas por la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) e Icomos (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios).

Estas instancias internacionales tienen parámetros éticos establecidos que tienen como fin evitar la pérdida de autenticidad y el peligroso falso histórico.

De allí que la doctora en patrimonio cultural enfatiza que ante un escenario post-sismo estos principios no quedan en suspenso, por el contrario, estos criterios universales se adaptan operativamente bajo una lógica clara de gestión de riesgos y respuesta estructurada en fases temporales.

La especialista explica que, pese a que en las primeras semanas de la crisis el principio rector es el de salvar vidas, los pasos siguientes deben ejecutarse sin destruir la evidencia patrimonial irremplazable, es decir, emprender derribos masivos e injustificados. Así detalla que las estructuras inestables históricas deben estabilizarse mediante apuntalamientos reversibles de madera o metal.

Menciona además la importancia del triaje patrimonial que permite catalogar y resguardar fragmentos colapsados como tejas, adobes y tallas de madera. Estos elementos originales serán indispensables para futuras labores de anastilosis e integración, subraya.

Una vez culminada esta etapa, Velasco señala que se avanza a una segunda fase que contempla la estabilización y el diagnóstico avanzado, el cual debe ser estrictamente técnico para distinguir entre daños estéticos y pérdidas reales de capacidad portante. Es por ello que el Ministerio de la Cultura, en conjunto con el Instituto de Patrimonio Cultural y la Red de Patrimonio de Venezuela han impulsado la creación de un equipo multidisciplinario que lleve adelante esta fase.

En la tercera fase, precisa la arquitecta, contempla la recuperación y proyecto definitivo para armonizar la seguridad sismorresistente con la autenticidad cultural del inmueble. En esta etapa, recalca, la compatibilidad material adquiere un rol sumamente crítico pues el empleo de materiales contemporáneos incompatibles, como estructuras metálicas rígidas o concreto armado, causa severas patologías en muros antiguos de tapia, bahareque o mampostería tradicional. Lo anterior, explica, facilita la acumulación de humedad y las concentraciones de tensión que terminan por fracturar irreparablemente la materia histórica original.

Un ejemplo de una intervención inadecuada fue evidenciado por la Red de patrimonio en las poblaciones aragüeñas de Choroní, Puerto Colombia y Chuao, donde tras la evaluación de 42 inmuebles de “sistemas constructivos de tierra cruda, evidenció que los daños post sismo son consecuencia directa y previa de las intervenciones no adecuadas sobre estos sistemas tierra, tanto en las viviendas patrimoniales como en las iglesias (…) Hay un exceso de uso del cemento sobre estas estructuras”.

Choroní, estado Aragua

Es así como Velasco alerta que este diagnóstico demuestra que múltiples intervenciones anteriores fueron realizadas sin asesoría técnica previa o sin permisos del Instituto del Patrimonio Cultural y esto ocasionó el debilitamiento severo de los inmuebles. Puntualizó que en las edificaciones de las mencionadas poblaciones aragüeñas se hallaron sistemas de concreto incrustados dentro de viejos muros de tapia, por lo que el reciente sismo actuó con mayor severidad sobre esas estructuras previamente alteradas de forma incorrecta.

A esta problemática técnica se suma la persistencia de una nociva práctica cultural en diversas poblaciones venezolanas. Existe la errónea creencia de que «modernizar» o «embellecer» un pueblo implica sustituir la arquitectura tradicional por materiales industriales. Se despoja a las fachadas de sus frisos de cal, sus texturas orgánicas y su estética original. Con ello se impone una uniformidad fría que destruye la personalidad única del lugar.

Testigos vivos entre el pasado y el presente

El rastro de la sacudida sobre el patrimonio no se limitó a una sola calle ni a un municipio, trazó un mapa desgarrador de fracturas a lo largo de la costa central y el occidente del país. En La Guaira, la devastación mostró su cara más severa con el colapso total de joyas arquitectónicas como la Casa de la Crespera (la emblemática residencia veraniega levantada en 1885 para el expresidente Joaquín Crespo y donde ahora funcionaba una escuela de música) y la estructura del Hotel El Palmar, un referente delmodernismo costero de los años 40.

La Crespera, Macuto, La Guaira

En Caracas, la devoción y la historia también quedaron fracturadas con las grietas en muros, cúpulas y campanarios de iglesias como la Basílica de Santa Teresa, el refugio del venerado Nazareno de San Pablo.

El mapa del impacto se extiende hacia Carabobo y las costas de Aragua, tocando desde los desprendimientos en la Catedral de Valencia hasta las grietas estructurales en templos coloniales ancestrales como la Iglesia Santa Clara de Asís en Choroní y la Capilla de San Juan Bautista en Puerto Colombia.

La lista sigue y uno de los retos en puerta es restaurar estas edificaciones preservando la autenticidad e integridad, lo cual implica respetar rigurosamente la materia original, las técnicas constructivas tradicionales y las estratigrafías históricas acumuladas a lo largo del tiempo, menciona Velasco, quien aclara que incluso el sismo del 24 de junio pasa a formar parte indivisible de la memoria física del inmueble. “No se debe buscar «devolver» el edificio a un estado ideal o primigenio mediante la invención, ya que todas las etapas valiosas forman parte de su historia”, precisa.

Por ello, para evitar falsificaciones históricas, cualquier nueva adición o refuerzo debe cumplir con el criterio de legibilidad y diferenciación entre lo nuevo y lo antiguo. La investigadora recalca que las técnicas contemporáneas utilizadas deben ser siempre reversibles y respetuosas con la escala y armonía del conjunto pues la arquitectura tradicional es el hilo conductor que enlaza el pasado con el presente. Alterar arbitrariamente la forma o las texturas rompe ese vínculo histórico y desorienta la memoria de las futuras generaciones.

Santa Capilla, Caracas

“Hago un llamado a quienes en este momento tienen la responsabilidad de la toma de decisiones sobre las intervenciones en el patrimonio construido afectado, que busquen la asesoría técnica de profesionales en el campo de la restauración y del manejo de patologías de los materiales tradicionales como tierra, madera, concreto entre otros. Es parte de la responsabilidad que debe ejercer el funcionario”, alerta la doctora en patrimonio cultural.

La intervención de estructuras antiguas dañadas no puede dejarse jamás en manos de personal no calificado o a la mera intuición constructiva, reitera Velasco quien sugiere que la recuperación patrimonial exige un conocimiento técnico y científico profundo sobre la física y química de materiales, pues la improvisación empírica en estos casos suele derivar en pérdidas materiales irreparables o en colapsos estructurales imprevistos que ponen en riesgo las vidas de quienes frecuentan estos espacios.

Palacio de las Academias, Caracas

Asimismo, recalca que la comunidad debe velar por el buen manejo de su patrimonio cultural arquitectónico, pues cuando se presencia la destrucción o alteración inconsulta de su patrimonio cultural, la población sufre una pérdida espiritual profunda. Sin estos referentes físicos, el tejido social pierde arraigo, cohesión y continuidad histórica.

“Perder un elemento patrimonial, es perder parte de la historia, de la memoria colectiva, del entenderse propio de un lugar y también se pierde soberanía cultural”, destaca.

Salvar el patrimonio afectado por la tierra no es un capricho estético ni una carrera contra el reloj, es la trinchera en la que se
defiende nuestra la independencia cultural real. Si cedemos a la tentación de la piqueta improvisada o al maquillaje industrial de cemento y olvido, empeoraremos el dolor de las miles de vidas pérdidas durante los terremotos, nos convertiremos en un pueblo amnésico y desarraigado.

Reconstruir con rigor técnico, ética y respeto por la materia original es, en última instancia, la única garantía de que las grietas de hoy no terminen por sepultar la memoria del mañana.

T|Natchaieving Méndez