
Decir que “el perro es el mejor amigo del hombre” es una frase que tras los terremotos ocurridos el pasado 24 de junio en Venezuela, se redimensiona. Rescatistas de cuatro patas, con la ingenuidad del juego, la rigurosidad el deber, la percepción y el olfato agudo, hicieron posible la localización y el rescate de decenas de personas que quedaron atrapadas entre los escombros de los edificios colapsados en Caracas y La Guaira.
Según los datos compilados por la Organización de las Naciones Unidas, 140 perros especializados han participado en las labores de búsqueda y rescate que se ejecutan en el país. La mayoría de ellos llegaron de otros países, pues los rescatistas extranjeros no solo pisaron suelo venezolano con la experiencia, técnicas y herramientas tecnológicas necesarias para este tipo de desastres, trajeron consigo un arma que no ha podido superarse: la sensibilidad del olfato canino.
Un perro puede llegar a tener un olfato de entre 10000 y 100000 veces mayor que la de un ser humano promedio, lo que le permite identificar compuestos orgánicos volátiles en concentraciones ínfimas.
De acuerdo con la revista especializada Frontiers in Veterinary Science, esta gran habilidad se debe a que el espacio dedicado al olfato dentro de la nariz del perro es enorme (unos 170 centímetros cuadrados frente a los solo 3 centímetros cuadrados del humano). Además, cuenta con hasta 2000 millones de células olfativas. Con ellas, detectan el olor del sudor, la respiración o el calor humano que sube y se escapa por las pequeñas grietas de los escombros.
Un tsunami de pura esperanza
Para los venezolanos el vocablo tsunami ya no evoca devastación, sino esperanza. Es el nombre de un Border Collie, que otrora fue abandonado y cuyo cuerpo estaba rosado por la sarna al momento de ser rescatado.
En una entrevista, Jorge Beens, su entrenador y dueño, narró que al encontrarlo decidió llevárselo a su casa porque pese a que estaba muy flaco y mordía, percibía en él un nexo filiar. “Hubo una aceptación de parte y parte, como que de estudiar. Yo veía que todo lo que yo hacía, él se fijaba y luego se anticipaba”, relató.
Beens explicó que entrenar a un perro como Tsunami lleva mucho tiempo. Es enseñarle a diferenciar olores, especialmente, el del dióxido de carbono, la exhalación de un ser humano.

Cada vez que Tsunami llegaba a un sitio colapsado, el grito de “¡Silencio!”, era la señal para que el canino explorara entre muros, toneladas de basura, escombro para que su sentido olfativo se agudizara más.
Después de rescatar a 26 personas entre Caracas y La Guaira, Tsunami se agotó. Las jornadas interminables, de día y de noche, hicieron que sus ojitos (marrón y azul) se cerrarán involuntariamente. Su ladrido, señal de esperanza y vida, progresivamente se fue apagando, Tsunami estaba cansado y era necesario darle un merecido descanso a este guerrero.
Venezuela necesita más perros especializados en búsqueda y rescate, expresó Beens, en medio de la entrevista a la televisora internacional. Destacó que una de las moralejas que dejó este momento doloroso para el país es que se requieren muchos Tsunami, entrenados para cualquier contingencia. “Una reflexión para que la empresa privada, el Estado nos ayude a conformar este primer centro de formación de equipos caninos”, reflexiona el entrenador.
Nuestro rescatado rescatista no solo tiene trayectoria en los eventos naturales recientemente ocurridos en el país, también demostró su destreza en la tragedia de Tejerías, así como en el devastador terremoto de Turquía en 2023, donde formó parte de la delegación internacional de ayuda. Su experiencia también abarca escenarios locales críticos como los deslaves de Mérida y el estado Sucre, demostrando que ya sea ante la furia del barro o el colapso de estructuras sismadas, su olfato siempre fue sinónimo de vida.
“Si volviera a nacer, volvería a ser el mismo Jorge Beens con Tsunami, que está a la disposición de todos”, concluye Beens la entrevista.

Entrenado por la vida
Milo también es un perro rescatado. Este canino mestizo acompaña a su dueña, Coromoto, a vender aguacates, plátanos y huevos en pleno corazón de Caracas, en La Candelaria. En este lugar experimentó los movimientos del terremoto y vio como las personas despavoridas bajaron de los grandes edificios de la zona, muchos de ellos ahora agrietados.
La señora Coromoto leyó en las redes sociales que requerían perros entrenados para la búsqueda y rescate en uno de los edificios que colapsaron cerca de donde se encontraba, específicamente en San Bernardino. Ella recordó que hace algún tiempo, su buen amigo había ayudado a localizar a un niño que estaba perdido. “Él quedó como el perrito que salvó los niños”, refirió.
Al llevarlo a la zona de desastre, luego de unas pruebas, a Milo se le permitió pasar a buscar personas. El resultado fue sorprendente, aunque nunca fue entrenado, por casi seis horas recorrió los escombros y gracias a su olfato se logró localizar a tres personas atrapadas.
Ahora Milo ya sabe para qué vino a este plano temporal y por eso mueve la cola incesantemente. Su misión no solo fue alegrar un corazón humano, sino rescatar vidas que se diluyen entre escombros.
Las historias de Tsunami y Milo demuestran que el heroísmo no entiende de razas ni de manuales, sino de una profunda e inquebrantable conexión con la vida. Ambos, habiendo conocido alguna vez el desamparo de las calles, transformaron su segunda oportunidad en la última esperanza para decenas de familias venezolanas atrapadas en la oscuridad de los escombros.

Tras la sacudida de la tierra, estos rescatistas de cuatro patas no solo redefinieron el significado de la lealtad, sino que dejaron una lección imborrable en el corazón de un país: en los momentos más grises, la luz de la supervivencia puede venir guiada por el noble olfato de un perro que, entrenado por la ciencia o impulsado por la vida, decidió no rendirse jamás.
T/Natchaieving Méndez

