
Al observar el punto medio del mapa de América ahí está: Panamá, una estrecha franja de tierra entre dos inmensidades azules, un istmo que une el norte y el sur de un continente.
Para 1826, las tierras nuestroamericanas aún sangraban las heridas de su emancipación. Dos años atrás, Simón Bolívar, con las botas cubiertas por el polvo de las batallas andinas y los ecos de la gloria de Ayacucho, lanzó una invitación que parecía una locura para su tiempo: reunir a las jóvenes repúblicas americanas en este territorio central. No era una simple reunión diplomática, era el intento de fundar un nuevo orden mundial, una alianza de pueblos hermanos capaz de plantarle cara a los viejos y a los nacientes imperios.
Para el historiador, docente, escritor y ensayista venezolano Alexander Torres Iriarte, el pensamiento del Libertador viajaba a una velocidad que desafiaba los límites de su propia época. “Sin lugar a dudas, Bolívar tuvo la particularidad de ser un intelectual avant la lettre, un intelectual de vanguardia en su obra. Conoció sobradamente la filosofía de los sociofilósofos, el racionalismo crítico propio de la Ilustración del siglo XVIII, como dejó sobradamente expuesto en sus documentos fundamentales; pero también abrevó y conoció la historia y la filosofía antiguas”.
Refiere que el “Hombre de las dificultades” usaba el pasado como una razón y un norte para el porvenir. Es por eso que sus constantes referencias al mundo helénico no eran pedantería, sino la búsqueda de una brújula en medio de la tormenta independentista. De allí que el término mismo que eligió para bautizar su gran asamblea (anfictiónico) evoca una vieja institución de la Grecia clásica, una liga de ciudades unidas para proteger sus territorios y, sobre todo, para garantizar su supervivencia colectiva en tiempos de caos.
La brújula clásica en el Nuevo Mundo

Anfictiónico no es un término común para quienes vivimos este siglo XXI; incluso, algunos pueden calificar este vocablo como una “reliquia” lingüística o académica. Pero para las personas letradas del siglo XVIII y XIX esta palabra era de uso común pues su relación con la literatura antigua era similar a la frecuencia con la que hoy utilizamos las redes sociales.
Torres Iriarte explica que, para Bolívar, quien había visto caer dos repúblicas bajo el fuego realista, esta palabra era una referencia viva de estrategia. Resalta que el Libertador no sacó esta idea de la nada, sino de un análisis riguroso de las experiencias de los pueblos antiguos. El concepto, nacido antes de Cristo, fue para el estratega americano la única salida posible al aislamiento las patrias nacientes.
“Si nosotros revisáramos el carácter anfictiónico, Bolívar conocía sobradamente, la historia antigua. Sabía que este término fue una creación aproximadamente del siglo VI antes de Cristo, el año axial para los griegos (…) Todo arranca con la Liga de Anfictión que, según la mitología griega, era un héroe, hijo de Prometeo, y que, de alguna manera u otra, era expresión de la unidad como garantía de supervivencia”, relata.
Esta visión de unidad, menciona el historiador, no fue “un capricho de última hora”, nacido al calor de las victorias de Junín y Ayacucho. Destaca que, cuando se revisan las gacetas de Londres de 1810 o los discursos encendidos en la Sociedad Patriótica de 1811, la idea de la unión ya existía en la pluma de Bolívar.
En este sentido, refiere que una muestra de ello es el Manifiesto de Cartagena en 1812 y el de Carúpano en 1814. Además, otra prueba de la existencia previa de esta visión integracionista fue la frase Bolívar a la que el ensayista califica de “lapidaria”: “Para nosotros la patria es América, nuestros enemigos los españoles, nuestra enseña la independencia y la libertad”. Esta expresión del Padre de la Patria permite afirmar que el Congreso de Panamá sería el laboratorio definitivo para intentar convertir estas palabras en una realidad institucional.
Panamá y Corinto: los espejos geográficos

Para el Libertador, comenta Torres Iriarte, el lugar del encuentro no fue un asunto menor ni azaroso. Bolívar buscaba un centro neurálgico, un punto equidistante que tuviera el peso simbólico y estratégico capaz de convocar las voluntades de extremos tan distantes como México y Chile. En la mente del mantuano, dice, la analogía perfecta con la geografía griega ubicaba el Istmo de Panamá como el Corinto del continente americano.
“Ese juego comparativo entre el istmo de Panamá y el istmo de Corinto era eso, porque, así como Panamá une dos océanos importantes, el Atlántico y el Pacífico, de igual manera el istmo de Corinto acortaba la distancia entre el mar Egeo y el mar Jónico, los dos mares más importantes de su momento. Además de la ubicación equidistante que tenía Corinto en la Grecia este continental, en la Grecia insular y la Grecia peninsular; y era el centro de para dirimir y para discutir los asuntos de guerra y de paz. Bolívar conocía sobradamente eso y manejó esa metáfora con esa finalidad”, expresa el ensayista.
No obstante, recalca el historiador, Bolívar no fue el primero en plantear este mapa de integración, mucho antes Francisco de Miranda, el gran «Precursor», lo había planteado. El Americano Universal, desde las últimas décadas del siglo XVIII, dibujaba en sus cartas y planes de gobierno las líneas maestras de una gran nación llamada Colombia o Colombeia, cuya capital debía alzarse precisamente en los suelos del istmo centroamericano.
De allí que el docente afirma que Bolívar se alimentó de esas visiones mirandinas y absorbió su legado para fundirlo con su propia teoría militar y política. La propuesta de Panamá era, en esencia, el triunfo de un diseño geopolítico heredada.
La evolución de una idea obsesiva
Torres Iriarte recalca que nada en el pensamiento de Bolívar permaneció estático, por ello, afirma que reducir su visión de la unidad a un concepto rígido es ignorar los profundos aprendizajes que le impuso la guerra.
Precisa que el Libertador que convoca el congreso en 1824 es más evolucionado significativamente respecto al joven que escribía proclamas apasionadas en los inicios de la gesta emancipadora. Su concepto de integración se fue afinando y adaptando a las realidades científicas, sociales y políticas que iba encontrando a su paso.
“Descifrar con claridad las ideas integracionistas de Simón Bolívar parte de dos supuestos muy importantes, a mi entender. Primero, comprender que él fue tributario, insistamos, en gran medida en las ideas de Francisco de Miranda; en las pautas que le dio su formación intelectual para comprender la historia antigua y la filosofía moderna; pero también debemos decir que en Bolívar hay una mutación, una transformación de su visión integracionistas. A ratos habla de una unidad, pero sigue siendo un poco movible su conceptualización. Yo diría que está relacionada, inclusive, con el desarrollo de las ciencias y de la teoría política de su época”, refiere.
En un principio, explica, la idea de la unión fluctuaba entre la fusión local de provincias vecinas y el gran sueño de un bloque continental que antes había planteado Miranda en su Colombeia: de la Patagonia al Misisipi.
El historiador y diplomático explicó que con el paso de los años y los golpes de la realidad, la mirada bolivariana se concentró en un núcleo muy específico: la unión de los países que compartían el pasado común del yugo español. Esto implicaba dejar fuera del proyecto inicial a naciones con realidades dinásticas e históricas muy distintas, como el Imperio del Brasil o la república de Haití, evidenciando un pragmatismo geopolítico que buscaba homogeneidad cultural y política para asegurar la estabilidad de la alianza.

Confederación, no un supergobierno central
Desde la perspectiva de Torres Iriarte, uno de los errores más comunes al analizar el Congreso de Panamá es creer que Bolívar pretendía borrar las fronteras recién nacidas para fundar un único gobierno centralizado que dictara las leyes desde un solo despacho. La realidad histórica, aclara, muestra un diseño institucional mucho más sutil, moderno y respetuoso de las identidades locales: una «república de repúblicas» o una «nación de naciones».
“En Bolívar a veces se confunden algunos conceptos. En primera instancia hay que hacer esta distinción: cuando Bolívar habla de confederación, es decir, cuando dice ´repúblicas de repúblicas´, no de un solo gobierno que gobierne a todos, como a veces se puede malinterpretar; sino como un conjunto un conjunto un conjunto, una relación de estados independientes, con fines comunes, para la construcción de un superestado, pero que sea una nación de naciones o una república de repúblicas que, aun manteniendo sus identidades, busquen la unidad en la diversidad”, argumenta.
El historiador precisa que esta visión contemplaba elementos que hoy en día nos parecen propios de bloques de integración maduros como la CELAC. El proyecto bolivariano, comenta, incluía una defensa militar compartida para frenar cualquier intento de reconquista. No se trataba de someter a las provincias bajo un nuevo tirano doméstico, sino de aliarse para ser fuertes en el escenario global, manteniendo las soberanías particulares, pero marchando juntos hacia un objetivo común: mantener a raya al enemigo exterior antiguo y el naciente.
La bisagra amarga de 1815
El historiador Torres Iriarte califica 1815 como la «bisagra» fundamental en la vida del Libertador. Con la Segunda República deshecha por el caudillo asturiano José Tomás Boves, Bolívar se refugia en Jamaica, exiliado, sin recursos y con el pesimismo devorando a las mayorías patriotas. Es allí, en el punto más bajo de su fortuna militar, cuando brota la lucidez geopolítica más deslumbrante de nuestra historia.
El historiador explica que en ese destierro, el Libertador aprende tres verdades amargas que la salvación no vendrá de la mano del imperio británico, sino del generoso apoyo de la revolución haitiana; que la República no se construirá con los privilegios de la vieja élite mantuana, sino integrando a las clases populares, a los negros, indios y pardos, y que el asalto definitivo al territorio venezolano no debe hacerse por el centro fortificado, sino entrando por las entrañas del río Orinoco, hacia Santo Tomás de Angostura.
“La Carta de Jamaica jamás fue una carta profética. Fue un análisis sociológico, sociopolítico y geopolítico profundo de un Bolívar que utilizó la bibliografía que tenía a la mano con todas las limitaciones de fuente, las gacetas, los periódicos y los diarios del momento para eso. Pero, además, se confundía todo este análisis sociopolítico con una voluntad revolucionaria”, aclara Torres Iriarte, enalteciendo a Bolívar como el hombre que desafió las corrientes de la historia cuando todo parece perdido.
Frente al desaliento absoluto, señaló, emergió la verdadera madera del héroe romántico. No es el místico que adivina el futuro, explica el historiador, sino el analista riguroso que, guiado por una fe racionalista y utópica, se empeña en romper un nexo colonial de tres siglos cuando todo el mundo baja los brazos. “Esta fuerza de voluntad hercúlea es lo que define su tránsito hacia las siguientes etapas de la emancipación”, dice.
Torres Iriarte explicó que Bolívar, con la mente fija en ese horizonte de unión y la voluntad templada en el exilio, se dispuso a cambiar el curso de la historia. Las ideas estaban sobre el mapa y el diseño institucional de su «nación de naciones» cobraba forma en la teoría. No obstante, el destino guardaba para América un vertiginoso ascenso militar que abriría las puertas del Istmo, pero que también desataría los peores demonios de la geopolítica global. ¿Cómo pasó este sueño de los papeles a las trincheras y qué poderosos intereses intentaron sabotearlo en la mesa de votación? Te lo contaremos en una segunda entrega.
T/Natchaieving Méndez

