El capitán Sancho García (español) ordenó que (Apakuana) fuese ahorcada, dejándola colgada donde la viesen todos, para que su cadáver moviese con el horror al escarmiento«, José Oviedo y Baños, 1723.

«Ribas, el vencedor de La Victoria, el terror de los tiranos, camina al patíbulo con la frente serena y el paso firme. En la Plaza Mayor de Tucupido es fusilado por las armas realistas… No bastó la muerte para saciar la saña: su cuerpo fue despedazado, sus miembros enviados a distintos pueblos y su cabeza, frita en aceite para preservarla de la corrupción, fue conducida para ser expuesta en una jaula de hierro en la Puerta de Caracas, cubierta con el gorro frigio que usaba en campaña, como un lúgubre trofeo que infundiera terror a los patriotas«, Juan Vicente González, 1865.

Estas citas (la primera que describe la ejecución de la lideresa indígena Apakuana en 1574 a manos de los invasores europeos para frenar la gran rebelión del Tuy, y la segunda, a cargo de las fuerzas realistas españolas en el contexto de la guerra de independencia de Venezuela) han sido omitidas de manera conveniente en el relato idílico que los asesores de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, le han construido para que ella hablara en su reciente visita a MéXico sobre la influencia española en Nuestramérica.

También pasaron por alto que en MéXico (territorio en el que según la miopía colonial de Ayuso “no existió hasta que llegaron los españoles”) habitaban civilizaciones que la dirigente de ultraderecha desconoce por completo y que terminaron por transformar la propia comprensión del mundo en Europa.

No es culpa de la dirigente del Partido Popular, sucede que tanto sus asesores como ella prefirieron saltarse el capítulo de la historia universal en la que los pueblos originarios, especialmente los Mayas, heredaron a la humanidad un sistema matemático vigesimal que incluía el uso del cero siglos antes de que los europeos lo descubrieran a través de los árabes; tampoco leyeron que estas culturas craron un calendario astronómico de una precisión superior al gregoriano que España utilizaba en el siglo XVI.

Silenciaron entonces en su sesgada revisión histórica que “invisibilizados”, a los que la narrativa de los seguidores del conquistador Hernán Cortés pretende incluso hoy denigrar, tenían un avanzado dominio de la ingeniería hidráulica, una arquitectura monumental y un desarrollo del único sistema de escritura jeroglífica completamente funcional del continente.

Asimismo, “le ocultaron” a Ayuso que estas civilizaciones poseían conocimientos botánicos y medicinales que revolucionaron la farmacopea europea y tecnologías agrícolas como la milpa que demostraron una sostenibilidad ecológica que los invasores, con sus métodos de deforestación y pastoreo intensivo, jamás lograron comprender.

Pero, no, antes de Hernán Cortes, según Ayuso, no había nada, nadie, todos eran unos bárbaros…

La muerte como excusa

No hay que culpar a la presidenta de Madrid, tratemos de comprenderla. Su discurso es producto de esas semillas del pensamiento hegemónico eurocentrista que se inocularon (a conveniencia) sobre la muerte. Si bajo esta perspectiva, con el lente del prejuicio, se interpretan los hallazgos en el subsuelo del Centro Histórico de la Ciudad de MéXico: el Huei Tzompantli, el gran altar de cráneos de Tenochtitlan hallado por los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), pues la palabra que salta de inmediato a la mente es la que la dirigente empleó: barbarie.

Ahora bien, desde este mismo pensamiento hegemónico sobre la muerte impuesto por la “Santa Palabra” a fuerza de catecismo y crucifijo, también obvia que, en la misma época en la que se erigía el Huei Tzompantli (del cual la arqueología moderna ha desenterrado algo más de 600 cráneos en la calle Guatemala 24), en Europa la Inquisición y los tribunales eclesiásticos quemaban vivas a decenas de miles de mujeres acusadas de brujería, descuartizaban disidentes políticos en las plazas públicas y formalizaban la tortura como método judicial de Estado.

Mientras el altar mesoamericano buscaba la regeneración cósmica y la continuidad de la vida a través del ritual (ese mismo hecho que hoy Ayuso reduce a salvajismo), el Viejo Mundo ejecutaba un sadismo diseñado para infundir terror y consolidar el control teológico, la misma crueldad que se ensañó contra la resistencia de Apakuana en los Valles el Tuy, la que siglos después despedazó y frió en aceite al patriota José Félix Ribas en Venezuela, la misma que mancha con sangre miles de historias similares en Nuestramérica.

La narrativa eurocéntrica de la “barbarie prehispánica” de Ayuso, esa que se impuso durante muchas décadas y que en los currículos educativos justificaba bajo el velo del divino y civilizatorio el proceso de intervención española, nuevamente olvidó cuando en 1810, la respuesta “civilizada” al movimiento insurgente en MéXico castigó la disidencia cortando las cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez y encerrándolas en jaulas de hierro para ser colgadas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, donde permanecieron expuestas al clima y a la mirada de la población durante diez años.

Igualmente, la mandataria madrileña olvidó el pasado europeo, previo a la expedición de Cristóbal Colón, cuando en el Coliseo Romano miles de seres humanos murieron en público, no como parte de una creencia u ofrenda sagrada, sino como un degradante acto de entretenimiento para las masas.

Omitió en su frase “quiéranse un poco más porque era otra civilización”, que la antigua sociedad de la que ella proviene, esconde en sus museos y palacios una historia de barbarie donde la muerte no alimentaba la vida, sino la crueldad, el sometimiento de pueblos, el genocidio de culturas enteras bajo el expansionismo monárquico. Entonces, si se revisa lo anterior, ¿los romanos también eran salvajes? ¿los españoles de la invasión a América eran salvajes?

No se trata de justificar la muerte con otra, se trata de comprender que las visiones del mundo son distintas y que, en los relatos identitarios, el proceso de toda sociedad ha sido complejo y a la vez brutal, por lo que ninguna civilización está por encima de la otra.

Detrás de la ceguera eurocéntrica

La mirada eurocéntrica de Ayuso tropieza nuevamente con su propia ceguera originaria. Su narrativa y la de aquellos pro revisionismo imperial es una muestra de la incapacidad de traducir e interpretar desde la soberbia egocéntrica del prejuicio medieval sobre la cosmovisión ajena.

De acuerdo a los estudiosos del pensamiento mexica y mesoamericano, el Huei Tzompantli de la calle Guatemala 24 no era una fosa común. Tampoco fue un monumento al sado-masoquismo estatal ni el equivalente a un campo de concentración moderno que insinúan seguidores de la dirigente española. Era, fundamentalmente, una estructura arquitectónica sagrada, un nodo de regeneración cósmica.

Para los pueblos originarios de Nuestramérica la muerte no ocupa el lugar del fin absoluto ni del castigo divino, creencia última que proviene de los principios arraigados en las creencias judeocristiano de salvación y condena. Desde la visión ancestral de los primeros habitantes de este continente, la muerte es (así en presente) energía indispensable para que la vida continúe.

De allí que, desde la visión mesoamericana, los cráneos depositados en el Tzompantli (lugar en el que los mexicas concebían que residía el tonalli: la fuerza vital exhalada por el individuo) no eran trofeos de desprecio, eran semillas rituales.

De acuerdo con las investigaciones arqueológicas e históricas, en la civilización mexica la muerte no era sinónimo de horror ni de castigo. Los cráneos del Huei Tzompantli se ofrendaban para alimentar al sol, Huitzilopochtli, y con ello garantizabaí que el astro rey venciera a las tinieblas cada noche y que el ciclo agrícola, el agua y la existencia misma del universo no colapsaran. Bajo esta visión, formar parte de ese altar sagrado no significaba la degradación del individuo, sino su inserción en el flujo cósmico de la eternidad.

Obviamente, desde la ventana actual influenciada por las creencias occidentales judeocristianas, el significado del Huei Tzompantli es una abominación. Así, esta diferencia de percepción del mundo se empleó por muchas décadas para etiquetar y desprestigiar a los pueblos originarios como “salvajes” o “satánicos”, obviando que eran costumbres que pertenecían a una civilización con una sofisticación científica, astronómica y filosófica que, en muchos aspectos, superaba a la Europa de las pestes y el oscurantismo ide la Inquisición.

Bajo este pretexto, cronistas, incluso el mismo Cortés, inflaron los números y hablaron de miles de cráneos para crear la coartada discursiva perfecta para justificar el exterminio de una población.

Este tema es largo y muchos historiadores, especialistas en el tema, seguramente tendrán mayores detalles. No obstante, para quienes sentimos a Nuestramérica como un territorio independiente y sabio desde su energía originaria y no por “un regalo civilizatorio” de otro continente, la cruzada revisionista de Isabel Díaz Ayuso demostrada en MéXico no es más que el síntoma de una patología mayor: el retorno de los verdaderos bárbaros revestidos con el traje sastre de la ultraderecha global.

Al intentar desenterrar los fantasmas de Guatemala 24 para justificar el despojo, la lideresa del Partido Popular no hace más que tropezar con la ceguera de su propio espejo. Pretende dictar cátedra de moralidad civilizatoria desde una herencia europea que hizo de la crueldad un espectáculo de circo, un escarmiento político y un negocio de la trata de personas.

Escribimos MéXico con equis de resistencia, de cruce, porque pese al sometimiento la raíz jamás pudo ser completamente extirpada. En Nuestramérica el tiempo del catecismo y la jaula de hierro caducó, y que los pueblos que ayer domesticaron hoy se levantan para sepultar, de una vez por todas, la arrogancia de quienes alguna vez nos llamaron salvajes. Ayuso, quiérase un poquito y lea más la historia universal.

Natchaieving Méndez