Por: Natchaieving Méndez

Cuando hace más de un siglo se firmó el primer Convenio Telegráfico Internacional, el mayor desafío de la humanidad era lograr que un pulso eléctrico cruzara un océano a través de un cable de cobre. En la actualidad, en tiempos en los que una información va de un continente a otro en milésimas de segundos, el reto ya no es la rapidez de la información, sino evitar un colapso climático provocado por la saturación de la basura espacial en órbita, así como por la alteración de ecosistemas marinos por el despliegue de cables submarinos.

Un reciente estudio del University College de Londres reveló que la contaminación de hollín (carbono negro) que generan los satélites artificiales que desde 2019 conforman la llamada Megaconstelación (una red que opera de forma coordinada desde la órbita terrestre baja), representa el 42 por ciento del impacto climático del sector espacial.

Proyectos liderados por empresas como Starlink, de SpaceX, o Kuiper, de Amazon, si bien han aumentado su efectividad en el alcance y la rapidez en el envío de información entre zonas remotas, también han generado el aumento de contaminación lumínica que obstruye las observaciones astronómicas y, con ello, un alarmante incremento del riesgo de colisiones y basura espacial.

Este panorama satelital marca el telón de una fecha propicia para la reflexión global: el Día Mundial de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información, que se conmemora cada 17 de mayo e invita a pensar no solamente en la evolución y los alcances de la infraestructura que hace posible un mejor tejido conectivo de la humanidad, sino el rumbo ético que esto representa.

La basura espacial de Elon

Para proveer internet de alta velocidad y baja latencia a todo el planeta, se ha enviado a una inmensa cantidad satélites artificiales a las dos capas más externas de la atmósfera terrestre: la termósfera y la exosfera. Estos objetos permanecen en la órbita terrestre baja, que se encuentra a 300 y 2.000kilómetros, y se comunican entre sí mediante enlaces láser para mantener una conexión ininterrumpida. Entonces, para tener mayor rapidez y menos intermitencias, mientras más dispositivos de la misma empresa orbiten, la transmisión de datos será mejor.

En estas capas de la atmósfera el aire es extremadamente ligero, razón por la que estos satélites requieren de propulsores para mantener su posición y generar resistencia aerodinámica provocada por la rotación terrestre. Al término de su vida útil, estos artefactos son arrastrados por la gravedad hacia abajo y la fricción con la atmósfera hace que se desintegren en la reentrada y evita que se convierta en basura espacial permanente.

No obstante, cuando los científicos se refieren a que el satélite se “desintegra” hablan del objeto sólido completo que al caer puede golpear a una persona en la superficie. Al desvanecerse se transforma en gases y micropartículas que metálicas artificiales que quedan atrapadas flotando en la alta atmósfera y que, de acuerdo a las investigaciones recientemente difundidas, desde 2020 han tenido un 35 por ciento de impacto climático en el sector espacial y se prevé que aumente hasta 42 por ciento en 2029.

La megaconstelación más conocida es la del multimillonario Elon Musk, Starlink de SpaceX, que tiene en órbita alrededor de 12.000 artefactos hasta la fecha, sin contar la cantidad que los sistemas rivales también han desplegado.

La carrera por optimizar y liderar las telecomunicaciones ha llevado a la industria a triplicar el lanzamiento anual de cohetes, pasando de 114 en 2020 a 329 en 2025. Dichos artefactos son impulsados a la atmósfera por los cohetes Falcon 9 de SpaceX, los cuales emplean queroseno como combustible y libera partículas de hollín en las capas superiores de la atmósfera.

A diferencia del que procede de las fuentes terrestres, este carbono negro de los lanzamientos espaciales permanece en la atmósfera durante años y altera el clima 540 veces más que el emitido cerca de la superficie de la Tierra por centrales eléctricas o automóviles. Todo ello sin mencionar que los investigadores han advertido que para poner en órbita a estos satélites se liberan otras sustancias químicas como el cloro, que son peligrosas para la capa de ozono.

¿Hackeo de la capacidad de discernimiento?

Además del daño ecológico que ha producido el despliegue tecnológico para las telecomunicaciones, hay otra afección silenciosa, pero igualmente peligrosa: el cambio de la arquitectura cognitiva y social de una sociedad ultrainformada que, además, expone sus datos y con ello vulnera su seguridad.

Estamos en creciente «infoxicación»

Ante el auge del internet y la Inteligencia Artificial, cada usuario entrega su huella digital a algoritmos, lo cual convierte la privacidad en un bien escaso pues las conductas, deseos y debilidades ahora son tan predecibles como monetizables.

De esta forma, la saturación ya no solo se evidencia en el espacio, sino en los estímulos en el cerebro. La llamada infoxicación (exceso crónico de información) es el caldo de cultivo para la propagación de fake news y narrativas que distorsionan la percepción de la realidad. La sobrecarga digital eleva los niveles de cortisol, satura los receptores orgánicos de dopamina y condiciona al internauta a emitir respuestas impulsivas, no racionales, ante un estímulo. Todo ello sin contar los daños ocasionados en el desarrollo de la corteza prefrontal cerebral, lugar en el lugar en el que se gestionan el pensamiento crítico, la autorregulación emocional y la toma de decisiones complejas.

Al comprometer esta estructura, la hiperconectividad desmantela la capacidad de discernimiento y deja al usuario a merced de un entorno digital diseñado para generar reacción en lugar de reflexión.

Frente a este paisaje, la desconexión digital saludable no es un consejo de bienestar, representa una necesidad biológica y un acto de resistencia cognitiva para recuperar el pensamiento crítico y los espacios de comunicación verdaderamente humanos.

Hacia una conectividad responsable

En este punto es importante aclarar, no se trata de asumir una postura tecnofóbica u oponerse al progreso de las telecomunicaciones, es mirar este ámbito desde un lente que no comprometa el entorno externo e interno.

Nuestras ciudades están llenas de antenas

Existe un sector tecnológico que empieza a mirar hacia las telecomunicaciones verdes y busca optimizar la eficiencia energética de las antenas, utilizar fuentes de energía renovables para los centros de datos que alimentan a la Inteligencia Artificial y diseñar satélites biodegradables que se destruyan por completo al reingresar a la atmósfera. Estas iniciativas son vitales para reducir la huella de carbono en la atmósfera y reducir el impacto ambiental de la infraestructura digital.

Asimismo, es importante ejercer una ciudadanía crítica y responsable en la que se posicione y restituya la prevalencia de las dinámicas sociales por encima de la hiperconectividad. Si mantenernos el rumbo que llevamos, de nada servirá transmitir datos a la velocidad de la luz si se termina apagando la vida del único hogar que tenemos y se pierde la razón en la sobreinformación que cada día se genera de forma más tecnificada y que, muchas veces, confunde la realidad con lo artificial.