Si comparamos las redes sociales con el espacio real, el ejemplo más cercano es una plaza pública muy concurrida en la que muchos vendedores ambulantes batallan por acaparar la atención de quienes transitan cerca de su puesto. La diferencia, en este caso, es que bajo la estética de los filtros y la narrativa de historias “cercanas” de pocos minutos, estos “vendedores” libran una batalla silenciosa por la hegemonía del pensamiento.

La espontaneidad digital no existe, lo que hoy se percibe a través de las pantallas de los dispositivos electrónicos es un engranaje de intereses financieros y una arquitectura tecnológica, muy sofisticada, cuidadosamente diseñada para persuadir y colonizar un colectivo que pasa horas en un eterno scroll, para escapar de la realidad, cuando realmente está en medio de la programación de su pensamiento.

Entonces, es aquí cuando en el centro de este conflicto están los llamados influencer, persona “común” que busca monetizar con la creación de contenido. Inicialmente, puede ser que se trate de personas que solo encontraron una ventana para expresar su creatividad; sin embargo, en los actuales momentos, esta figura digital se ha convertido en un motor de la ingeniería social para moldear pensamientos en el ecosistema digital.

Tanto es así que en China, país que en 2025 alcanzó la cifra de 1125 millones de usuarios de internet (80,1 % de su población total), decidió recientemente regular el papel de los influencer y la información que divulgan.

Ahora, cualquier cuenta que difunda temáticas vinculadas con el derecho, las finanzas, la ciencia, la salud, la educación, política y otras áreas debe demostrar que tiene la formación académica y la experiencia laboral para difundir la información correspondiente.

Así, los perfiles que podrán continuar la difusión de información son aquellos verificados y vinculados con instituciones reconocidas como universidades, centros de investigación, de salud o del área competente.

Mientras tanto, en las plataformas de occidente, cada día aparecen, de la nada, fisioterapeutas, nutricionistas, médicos, farmaceutas, coaching de superación, actores y actrices que ahora son guías de autoayuda, psicólogos, entrenadores de gym, educadores, analistas políticos que otrora fueron bailarines que producían contenido infantil y luego se convirtieron en gurús e informantes de datos encubiertos, personas con un lenguaje técnico que ni siquiera tienen estudios de tercer nivel y pare usted de contar… pero, pese a sus dudosas procedencias, son referencias comunicacionales y hasta entrevistados de medios tradicionales. Misterios de la ciencia digital dirían por allí.

La medida adoptada por el gigante asiático ha sido polémica en cuanto a la manoseada “libertad de expresión” a través de las redes sociales. Sin embargo, ante una lista bastante larga de hechos vinculados con la información que se difunde por esta vía, surge la pregunta ¿hasta que punto la regulación de los contenidos difundidos por los influencers es una limitación al derecho a la difusión o es una forma para evitar la proliferación de desinformación, publicidad, propaganda o manipulación en el ecosistema digital?

Caballos de Troya Ideológico

La principal arma de los influencers es la cercanía. A diferencia de los medios de comunicación tradicionales que mantiene una distancia con el espectador, esta figura opera desde la ilusión de la amistad, tanta, que se encuentra al alcance de la mano e incluso puede contestar sus inquietudes, aunque detrás exista una maquinaría de bots programados para ello.

Estos creadores de contenido operan desde la ilusión de la amistad. Su constante y accesible aparición en la vida de los usuarios produce, de una forma más efectiva, lo que desde las ciencias del comportamiento definen como relación parasocial, es decir, un vínculo con un personaje mediático a quien se le considera cercano y con quien el usuario se identifica. Incluso, el seguidor llega a desarrollar hacia esta figura algún tipo de sentimiento bien desde la empatía, el desagrado, que puede llegar al enamoramiento o hastío absoluto.

Esta relación facilita que los mensajes del influencer intervenga las defensas críticas de quienes lo espectan. En otras palabras, cuando una de estas figuras digitales adopta una postura política o promueve un estilo de vida compartiéndolo, no como un locutor de noticias, sino como un “amigo” que expresa un consejo, facilita que el usuario sea moldeado sutilmente sin percatarse de ello.

Bien lo decía Albert Bandura décadas antes de la aparición de las redes sociales, la asimilación de una conducta o aprendizaje se produce mediante la observación de un modelo que captura la atención del sujeto y facilita la retención de conductas a través de una carga simbólica y emocional. De allí que los seguidores de estos influencers no solo consumen su contenido, sino que consciente o inconscientemente atraviesan por procesos de imitación y reproducción de estilos de vida, valores y hábitos de consumo, motivados por la identificación y la búsqueda de pertenencia.

El influencer se convierte en el «modelo» que media la conducta de las audiencias, validando cómo la exposición constante a estímulos digitales refuerza la construcción de la identidad y el comportamiento social en la red.

En consecuencia, el usuario adopta los sesgos, el lenguaje y las prioridades morales de quien sigue y le es “cercano” sin cuestionamientos. Por ello, si este personaje dice que el éxito en la vida es tener un carro último modelo, estar solo o sola y menospreciar al sexo opuesto, comer ciertos alimentos y rechazar otros, obedecer una doctrina religiosa, política o de otra índole, el usuario verá la disidencia como un error.

La caída de los dioses digitalesLa nueva política sobre los influencers adoptada por el Gobierno chino sacudió los cimientos de la industria digital: miles de cuentas eliminadas en una semana. No se trataban de perfiles pequeños, eran titanes con audiencias que superaban la población de varios países.

El motivo oficial del Estado asiático fue emprender una campaña contra la «ostentación de riqueza». De acuerdo con las informaciones difundidas, para el gobierno de Xi Jinping, el contenido que muestra Ferraris, colecciones de bolsos costosos o banquetes extravagantes genera una «falsa escala de valores» y socava la armonía social. En un momento de desaceleración económica y creciente brecha de desigualdad, el Estado chino identificó que la envidia digital es un combustible peligroso para el descontento popular.

La respuesta de los influencers que sobrevivieron a la purga no fue la protesta, sino la adaptación. De la noche a la mañana, los feeds de Douyin (TikTok chino) se llenaron de un nuevo tipo de contenido: la «vida común». La tendencia ahora es mostrarse cocinando en casas modestas, lavando ropa a mano o contando historias con un fuerte tinte patriótico. No es una iluminación moral de los influencers, es una estrategia de supervivencia financiera.

En contraste, en el modelo occidental, el influencer se percibe como un agente libre del mercado. Esto ha facilitado que, en ocasiones, “depredadores digitales” exploten la falta de educación financiera de la audiencia.Algunos han optado por la promoción de casinos online, sitios de apuesta que prometen retornos imposibles; rifas, esquemas Ponzi o piramidales, enlaces de afiliados engañosos, todo ello facilitando los delitos digitales para lo cual pocas naciones tienen legislación que establezca una pena a quienes incurren en delitos de promoción e incitación de estos ilícitos.

Lamentablemente, en muchos países occidentales, especialmente Latinoamericanos, existe una falta total de regulación de las redes sociales, lo cual ha generado una crisis de salud mental, especialmente en jóvenes que se obsesionan con estándares de vida irreales, estafas masivas orquestadas por ídolos digitales y una erosión de los valores de esfuerzo. Esto no es nuevo, solo que ahora el control total del pensamiento a través del entretenimiento tiene su océano en las plataformas digitales.

La ética: el simple costo de oportunidadAl indagar sobre el tema en la marea digital, la tesis Economía de la Atención del español Pedro Nicolás Aldana Afanador deja sobre la mesa una premisa lapidaria en este tema: el tiempo del usuario es la moneda de cambio suprema.

Aldana Afanador sostiene que, para el influencer, la ética se convierte en un simple costo de oportunidad: si defender una causa justa pone en riesgo su alcance o sus contratos, la tendencia dominante será el silencio o la adaptación ideológica por conveniencia económica. Lo que viene después es predecible, el cambio de percepción erosiona profundamente el sentido crítico del seguidor, quien prioriza la conexión emocional con su ídolo por encima de la coherencia del mensaje.

De esta forma, la exposición constante a discursos condicionados genera una desensibilización que impide distinguir entre una opinión genuina y un guion publicitario, propagandístico o político. Este fenómeno convierte al seguidor en un usuario-producto, incapaz de percibir que las recomendaciones de sus referentes suelen ser operaciones de mercado diseñadas para capturar su atención.

Ante este panorama, la solución se ha mencionado en este espacio incansablemente: educación digital. La única defensa ante un sistema que prioriza el algoritmo sobre la veracidad es el incentivar una conciencia crítica, con argumentos, sobre lo que se consume en redes sociales.

El influencer siempre se acomodará al poder o a lo que le genere mayores ganancias, por ello la importancia de percibirles como instrumentos temporales y útiles que siempre diseñarán una narrativa para moldear a sus seguidores.En esta plaza pública digital de espejismos y algoritmos, la verdadera rebeldía no consiste en elegir a qué “vendedor” seguir, sino en recuperar la propiedad de nuestro propio criterio antes de que termine de ser subastado al mejor postor.

T| Natchaieving Méndez