“Toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico, que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales”. Así de tajante es la definición de racismo que establece la Convención Internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial de la ONU.

Tras más de sesenta años de lucha antirracista y tratados internacionales, resulta desalentador comprobar que la sociedad aún no ha aprendido la lección. Desde una cancha de fútbol hasta una concentración política expresiones racistas de odio dan cuenta de la persistencia de esta distorsión social que, si bien ha cambiado de forma, mantiene la misma intención: marcar una jerarquía donde unos valen más que otros.

Lo preocupante en estos tiempos es que muchos de quienes desde una supuesta “inconciencia” promueven expresiones de racismo, nacieron en países con una historia de invasiones que definieron su cultura y su raza desde la multiplicidad del mestizaje que se dio a finales del siglo XV, cuando el navegante Cristóbal Colón decidió emprender rumbo a otros horizontes.

La diferencia como herramienta de sometimiento

Para entender el racismo se debe tener como premisa que no se trata un sentimiento “natural” humano de rechazo a lo extraño, sino que parte de una construcción política de siglos que se instauró desde una jerarquía de poder y con fines de la monopolización económica.

Estudios, como los del sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel, señalan el siglo XVI como el punto de ebullición de lo que actualmente conocemos como racismo y fue una forma que se empleó para justificar el despojo de tierras y la esclavitud. Es así que, para permitir el genocidio y la trata de personas, los invasores europeos debieron convencer al mundo de que ese “ser” comercializado y tratado como un objeto no era humano.

Una muestra de lo anterior se evidencia en las crónicas de Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, quien describió a los pueblos originarios del Abya Yala como seres «naturalmente vagos y viciosos», carentes de capacidad intelectual y dominados por instintos animales. Este cronista español sentó las bases del racismo estructural a tal punto de que redujo al indígena a un eslabón intermedio entre lo humano y lo bestial, que solo podía ser «salvado» bajo la tutela y el castigo del colonizador.

Esta visión de desprecio hacia toda raza ajena a la europea, que sitúa al negro, al indígena y al mestizo en el escalafón de simios dominados por sus instintos, ha resistido al paso de los siglos con el mismo carácter y repulsión que solemos atribuir a las cucarachas.

En un acto de la derecha en Madrid, venezolanos gritaron consignas racistas contra la Presidenta Encargada Delcy Rodríguez.

La estructura que se impuso para denigrar a un grupo y entronizar a otro es lo que el filósofo Achille Mbembe denomina «el sujeto de la raza». Según el especialista camerunés, este posicionamiento de términos racistas en el lenguaje se utiliza desde el poder para decidir “quién puede ser sacrificado y quién no”. Incluso, con argumentos de la ciencia del siglo XIX, se intentó justificar desde la biología la división de clases y castas, postura que se instauró en los sistemas comunicacionales y formativos que tienen su génesis a partir de esa época, y que, lamentablemente, la humanidad no ha logrado superar totalmente.

Pese a que la misma ciencia ha demostrado que las razas no existen biológicamente, el racismo persiste como una «tecnología social» que organiza el mundo, asignando privilegios a unos y sospechas permanentes a los otros. Por ello que vemos multitudes de fanáticos, así como personajes con cierto posicionamiento en el mundo político, social y cultural que tienen el “desliz” de “dejarse llevar” por sus instintos inconscientes y llaman a sus adversarios “monos”, “macacos” o emplean otros epítetos para degradar al contrario.

Instrumentalización la retórica racista

En la última década, la humanidad ha sido testigo de un fenómeno alarmante: el racismo ha retornado desde otras expresiones más sofisticadas. Desde movimientos como MAGA en Estados Unidos hasta las corrientes neofascistas en Europa, la ultraderecha global ha encontrado en la xenofobia un instrumento no solo de agresión al contrario, también ha sido empleado como motor de movilización.

Los discursos de odio e intolerancia cada día se posicionan más en las redes y se justifican bajo el velo hipócrita de “la emoción del momento”. Desde el poder, se solapa la ineficiencia y negligencia de los gobiernos sobre temas como la precariedad laboral, la falta de vivienda o el detrimento de los servicios públicos con el aumento de la migración, la presencia de comunidades afrodescendientes o refugiados. Se construye una narrativa en la que el “otro” es el culpable, una amenaza.

Asimismo, este discurso busca cambiar en la psiquis colectiva lo inaceptable como el racismo explícito, a una forma de “rebeldía” y respuesta políticamente correcta. Hay que destacar entonces que, en el siglo XXI, las formas de exclusión y discriminación racial ahora se inoculan a través de algoritmos en redes sociales y programan mentalidades de manera inconsciente desde la repetición y el manejo del lenguaje.

Del fútbol a la política

Los casos de racismo actual son muchos, pueden verse desde en escuelas, comunidades y medios de comunicación digital y tradicional. España es uno de los casos más palpables que, desde un campo de fútbol hasta las grandes plazas como la Puerta del Sol, expresa lo que el antropólogo Christian Bromberger describe como una “enfermedad sistémica”.

En el fútbol europeo es común oír insultos racistas.

Tal ocurre con el jugador Vinícius Júnior, delantero brasileño del Real Madrid, quien al estar en el campo de juego debe soportar el coro de miles de personas que corean insultos racistas, bajo la excusa de “meter presión al rival”. Lo que realmente ejecutan es un linchamiento simbólico. No se trata de la pasión desbordada del deporte, sino de una descarga de odio que busca reducir al atleta a su color de piel, intentando castigar su éxito y su negativa a guardar silencio ante la injusticia.

Este fenómeno de exclusión y discriminación ha trascendido y se ha repetido en otras partes del mundo.  Muestra de ello la han padecido jugadores de diferentes categorías de la Vinotinto, así como venezolanos migrantes en otros países.

Lo anterior ha dejado al descubierto las costuras de un sistema que durante siglos prefirió mirar hacia otro lado. Como bien lo ha expresado el propio futbolista: los estadios se han convertido en territorios de impunidad donde el racismo se disfraza de “éxtasis del momento”. Han permitido que una multitud proyecte prejuicios coloniales sobre un joven que, simplemente, decidió no agachar la cabeza.

El insulto «mono» busca devolver al deportista a una posición de subordinación y esto fue lo que también ocurrió el pasado 18 de abril con el cantante, irónicamente venezolano, Carlos Baute, quien en un acto político organizado por la derecha extrema en la Puerta del Sol, arengó a una multitud a corear “fuera la mona” en alusión a la presidenta encargada de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez.

Aunque el “artista” se disculpó posteriormente en sus redes alegando “dejarse llevar por la emoción” organizaciones de derechos humanos y la Embajada de Venezuela en Madrid calificaron el hecho como un acto de violencia política, misoginia y racismo. Llamar “mona” a una mujer, independientemente de su cargo o ideología, en nada se parece a una crítica gubernamental, es usar un código colonial que busca quitarle la condición de persona.

En el fútbol español se han tomado medidas para evitar el racismo.

Justificar y validar lo anterior es dar un permiso implícito para que discrimine al venezolano o cualquier latinoamericano de a pie en las calles de Europa. Es así como califica al migrante desde los estereotipos de inferioridad, servidumbre y delincuencia. Por ello, si un artista o un político utiliza términos despectivos basados en la raza o el origen nacional, está reforzando el techo de cristal que enfrentan los migrantes en las entrevistas de trabajo, en el acceso a la vivienda o en su vida cotidiana.

De esta forma, la “otredad” desde el desconocimiento del valor y el racismo, no es una acción de protesta de un sector de la sociedad que hacer alardes de buscar la democracia y la pluralidad, es una demostración que se trata de volver a viejos patrones ideológicos en el que existe una élite de privilegiados, una raza superior y alimentar la polarización y destrucción del tejido social equitativo.

Acciones como las que se evidenciaron en la Puerta del Sol o en las canchas de fútbol no pueden permitirse. En la actualidad no basta con no ser racista, el nuevo siglo, en el que no existen razas puras exige ser moralmente antirracistas. Todo ello implica la autorreflexión sobre los propios prejuicios y usos del lenguaje discriminatorios heredados que persisten en el subconsciente, muchas veces como formas “inocentes” y “simples”. La lucha por la igualdad sigue siendo la frontera final de nuestra civilización.

Natchaieving Méndez