
“Ese día, Dios hizo un compromiso con Abram, y le dijo: «Yo les daré a tus descendientes la tierra que va desde el río de Egipto hasta el río Éufrates” (Génesis 15:18). Estas palabras de La Biblia, en el Antiguo Testamento, han sido la fachada y la excusa de un plan expansionista que el Estado de Israel emprende.
Bajo esta “palabra santa”, hasta la fecha, 2 055 personas han muerto y 6 588 han resultado heridas en los ataques que desde el 2 de marzo de 2026 emprende el Ejército israelí en contra del Líbano. En 15 meses, más de 75 000 palestinos han sido asesinados en la Franja de Gaza (56,2% mujeres, niños y ancianos) y 3 375 decesos violentos han ocurrido en Irán durante los 39 días de bombardeos ejecutados por las fuerzas sionistas en conjunto con Estados Unidos.
Eretz Yisrael Hashleima, el Gran Israel, es lo que llaman la “tierra prometida” para los descendientes de Abram. Para algunos tiene que ver con algo que no es terrenal sino espiritual. Sin embargo, para quienes detentan el poder y siguen la línea sionista, es un territorio físico que no tiene una delimitación fija, sino que se convierte en un “mapa elástico” que se expande según el grado de fervor ideológico o religioso de quien lo promueva.
Es así como la interpretación de esta “tierra prometida” va desde el reclamo de la soberanía sobre ambas orillas del río Jordán (incluyendo la actual Jordania) del sionismo revisionista; pasa por las intenciones del extremismo del gabinete actual de Benjamín Netanyahu que busca anexionar Cisjordania y el sur de Líbano hasta el río Litani por control de recursos y «seguridad»; hasta la visión maximalista bíblica, que aspira a un territorio desde el río Nilo en Egipto hasta el Éufrates en Irak.
Todo lo anterior conforman las teorías utilizadas como motor político por el Netanyahu para justificar la destrucción militar que ocasiona en Gaza y Líbano, así como los ataques a su enemigo más peligroso: Irán. Desde esta careta redibuja fronteras y provoca el desplazamiento de poblaciones a favor de un proyecto de hegemonía territorial absoluta que busca controlar los recursos de esta zona de Oriente Medio.

Conflicto como estrategia de supervivencia
Abrazado a las ideas del revisionismo sionista de Zeev Jabotinsky (1880-1940): un Estado judío fuerte ante «amenazas existenciales», el objetivo de Netanyahu presenta dos visiones. La primera, la que se expresa en organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se fundamenta en la retórica de la seguridad nacional y el derecho a la autodefensa, presentando sus operaciones militares como una respuesta técnica necesaria para neutralizar el “terrorismo” y garantizar la supervivencia de su pueblo.
Sin embargo, la segunda visión, la que se ejecuta en el terreno y satisface a sus socios de coalición más radicales, es la de una expansión territorial sistemática que busca materializar el «Gran Israel». Bajo esta ventana, la guerra no es un fin para la paz, sino una herramienta de reingeniería demográfica y geográfica que aspira a controlar desde los recursos hídricos del Litani hasta la anexión total de Cisjordania, sacrificando la legitimidad internacional y miles de vidas inocentes solo para lograr el control total de la región basado en mandatos religiosos.
En su cruzada, el líder del Likud se encuentra riesgos reales: Hamás (apoyado por Irán), Hezbolá y hutíes. Sin embargo, el objetivo de destruir el llamado «Eje de la Resistencia», lo que en realidad se ha develado es que las fuerzas de Netanyahu buscan hacer inviable el Estado Árabe Palestino, contraviniendo la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada el 29 de noviembre de 1947.
Además, detrás de toda esta guerra subyace un cálculo político de supervivencia. Al prolongar los conflictos y mantener al país en un estado de emergencia permanente, Netanyahu distrae la atención pública y mediática de los tres juicios por corrupción (soborno, fraude) que enfrenta en tribunales.
La estrategia es clara: presentarse como líder indispensable en tiempos de crisis y utilizar las operaciones militares para paralizar o retrasar los procedimientos legales en su contra. Las bombas entonces se convierten en un escudo jurídico que provoca el silencio sobre sus cargos criminales y evitan, no solo la posible sentencia de prisión, sino también el colapso definitivo de su carrera política, que ya se avizora en las recientes encuestas de Israel Democracy Institute, que en marzo 2026 muestran el auge de 55% de la oposición interna.

La paradoja de las libertades selectivas y socios incómodos
Sumado a todo lo anterior, el principal aliado de Netanyahu, Donald Trump, presenta en su retórica contradicciones sobre el conflicto de Oriente Medio. Tal como ha tratado de vender su imagen desde su llegada por segunda vez a la presidencia de los Estados Unidos, el republicano se presenta como el líder de la libertad y la “paz mundial”.
Una de las explicaciones con la que justifica su ayuda a los objetivos de Israel, es que Irán asume la homosexualidad como un delito capital y además, critica la opresión bajo el régimen de los Ayatolas. Si bien muchos de estos argumentos son trágicamente ciertos, la validez se desmorona al notar el tamiz selectivo con el que el mandatario norteamericano hace sus aseveraciones.
En cuando al tratamiento iraní sobre la homosexualidad, el presidente estadounidense olvida dos realidades. La primera, y sobre la que mantiene silencio sepulcral, es que su socio estratégico, Arabia Saudita, mantiene un sistema legal basado en la Sharia, la cual también contempla la pena de muerte por actos homosexuales y en la que el desacuerdo político se paga con la ejecución.
Asimismo, existe una profunda contradicción entre su retórica exterior de «libertad» y su agenda interna. En su segundo mandato, Trump ha instrumentalizado la causa LGTBIQ+ políticas que restringen los derechos de estas comunidades. Su administración ha promovido activamente que la ley reconozca el género solo como el sexo con el que se nace físicamente, sin posibilidad de cambiarlo. Además, ha impulsado reglas que permiten que una persona o un negocio se nieguen a atender a alguien (como a una pareja del mismo sexo o a una persona trans) si sienten que eso choca con sus creencias religiosas.
Esta doble moral también se evidencia en la «liberación» de la mujer. Mientras Trump critica la opresión de las mujeres bajo el régimen de los Ayatolas, omite que dentro de Israel los sectores ultraortodoxos imponen segregación de género en espacios públicos, autobuses y rezos, y luchan activamente por limitar los derechos legales de las mujeres en tribunales religiosos. Esto sin mencionar los comentarios “machistas” que innumerablemente ha expresado el mandatario norteamericano.
Lo anterior son solo algunas piezas de un enorme rompecabezas. No obstante, de estos aspectos puntuales queda que, entre la retórica diplomática y la creencia de “cumplir con el plan divino”, el Oriente Medio se convierte en una región redibujada por la fuerza, donde la verdadera «tierra prometida» parece ser aquella que garantiza el poder absoluto de unos pocos a costa de la dignidad y la vida de millones.
La gran víctima de este cálculo político que no conoce fronteras ni finales, además de las miles de vidas que cada día se pierden ante la mirada incompetente de los organismos internacionales, es la paz, la cual pareciera ser invisible en este tablero de ajedrez geopolítico.
Natchaieving Méndez

