Hoy 27 de marzo el calendario de efemérides marca el Día Mundial del Teatro. Sin embargo, para quienes hemos hecho de la comunicación y el arte un refugio, una manera para conectarnos con el mundo, esta conmemoración es un pretexto para hablar de lo que verdaderamente importa: la vibración humana.

El teatro no es el edificio ni las butacas ni siquiera el texto memorizado con rigor académico; es, en esencia, un campo infinito de acción y reacción, una red invisible en la que el dramaturgo, el director, el actor y el espectador se entrelazan en una sola pulsación energética. Es la liturgia más legítima que existe para conjurar fantasmas y, sobre todo, para encontrarnos con nosotros mismos a través de la mirada del otro.

Bien lo plasmó en el séptimo arte Chloé Zhao con su película Hamnet (2025), en la que muestra esta conexión profunda, casi mística y explica con elementos cinematográficos cómo ver, hacer y escribir teatro es sumergirse en la intimidad de la pérdida y la creación, y como el sentimiento más profundo que habita en las entrañas del dolor puede transformarse en trascendencia.

La libertad en los escenarios
Aunque la cinta evita los senderos comunes del cine biográfico, logra establecer un puente sensorial con la esencia del hecho teatral: convertir lo privado en universal. En Hamnet, el teatro no es solo el destino de un padre afligido, sino el espacio en el que el duelo se libera y se hace luz, y logra llegar, incluso, a las almas de sus espectadores. Allí es donde la ficción se vuelve más real que la vida misma, porque, tal como lo expresa el actor, director, dramaturgo y psicoterapeuta César León (Ladagaoxidada): “El teatro nos da la posibilidad de descubrir cuántos yo habitan en nosotros”.

En Hamnet unos padres que pierden a su hijo encuentran consuelo y respuestas en el teatro

Muestra de ello es la trayectoria de César León, quien comenzó desde los escenarios liceístas “con camisita azul” y ha llegado a la profundidad del performance y la psicoterapia Gestalt. Afirma que el teatro llegó a su vida como una respuesta a una búsqueda vital que comenzó en la infancia. Su testimonio es un viaje a la esencia del juego actoral, ese que nace en la libertad de una cama convertida en escenario.

«Yo protagonizaba, hacía todos los personajes montados en mi cama. Entonces yo era la niña linda de la novela, el niño lindo de la novela, la mala de la novela, el villano de la novela… simplemente lo hacía. Era una cosa placentera, divertida, de actuar y ser un personaje y ser otro, de una manera absolutamente natural», relata.


De allí que conecta su experiencia con esa naturalidad que el teatro profesional intenta recuperar a través de la técnica, buscando que el actor viva en escena con el mismo nivel de consciencia con el que, asegura, cada persona debería caminar por la calle.

El actor César León en escena

Comunión de energías
La relación entre el teatro y la liberación emocional no es una metáfora romántica; es una realidad. Esta afirmación es compartida por León cuando recalca que en el encuentro teatral se produce una comunión de energías, la cual describe con precisión cinematográfica: «Un público reunido en una sala de teatro, que van todos con el mismo objetivo… ahí se crea un alma también. Hay un encuentro de dos almas: el alma que se ha creado con el proceso de ensayo de ese espectáculo que ya se muestra al público, y el público que, aun desconociéndose entre sí, se ponen todos prácticamente a vibrar en la misma frecuencia».

Para este referente de las tablas venezolanas, esta vibración es la que permite que el teatro funcione como una herramienta de transformación social y personal, alejándose de la “frivolidad del mero entretenimiento para convertirse en un espejo necesario”.

Lo anterior también se evidencia en la película de Zhao quien, basado en la obra de Maggie O’Farrell, nos muestra a través de la ficción cómo una obra escrita hace cuatro siglos y que sigue haciendo vibrar al mundo, no solo transmutó el duelo paralizante y la depresión del dramaturgo, sino que además logró liberar y conectar con el desgarrador sentimiento de su pareja de quien se había desconectado por la terrible pérdida.

Es lo que León define como un «toma y dame energético», es decir, el actor presta su cuerpo y su voz para encarnar ese dolor, y el público, que también carga sus propios duelos y melancolías silenciadas, se ve reflejado en un texto que, además, se crea desde la pulsión de rescatar el pasado para redimirlo en el presente.

El teatro es una herramienta de transformación social y personal. Foto CNT

De la frivolidad a la reflexión
Para este artista, en tiempos en los que la inmediatez y lo superficial parecen ganar terreno, el teatro nos exige presencia absoluta. Destaca que este arte nos obliga a alinear cuatro memorias: la intelectual, la emocional, la corporal y la espacial. “Es un ejercicio de consciencia pura que nos rescata del «yoísmo» para devolvernos a lo colectivo”, recalca.

Desde esta perspectiva, este creador critica el auge de la tendencia actual del teatro comercial, especialmente del fenómeno del microteatro que, a su juicio, ha herido la médula del teatro clásico y experimental. Explica que la fragmentación de la experiencia suele sacrificar la mística y la «coherencia estética» en favor de una inmediatez que roza la frivolidad.

En sus propias palabras, este formato corre el riesgo de convertirse en un «juguete de la estupidez humana», un refugio para quienes evitan el compromiso emocional e intelectual que requiere una obra de largo aliento. Por ello es tajante al reivindicar un arte que no busque solo «verse lindo» o alcanzar la fama, sino que sea capaz de incomodar y transformar. Es el rechazo a la estética «campechana» y sin orden conceptual, defendiendo en su lugar un teatro profesional de búsqueda profunda, donde el diseño y el discurso no se diluyan en la urgencia de lo superficial.

Lo anterior es resumido por César León con una contundencia que desarma: «el teatro es necesario y urgente para entenderme y entender al otro y entendernos. Es la posibilidad de desarrollar espectáculos simples pero complejos… donde yo pueda como espectador, como actor y/o espectador, salir con una nueva idea, con una reflexión nueva, con una inquietud que me lleve a experimentar mi existencia desde un lugar un poquito más profundo».

El teatro no es el edificio, es la vibración humana

Al final, ya sea en un estacionamiento dibujado con tiza o en la majestuosidad de la visión de Zhao, el teatro sigue siendo ese umbral sagrado en el que al apagarse las luces y bajar el telón, empezamos a ver de verdad. ¡Feliz Día Mundial del Teatro!

T|Natchaieving Méndez