La felicidad, un sustantivo abstracto complejo de explicar por la diversidad de su concepción. Depende de la experiencia, la edad, las creencias, las metas personales, incluso, de las expectativas que se tiene sobre lo que una persona considera “un estado de bienestar ideal”.

Para algunos la felicidad no existe; para otros es un rato efímero o la excusa para impulsar las acciones, lo cierto es que mucho lo que se ha hablado sobre ella, pero pocos la abrazan de forma permanente.

En 2012, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, proclamó el 20 de marzo como Día Mundial de la Felicidad para promover un enfoque más equilibrado del desarrollo, que incluya bienestar y sostenibilidad, y no solo crecimiento económico. Pero ¿qué ocurre cuando esta “meta” de ser feliz se convierte en una obsesión que es posicionada y utilizada para fines mercantiles y manipulables?

Desde la premisa de la pregunta anterior se puede observar como las redes sociales están inundadas de cursos, apps, retiros, libros de autoayuda y promesas de “transformación personal”, gurús de la felicidad que, además de generar la necesidad imperiosa de conseguir y uniformar este estado de bienestar, ofrecen la “solución”, “el remedio”, para finalmente conseguir este “producto” al que venden como inalcanzable.

Esta distorsión mercantil contrasta drásticamente con el espíritu original de la efeméride. Mientras el mercado nos empuja a una búsqueda solitaria y competitiva por la plenitud, la normativa internacional nació con una visión opuesta: entender el bienestar no como un producto de consumo, sino como un derecho humano vinculado al progreso social y la sostenibilidad.

Un día “feliz” en la agenda global

Desde la resolución 66/281 de la Asamblea General crea este día para resaltar la necesidad de un “enfoque más inclusivo, equitativo y equilibrado del crecimiento económico que promueva el desarrollo sostenible, la erradicación de la pobreza, la felicidad y el bienestar de todos los pueblos”.

De allí que en el espíritu de la instancia internacional se invita a Estados, organismos internacionales y sociedad civil a conmemorar la fecha mediante actividades educativas y de sensibilización, con la idea de colocar el bienestar en el centro de las políticas públicas.

No obstante, en el plano real, el concepto de felicidad se ha orientado hacia un estado individual y no colectivo. El enfoque que se ha posicionado es aquel que tiene que ver con las necesidades individuales de autorrealización y el consumo de experiencias, productos y discursos motivacionales.

Así, este concepto abstracto se convierte en una oportunidad para dirigir campañas institucionales y estrategias de marketing que apelen a una promesa: la felicidad como meta disponible, medible y, sobre todo, comprable.

Aún más, en las últimas décadas se ha consolidado lo que algunos sociólogos describen como una “industria de la felicidad”, en la que editoriales, consultoras, empresas tecnológicas y gurús del bienestar empaquetan consejos, metodologías y soluciones rápidas para alcanzar una vida plena.

La lógica es fácil: si la felicidad es un objetivo individual, entonces cada persona es responsable de invertir tiempo, dinero y esfuerzo en “arreglar” su mente, su actitud y su estilo de vida.

Además, la tendencia de emplear la retórica de “pensar en positivo” para conseguir la felicidad, genera aun más la insatisfacción en el colectivo de no estar cerca de conseguirla. Una suerte de “optimismo obligatorio”, tal como lo describe la periodista y ensayista Barbara Ehrenreich se entrelaza con el mercado, al punto de culpar al individuo cuando la realidad no coincide con el guion de la superación personal.

Ehrenreich resalta que, desde esta narrativa, el sufrimiento, la enfermedad o la precariedad son interpretados como fallas de actitud que pueden corregirse con el paquete apropiado de coaching, talleres o libros, en lugar de como síntomas de estructuras sociales desiguales, por ejemplo.

Bajo esta lógica, la felicidad se convierte en una mercancía: algo que se compra, se entrena y se exhibe, más que una experiencia situada, atravesada por contextos económicos, políticos y afectivos.

La trampa del “siempre falta algo”

Ahora bien, para la neurociencia la felicidad no es un botón que se activa de una vez y para siempre, sino es el resultado transitorio de circuitos de recompensa, aprendizaje y regulación emocional.

Entrando en el plano de la experimentación científica, un estudio de la Universidad de Michigan demostró que en el cerebro tiene zonas específicas a las que llamó “puntos calientes hedónicos” que contribuyen a la sensación de placer y que están separadas funcionalmente de los sistemas relacionados con el deseo.

Mucho se habla en redes acerca de la sustancia del placer: la dopamina; sin embargo, la mencionada investigación la ubica no como el neurotransmisor responsable directo del placer, sino más bien un modulador del impulso hacia la recompensa y a repetir conductas o a buscar estímulos.

Esa diferencia entre “querer” y “gustar” resulta clave para entender por qué la promesa de felicidad puede convertirse en un motor inagotable de consumo. Los científicos explican que los sistemas de “wanting”, es decir, el impulso automático que nos hace desear o buscar algo, incluso más allá del placer real que ese “algo” nos da, pueden activarse de manera intensa incluso cuando el el placer real es limitado o decreciente.

Esta reacción cerebral ha sido utilizada en el terreno de la mercantilización, para generar una cadena de productos, experiencias y discursos que alimentan el deseo de estar mejor, sin que ese deseo se estabilice jamás en una sensación sólida de bienestar.

De esta forma, la industria de la felicidad explota esta asimetría neurobiológica al ofrecer novedades constantes diseñados para reactivar el circuito del “querer” antes de que el placer se habitúe.

Lo cierto es que el cerebro, sometido a estas constantes de recompensas anticipadas (el último método para conseguir la felicidad, la app definitiva, el retiro más transformador…) se acostumbra rápido. La consecuencia es que el efecto de los cambios tiende a diluirse, mientras el deseo de un siguiente escalón de bienestar se mantiene encendido.

Entonces, la imposibilidad de “llegar” del todo se convierte así en un recurso económico: se vende menos la felicidad que la persecución eterna de ella.

Hoy, Día Internacional de la Felicidad, lejos de un slogan invita a pensar en este estado como un tejido de vínculos, cuidados y condiciones de vida que no se compran en una sola transacción ni se conquistan siguiendo un manual, sino que se negocian día a día en relación con otros. Una muestra de ello se vivió el pasado 17 de marzo, cuando la población venezolana celebró el triunfo de su selección nacional en el Clásico Mundial de Beisbol: pese a la adversidad, las diferencias o desmanes, la felicidad colectiva se posicionó desde una esperanza de un logro colectivo alcanzado.

Quizá, lo que esta fecha invita es a evitar la obsesión de “sentirse feliz a toda costa” y en cambio, buscar la felicidad desde espacio para una vida emocional más amplia en la cual también convivan la tristeza, el cansancio y la indignación como señales de que algo en el mundo, no solo en el individuo, necesita cambiar.

Natchaieving Méndez