
En días pasado subí al Parque Nacional Waraira Repano por la entrada de Sabas Nieves (Caracas-Altamira). Esta es una de las rutas más transitadas tanto por quienes deciden practicar actividad física, el senderismo o simplemente tener un día diferente en una de las montañas más importantes de la capital, parte de Miranda y La Guaira.
En la entrada, los guardaparques revisan que las personas que suben la montaña no lleven objetos, sustancias o implementos que puedan representar un peligro potencial tanto para quienes transitan como para la ecología del lugar. Nunca había llevado toallitas húmedas y ese día lo hice, justo cuando este artículo se incluyó entre los que no pueden ingresar. Si regresabas por la misma ruta tenías la oportunidad de recoger tu implemento, pero en mi caso la ruta que haría culminaba en otro extremo por lo que decidí practicar el desprendimiento y resignarme a comprar otro paquete.
He visto personas en redes a quienes les ha pasado lo mismo y critican la acción; sin embargo, en mi caso no hubo molestia, quizás un poco de incomodidad por el dinero perdido porque el paquete era nuevo, pero realmente creo que es una medida justa.
Desde hace aproximadamente tres años subo constantemente al Waraira Repano y he podido percatarme de la gran cantidad de desperdicios que dejan quienes transitan por los senderos de la montaña, especialmente toallitas húmedas, un residuo compuesto por polipropileno que tarda hasta 500 años en degradarse.
Según encuestas de octubre de 2025, 40% de los visitantes del pulmón caraqueño porta estos desechos plásticos sin la conciencia de que su “higiene personal” altera la composición del suelo y envenena a la fauna silvestre.

A lo anterior se suma la erosión de los suelos, lo cual también ocurre en reservas marinas que sufren pisoteo excesivo, basura y alteración de los flujos naturales. Todo esto genera contaminación y presión en infraestructura, agravando la pérdida de biodiversidad.
Una solución que se convierte en degradación
No se puede negar que el turismo es un sector fundamental que contribuye a que la economía de una nación se sostenga. No obstante, cuando esta actividad se hace bajo el incumplimiento de normativas, lo que puede parecer una solución para el aparato económico de un país se convierte en una maldición para su ecosistema.
Ocurre en todas las latitudes del mundo. Datos recientes muestran que 70 % de los parques europeos enfrentan degradación por visitantes masivos, pero hay más. Encuestas de 2025 de la Organización Mundial del Turismo (OMT) indican que 60 % de turistas ignora normas ecológicas.
Lo anterior entra en el concepto de overtourism o sobreturismo, un punto de quiebre en el que el volumen de visitantes supera la capacidad de carga de un destino y transforma un atractivo natural en un ecosistema en colapso, degradando la calidad de vida de las comunidades locales.
Este fenómeno no solo se mide en la aglomeración de personas en las calles de Venecia o las faldas del Everest, sino en la destrucción silenciosa de la biodiversidad. También incluye el ruido de cientos de lanchas que estresan a la fauna marina en Morrocoy, la compactación del suelo por miles de pasos en los senderos del Ávila y la generación de toneladas de desechos plásticos que las infraestructuras de islas como Margarita o Coche no pueden procesar.

En 2025, la Lista No de Fodor identificó 15 destinos afectados, como Bali, donde el desarrollo descontrolado invade hábitats naturales y erosiona ecosistemas. Parques nacionales y reservas marinas sufren pisoteo excesivo, basura y alteración de flujos naturales, según reportes de RoomCloud sobre el verano 2025.
Otro ejemplo emblemático es el caso de Maya Bay, en Tailandia. En junio de 2018 las autoridades de este país ordenaron cierres estacionales obligatorios en estas bahías debido a que el 80 % de sus corales habían muerto por el impacto de 5000 turistas diarios. Reportes de 2025 refieren que esta restricción permitió la recuperación del ecosistema.
En la actualidad, Maya Bay funciona como un santuario natural protegido, su acceso es controlado, está prohibido bañarse o entrar con barcos a la playa. La única actividad turística permitida es caminar por la orilla y tomar fotos, no obstante, cada cierto tiempo se cierra nuevamente.
Los Juanes en Morrocoy
En los pasados Carnavales, Los Juanes en Morrocoy fue tendencia debido a la gran cantidad de turistas que escogieron este destino para disfrutar su asueto. Como en oportunidades anteriores, el problema no fue que visitaran este espacio del Parque Nacional del estado Falcón, sino la cantidad de embarcaciones y personas que se aglomeraron en este lugar caracterizado por su biodiversidad.

Las imágenes de Los Juanes eran espejo de Maya Bay. Por las redes sociales circularon denuncias de delitos ambientales como el uso de espumas que dañan las aguas y la fauna marina del lugar.
En respuesta, el Ejecutivo Nacional implementó nuevas medidas para evitar el colapso. Entre las acciones está la activación de una aplicación de registro obligatorio que permitirá establecer, por primera vez, un control real sobre la capacidad de carga del parque.
A diferencia del cierre total tailandés, Venezuela apuesta por un modelo de planificación tecnológica en el que el registro previo permitirá a las autoridades de Inparques y al Ministerio de Ecosocialismo coordinar la afluencia en los próximos días de asueto, con el fin de frenar la anarquía que históricamente impera en temporada feriada.
Otra medida que se implementó es obligar a yates y lanchas a utilizar boyas de anclaje en lugar de lanzar anclas directamente sobre el suelo marino. Esta acción es, quizás, la más urgente para detener la erosión de los arrecifes. Como se ha observado en estudios de 2025, el contacto físico es el principal verdugo del coral caribeño. Al prohibir el anclaje tradicional, se protege la base del ecosistema que sostiene la vida en Morrocoy.

De igual forma, la detención de ciudadanos por daños ambientales tras los eventos de Carnaval marca un precedente necesario: la biodiversidad venezolana ya no puede ser el costo colateral de la celebración desmedida, y la actividad turística debe evolucionar hacia la sostenibilidad si quiere sobrevivir a su propia fama.
En última instancia, la salvación de nuestros parques nacionales no reside únicamente en un decreto o una aplicación móvil, sino en una profunda transformación de la conciencia ciudadana.
El Waraira Repano, Los Roques y Morrocoy no son espacios de consumo desechable, son reservorios de vida que tardaron milenios en formarse y que estamos destruyendo por tener un pensamiento individualista e inconsciente.
Cada toallita húmeda abandonada en la montaña y cada químico que cae en las aguas de los cayos es una sentencia de muerte para el paisaje que define nuestra identidad. Es momento de entender que el derecho al disfrute de los espacios públicos trae consigo la obligación ineludible de su custodia.
Si en la actualidad no somos capaces de visitar la naturaleza sin herirla, seremos la generación que presenció el cierre definitivo de sus paraísos por simple incapacidad de convivencia. La sostenibilidad no es una opción técnica, es el único camino para que el futuro tenga un lugar donde respirar.
T/Natchaieving Méndez

