
En El Callao, al sureste del estado Bolívar, los carnavales son un bastión de resistencia afrocaribeña. Ciertamente, la cultura no es estática ni impenetrable, desde los albores de la historia de la humanidad pueden evidenciarse los cambios que moldean a un pueblo. Sin embargo, hay expresiones que permanecen en el tiempo para recordar la esencia de la que surgieron y esta es una muestra de ello.
Cuando se habla de esta manifestación venezolana, ingresada a la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016 por la Unesco, se trasciende del calendario festivo o la geografía local. Esta expresión es un libro vivo que relata la historia de un proceso migratorio, económico, social, religioso, político de una época en Venezuela.
Observar las comparsas, los personajes que allí se representan, más allá de la indumentaria, la música y el colorido, es hurgar en el significado de cada uno de estos elementos. Es entender que cada símbolo es una voz que habla de una historia que se niega a ser silenciada por el relato de los “vencedores” que es una narrativa inoculada que ha codificado el pensamiento colectivo para invisibilizar, por conveniencia, personajes e injusticias.

Resistencia afroantillana
Si existe un guardián de la tradición Carnavales de El Callao y su calipso, ese es Carlos London Torres. Pocos conocen quo este cultor -músico, profesor, activador cultural- es también doctorando en Patrimonio en la Universidad Latinoamericana del Caribe, cuya sede está en Caracas.
Tuve la fortuna no solo de compartir el aula con él, sino de sumergirme en sus anécdotas, contagiándome de su humildad y su vasta sapiencia y, sobre todo, su amor hacia su pueblo y su cultura. Algunos sábados, a las ocho de la mañana, él llegaba puntual, venía directo del autobús tras diez horas de camino, listo para dilucidar la importancia del patrimonio. Así es London; así es el callaoense: un heredero afrolatinocaribeño, resistente, persistente y apasionado en lo que cree.
Cada vez que London hablaba, todos entrábamos en una suerte de disociación temporal nos transportaba a ese sureste venezolano para vivir no solo el Carnaval, sino su cotidianidad más íntima. Incluso, quienes nunca hemos viajado a esta población sentíamos el calor, la dinámica social en la que la mujer tiene un papel fundamental; vivíamos las historias relacionadas con la minería, principal actividad económica de esta localidad y a la que debe su génesis.
También, experimentábamos con él la inquietud ante la incursión de ritmos e instrumentos foráneos, percibidos como una amenaza a la pureza de esta centenaria tradición.

“Ajá, ajá bandido, estabas callado…”
Si alguno recordó la letra de esta canción, entonces ya sabe el origen del nombre El Callao. Al preguntarle, Carlos, haciendo gala de su vocación docente, respondió entonando aquella pieza que durante décadas ha resonado en las fiestas carnestolendas.
Cuenta la historia que, a mediados del siglo XIX, los buscadores del árbol de balatá —cuya resina era esencial para calzados y herramientas— recorrían la selva. La leyendas de un balatero, un hombre que se internaba en solitario en la selva para extraer este material de origen vegetal, que se encontró un yacimiento de oro en un área apartada, cerca del río Yuruari. Cuando el hombre bajaba al pueblo a comprar suministros, la gente, asombrada por la cantidad de oro que traía, le preguntaba y este respondía con evasivas o simplemente hacía silencio.
La costumbre para la época era que, si algún minero o batalero encontraba oro, avisaba, lo que llamaron hacer bulla, y así todos fuesen al sitio a explotar el mineral. Sin embargo, el ambicioso solitario se guardó el secreto y muy pronto las personas comenzaron a seguirlo, encontrando en esta zona gran cantidad de oro.
La noticia, que inicialmente sedujo a los locales, pronto cruzó fronteras para atraer a migrantes de Trinidad y las Antillas Menores: Guadalupe, Martinica, Dominica, Santa Lucía y San Vicente.
“El cúmulo de manifestaciones que practicaban los oriundos de las diferentes islas, paulatinamente se arraigaron en la tierra del oro. La gente cada vez se fue apropiando más y más hasta hacerlas suyas al punto de que transversalizan sus vidas y hoy día representan su cultura”, escribió Carlos London en un artículo para la revista Missões, de Brasil.
Transmisión cantada de las costumbres
La génesis del Carnaval se halla en las reuniones íntimas de los antillanos que fundaron la población, encuentros donde el calipso servía para conjurar la nostalgia. London en su escrito en el que también recalcó que en estos encuentros “se cantaba y bailaba calipso para rememorar costumbres caribeñas” y lo hacían en sus lenguas: inglés y patois. Estas celebraciones, las acompañaban con gastronomía de sus lugares de origen.
“En este sentido, a principios de los años 30 del siglo XX, comenzaron a surgir comparsas organizadas por personas de grata recordación como: Popolá, Chinchin Matson, Madam Dossy, Miss Sitó Matson, Popo Corand, Beatriz Popelin, Tomasa Basanta, Ysabel Beyle y otras”, citó el cultor en su artículo.
London mencionó que luego de la Segunda Guerra Mundial, con el auge petrolero eclipsó la minería y provocó un éxodo local en busca de mejores oportunidades. Esto tuvo un impacto negativo en el Carnaval, hasta que las familias fundadoras, como la de Humberto Wallace, Kenton St. Bernard, Isidora Agnes, Lourdes Basanta, Julio Yañez, entre otras, reactivaron las comparsas para continuar con esta tradición que se mantiene hasta la fecha.

Matriarcado callaoense
A diferencia de otras localidades de América Latina, aquí la mujer ostenta un papel protagónico. Las esposas de los mineros trajeron consigo un refinamiento europeo que se fundió con sus raíces africanas.
Las madamas son personajes históricamente de gran respeto en la comunidad, pues son las transmisoras de la historia, los valores, la religión, el idioma patois y los secretos gastronómicos de los fundadores. Fueron y son los pilares de la familia en un entorno minero que es caracterizado por ser rudo y, a veces, difícil.
En las comparsas de Carnaval son quienes van al frente y deslumbran por sus emblemáticos trajes, vistosos, de mucho colorido, que recrean la vestimenta de gala de sus antepasadas. En su indumentaria incluyen gran cantidad de joyas que representan las riquezas del lugar.
El término «madama» —derivado del francés madame— tiene una raíz histórica ligada al koto, la vestimenta creada durante la esclavitud para proteger a la mujer negra del acoso de sus amos.
De acuerdo con algunas investigaciones, la referente cultural Isidora Agnes sostenía que los nudos en la falda no indican el estado civil, sino que surgieron como una imitación del polisón (armazón colonial para abultar las caderas). El verdadero código secreto se encuentra en el pañuelo de la cabeza, llamado originalmente angisa o madra.

A diferencia del mito popular de los nudos en la saya, es en el plegado de este tocado donde realmente se expresa el estado de ánimo o mensajes específicos de la mujer y forma parte de una rica herencia cimarrona que ha evolucionado desde telas rústicas hasta los coloridos trajes de seda y madras que hoy definen el Carnaval en El Callao.
Junto a las madamas desfilan los Diablos —figuras de orden, no de culto, que no deben confundirse con los de Corpus Christi—, los Mineros y el icónico Medio Pinto, estos últimos icónicos por estar pintados de añil y ser los responsables de las “travesuras” y ocurrencias durante la celebración.
El Carnaval de El Callao, más que una manifestación cultural, es un acto de orgullo y soberanía venezolana que preserva la memoria de los migrantes que transformaron un asentamiento minero en un pueblo con una identidad única en el mundo. Es el crisol donde la herencia antillana, europea y criolla se fundieron para siempre. Alterar su esencia sería equivalente a arrancar páginas de un manuscrito vivo; un sacrilegio contra la memoria colectiva, pues esta expresión refleja en sí una dinámica social que se ha forjado por años y es parte de una identidad que ha hecho de la sencillez su baluarte y de la alegría su forma más digna de resistencia.
T/Natchaieving Méndez

