Carnaval es una festividad que en todo el mundo se relaciona con el derroche de alegría. Dos días de permiso colectivo para «romper» ciertas normas sociales y tomar algunas licencias antes del Miércoles de Ceniza, momento en el que comienzan los 40 días de recogimiento y penitencia que exige la Semana Santa.

Uno de los aspectos más característicos de estas fechas es el uso de disfraces, que otorgan al portador una especie de poder para desdoblarse de la personalidad que lo define cotidianamente. Desde las populares figuras de negritas hasta personajes históricos, los disfraces no solo representan lo superficial, también impulsan al disfrazado a exteriorizar su habilidad histriónica para caracterizar al personaje.

Es así como estas fechas permiten que aflore la inclinación innata del ser humano a hacer bromas, aunque no siempre sean del agrado de todos. Una de estas costumbres no tan gratas es la de lanzar a otros: agua, pintura, huevos y otras sustancias. Estas travesuras si bien pueden ser recibidas por algunos como parte de la tradición carnavalesca, para muchos es causa disgusto.

Así surge la pregunta: ¿cuál es el origen de estas formas de celebrar el Carnaval? Con tu cubeta de agua en mano o tu máscara carnavalesca revisemos algunas respuestas.

El culto del disfraz

Al explorar el origen del Carnaval la historia nos lleva a la Europa previa a los años de Cristo, justo cuando estaban en efervescencia las llamadas, más tarde, celebraciones paganas. Así, los primeros registros de esta festividad se encuentran entre los sumerios, hace más de 5 mil años, cuando estas poblaciones encendían hogueras para expulsar a los malos espíritus de la cosecha.

Esta tradición coincide en el tiempo con una similar de los egipcios, en la que veneraban al dios toro Apis durante la temporada de invierno, asociándolo a la fertilidad y los ritos funerarios.

No está claro si egipcios y sumerios decoraban sus cuerpos y rostros durante estas celebraciones, pero de acuerdo a los investigadores es probable que ambas fiestas se desarrollaran en un ambiente de éxtasis, gozo y libertad. Lo que si es igual es que las dos culturas realizaban estos rituales como parte de sus prácticas agrícolas y espirituales, mostrando un profundo vínculo entre la naturaleza y la divinidad.

Más adelante los griegos continuaron esta tradición con el culto a Dionisio. Este dios del vino y la vegetación (este último aspecto orientado a la fertilidad) era honrado en dos grandes celebraciones: las dionisíaca en primavera y las Leneias en invierno. En ellas existía un ritual al aire libre que constaba de representaciones teatrales que narraban la vida de esta deidad. Aunque en el inicio se trataba de un drama, con el tiempo se incorporó la comedia.

Las puestas en escena eran realizadas por hombres que asumían diversos roles, incluso femeninos. Usaban máscaras elaboradas con pieles de animales para caracterizar a sus personajes, modificaban sus voces y realizaban los movimientos propios del papel que les correspondía interpretar. Las pantomimas eran parte fundamental de estas representaciones y, más tarde, lo satírico y jocoso se convirtió en el sello distintivo de estas expresiones teatrales.

La procesión del toro Apis, de Frederick Arthur Bridgman (1879)

Las Lupercales y la fiesta de la carne

Tal como en la historia de todos los pueblos de mundo, los conflictos e invasiones por la posesión del territorio trae consigo los cambios y fusiones culturales. El culto antiguo de los pueblos sumerio, griegos, se fusionó con las fiestas romanas en honor al dios Baco y las Lupercales, celebración última que honraba a la loba cuya leyenda cuenta alimentó a los fundadores de Roma: Rómulo y Remo.

La festividad se efectuaba a mediados de febrero y en ella los participantes se sentían poseídos por el espíritu de un lobo. Los danzantes masculinos usaban máscaras y acosaban a las mujeres, quienes debían permitir cualquier práctica, pues se creía que les ayudaría en la fecundidad y durante el parto.

El carnaval de Brasil destaca por sus carrozas y multitudinarios desfiles

Ahora bien, tal como lo conocemos, el Carnaval surgió con la imposición del cristianismo en los pueblos europeos y luego, cuando estos invaden el nuevo continente, llegó a América. La religión monoteísta adaptó también las festividades paganas y las relacionó con el tiempo de preparación para la Cuaresma, período en el que no se podía comer carne. Es por ello que el nombre es en latín «carne-levare» (abandonar la carne), pues estos días eran los últimos en los que se permitían los excesos de consumo de todo tipo de carne: tanto del consumo de proteína animal, como los relacionados con los placeres terrenales (el sexo).

Aunque se concibe como una fiesta laica y recreativa, el Carnaval requiere del calendario litúrgico católico para determinar su fecha cada año. Es así como la Pascua o Domingo de Resurrección de Cristo varía cada año según el calendario lunar, por lo que cambiará el inicio de la Cuaresma y, en consecuencia, los días carnestolendos.

¿Y el agua de dónde viene?

La Cuaresma es una época para los cristianos de purificación del alma. En este período se recuerda los 40 días que Jesús de Nazareth pasó en el desierto en ayuno y oración antes de comenzar su pasión y muerte. Es así que, para emular el sacrificio del Hijo de Dios, hasta hace un tiempo los cristianos realizaban en estos días penitencias que incluía comer una sola vez al día, no consumir carnes y toda una serie de prohibiciones.

En muchos países latinoamericanos se acostumbra a mojar a las personas

El arrojar agua no solo ocurre en Venezuela, también se hace en varios países de Latinoamérica. El historiador ecuatoriano Fernando Muñoz, citado por el medio El Comercio, explicó que este «juego» de arrojar agua podría venir de una degeneración de los rituales de purificación física de la religión católica, como el bautismo.

Otra versión ubica esta costumbre en el siglo XVIII, específicamente en Venecia, el uso del agua en los festejos del Carnaval. Se dice que en esta época algunos burgueses desfilaban por las calles con velas encendidas «para purificar sus almas e invocar la buena fortuna». Al ver la injusticia e hipocresía de sus peticiones, las personas de las clases oprimidas les lanzaban agua para apagar sus profanadas velas, pues los consideraban inmerecedores de tales beneficios espirituales.

Carnaval de Venecia, artista desconocido (1614)

En Venezuela no siempre fue algarabía

Aunque en la actualidad los días de Carnaval son momentos en los que los desfiles de disfraces, carrozas y mucho papelillo caracterizan esta celebración, no siempre fue así. Las antropólogas Hernández y Fuentes, en su trabajo Fiestas tradicionales de Venezuela, citan al investigador Arístides Rojas, quien destacó que, para los años de 1700, durante las fiestas carnestolendas Caracas era «un campo desolado» de noches «lúgubres».

Tal descripción la refuerza Jules Humbert, también citado por las mencionadas autoras, quien explicó que este panorama se debía a la violencia considerable que existía por los juegos con agua, harina y otras sustancias. Además, se decía que los bailes callejeros «permitían entre hombres y mujeres contactos físicos inaceptables para la moral entonces vigente».

Además, se menciona otras actividades lúdicas para estas fechas como la gallinita ciega, el escondite, el pico-pico y «los disfrazados deambulando con el discurso burlón a flor de labio».

Como era de esperarse, para la época conservadora de siglo XVII, un obispo de apellido Diez Madroñero consiguió que su feligresía se alejara de estas acciones durante los Carnavales, obligándoles a asistir a los rosarios, procesiones y otros actos devocionales dentro de los templos. Este recogimiento duró hasta que el religioso vivió, siguiendo luego con las costumbres de arrojar agua que tenía tanto seguidores como detractores.

Fue en el período de Antonio Guzmán Blanco cuando comenzaron a organizarse desfiles de carrozas y disfraces, sustituyendo el agua y los huevos por los papelillos (confeti) y el perfume.

Hernández y Fuentes refieren que para esta época comenzó en Venezuela la costumbre de otros países de quemar o enterrar el Carnaval. Además, en el oriente del país, se arraigaron las llamadas «Diversiones Pascuales» que también se realizan en diciembre, así como la presencia de los «mamarrachos» que son personajes pícaros presentes en casi todos los pueblos.

Como en muchas partes del mundo, el Carnaval en Venezuela ha adoptado diversas formas, todas con el fin último de disfrutar y elevar el espíritu alegre del ser humano. Ya sea con agua, confeti o disfraces, lo importante de estas fechas es entender que son momentos para hacer una pausa en la cotidianidad y descansar de los deberes que como ciudadanos nos son exigidos. Sin embargo, estas licencias no deben ser una excusa para dejar de lado el respeto, la tolerancia y la armonía en sociedad, los cuales parten del reconocimiento y establecimiento de límites para el disfrute de todos.

En Venezuela las escuelas organizan actividades de Carnaval

T/Natchaieving Méndez