Las muñecas de trapo son, por excelencia, un símbolo de resistencia. De diversos tamaños, colores, telas y texturas, este juguete ha desafiado el tiempo y la vorágine industrial con una energía que la diferencia de sus homólogas de plástico, porcelana y otros materiales industrializados.

Se les ha relacionado con los sectores populares, aquellos históricamente excluidos. Sin embargo, en una época también fueron símbolos de estatus y espejo de los cánones estéticos dominantes.

Su creación solo demanda retazos de tela, hilos, ingenio y una voluntad casi litúrgica, pues una muñeca de trapo no se hace en un abrir y cerrar de ojos. Es un proceso largo en el que se parte de identificar el color de piel, la tela con la que se elaborará, definir el material del cabello y el diseño de rostro más adecuado. Nace en la mente primero y se cristaliza en el mundo real después.

A diferencia de sus colegas, las de producción en serie, cada muñeca de trapo es una pieza única. Al igual que una obra de arte, su génesis está marcada por la singularidad del momento. Pese a la destreza del artesano, el resultado final -tal como ocurre en una función teatral, una pintura, una puesta coreográfica, una fotografía o la interpretación de una pieza musical- siempre estará influenciado por la carga emocional y el espíritu del tiempo de su creador o creadora.

De las hojas de maíz a las de algodón

La historia de las muñecas de trapo, por lo menos en Venezuela, es bastante difusa. Se sabe que antes de la invasión europea (ubíquese el término anterior en la llegada de los españoles al Abya Yala a partir de 1492, que no incluye la migración posterior) los pueblos originarios empleaban fibras como hojas de maíz, curagua y otras plantas para confeccionar hamacas, chinchorros, vestimentas.

En las comunidades originarias, la enseñanza de este objeto no se limitaba a un regalo o juego; representaba un acto de vinculación espiritual y una transmisión de saberes ancestrales. Es así como, para las civilizaciones precolombinas, este articulo mayoritariamente tenía un significado religioso, pues era una forma de representar y honrar a las deidades de la madre naturaleza.

Por otro lado, cuando los colonizadores comenzaron a traer a sus familias -hay que recordar que, inicialmente, la travesía era un asunto solo hombres- el equipaje también incluyó su cultura. En Europa, se dice que a comienzos del Renacimiento se ubican los primeros registros de las muñecas de algodón, pese a que la arqueología ha rescatado figuras de madera o tela en zonas en las que habitaban las llamadas «civilizaciones antiguas» de Eurasia.

Al otro lado del océano, hubo un tiempo en que el algodón era reservado a la aristocracia; no obstante, con el ascenso burgués, estas piezas llegaron a los sectores clase media. Igualmente, las muñecas eran fabricadas a mano, con el material disponible, y replicaban la fisionomía europea: pieles pálidas, cabellos de fibras rubias o cobrizas. Imitaban la estética de la realeza, una ironía histórica si se considera que la mayoría de quienes arribaron a estas costas carecía de linaje y fortuna. Este canon estético se impuso al desembarcar en América.

No hay que olvidar hechas de porcelana, las cuales eran el obsequio costoso para las niñas perteneciente a las élites. Al ser un objeto atractivo, pero inalcanzable, la inventiva popular dio paso a una versión propia: piezas nacidas las sobras de tela, hilos de algodón, botones viejos y semillas, y el ingenio de madres que tejían la alegría con lo que el olvido desechaba.

Las más resistentes y enigmáticas

Relatan las memorias del Caribe que, en los barcos negreros provenientes de la zona occidental, central y sudoriental del África, también transportaban en condiciones infrahumanas a mujeres y niños con potencial para trabajar la tierra. Pasaban largos meses en altamar, en barcos que atravesaban el océano que podía estar tranquilo o muy agitado. Viajaba apiladas, tratadas como mercancía. En un mismo espacio reducido comían, dormían, hacían sus necesidades, incluso, convivían con los que habían muerto en el trayecto.

Aquellos esclavizados que se rebelaban, enfermaban o que molestaban la tranquilidad de los mercaderes de personas, eran arrojados al mar. Por ello, las madres, muchas de ellas con el conocimiento de que al tocar tierra serían separadas de sus hijos, rasgaban sus vestimentas y elaboraban pequeñas muñecas para que sus pequeños no lloraran y no fuesen arrojados al mar y tuviesen un recuerdo de quien los amó desde su concepción.

Abayomi: “encuentro precioso” o “el que me trae alegría”. Ese es el nombre yoruba de estas muñecas que aún se cosen en los pueblos afrolatinoamericanos como un acto de rebeldía silenciosa. Este nombre encierra no solo la intención de su origen, también es un símbolo de resistencia; un testigo de las injusticias humanas ocurridas en un tiempo histórico.

Frente a la variedad de muñecas que conseguimos en el mercado, las abayomi tal vez no sean las que más resalte… o quizás sí. Sus características estéticas no son como las ampliamente difundidas por la industria cultural. No poseen rostro, tampoco son cosidas, sus articulaciones son hechas con nudos y su piel siempre color negra.

Entre las muñecas de trapo, las abayomi no solo se resisten en el tiempo, son aún más enigmáticas en su elaboración, pues desde color de sus telas hasta los nudos que definen sus articulaciones relatan historias, certezas, pero, sobre todo, esperanza. Su tamaño pequeño, como el de la palma de la mano, se debe a que son fáciles para esconderlas en la vestimenta del niño, de esta manera, cuando fuesen separados de la madre, al infante le quedaba un vínculo para que no las olvidaran. Además, era una prueba para identificarse por si se volvían a encontrar cuando el pequeño fuese adulto.

Cada nudo que formaban los brazos, las piernas, la cabeza, es una bendición, un gesto de amor de la madre negra a su hijo. Pese a que esconden un origen de dolor, el sentido amoroso de las abayomi ha permitido que en pleno siglo XXI permanezcan como un encuentro con la memoria, la riqueza cultural y emocional del pueblo afrodescendiente, para que se activen los lazos que van más allá del tiempo presente.

En general, en la costura de cada muñeca de trapo sobrevive una esencia que el plástico no ha podido superar. Estas figuras son mucho más que un juguete: son el registro táctil de una historia de resistencia. Mientras existan unas manos dispuestas a unir dos trozos de tela, la memoria de nuestros ancestros seguirá viva, recordándonos que la ternura es, en última instancia, nuestra herramienta más poderosa para vencer las nuevas colonizaciones.

T/Natchaieving Méndez