Viernes, 3 de enero, 1:45 am. La operación se puso en marcha. El inquilino de la Casa Blanca había emprendido el ataque que había prometido desde hace semanas. A más de 2.200 kilómetros de distancia, las familias venezolanas aún mantenían el festejo del Año Nuevo. En las noches solo se escuchaban las acostumbradas detonaciones de los fuegos artificiales y, aunque se aproximaba el día de inicio de la jornada laboral, en el ambiente aún olía la pólvora de las luces de bengala y las aceras todavía conservaban algunas muestras de lo que quedó después del cañonazo.

Mientras el magnate se sentaba cómodamente en un lugar seguro de su club en Florida, Estados Unidos, Dayana Martínez, activista del Movimiento Josefa Joaquina Sánchez, en el resguardo de su apartamento en la comuna Arañero de Sabaneta, en Fuerte Tiuna (Caracas), culminaba los quehaceres propios del hogar. Sus hijas, de nueve y 11 años, dormían bajo la tranquilidad, la seguridad y el cobijo de estar en su casa.

A pocos metros, en la misma Ciudad Tiuna, pero en la torre 11 del sector Los Chinos, a esa hora de la madrugada Lolimar Valero, periodista, les decía a sus hijos de 17 y 10 años que debían dormir; su bebé de dos años ya lo hacía en el corral. Ella, una hora atrás, había terminado de trabajar en la agencia de noticias y ya en pijamas se ocupaba de unas labores domésticas. El niño de 10 años, Mathías, entró a su cuarto, la abrazó y luego de decirle: “mamá, te amo” le ofreció masajearle su espalda dolorida, pero ella le insistió que durmiera.

A seis kilómetros de allí, separada por una montaña, Daniela, estudiante de audiovisual de 23 años, miraba por la ventana hacia las torres de Parque Central y se preguntaba “¿por qué en Caracas no aparecían estrellas?”. Su hermana de 14 años, en su cuarto, esquivaba la orden de acostarse temprano que le había dado su mamá, quien ya estaba dormida.

A la 1:50 am, justo cuando Mathías recostaba su cabeza en el hombro de su madre, el Emperador de la Guerra dio la orden. Un sonido que no solo se escuchó, se sintió en los dientes dejó a Dayana sorda, aturdida, mareada, envuelta en un pitido que le movía el mundo. Segundos después, Daniela no vio las estrellas sino la silueta negra de un helicóptero perdiéndose tras la montaña de la popular San Agustín, el mismo lugar donde 15 días antes el presidente Nicolás Maduro había emitido su mensaje de Navidad.

Así se veía el cielo de Caracas el 3 de enero, fuego, explosiones, misiles y mucho miedo

Cuando esto ocurría, cerca de la alcabala 3 de Fuerte Tiuna, Lolimar escuchaba el tableteo de las aspas, esta vez encima de ella. “Mamá, ¿qué es eso?”, le dijo Mathías e inmediatamente quedaron a oscuras. La periodista despertó a su mamá y llamó a su hermana. Justo en ese momento, Dayana, unos metros más distantes, lateral al Batallón José Félix Ribas y Liceo Ecológico Nacional Bolivariano General Alberto Müller Rojas, sentía como su edificio vibraba por el primer misil que cayó cerca de la carretera Panamericana. “¡Coño, se llevaron a Nicolás!”, pensó y abrazó a una de sus hijas.

Entonces, Daniela vio por la ventana una columna amarilla y el cielo anaranjado, volteó y vio a su hermana quien comenzó a correr desesperada por el apartamento y despertó a su mamá quien abrió los ojos inmediatamente al escuchar una fuerte explosión. Muy cerca de donde salía la luz, Dayana se puso los zapatos deportivos y rápidamente vistió y calzó a sus hijas, a quienes cargó, una en su pecho y otra en su espalda.

Las niñas de Dayana resguardaron lo más preciado para ellas: sus mascotas, mientras su mamá les decía “¡aprieten las piernas hijas, ayúdenme que las voy a cargar!” y al mismo tiempo trataba de vencer las ondas expansivas que le limitaban el andar. Un hombre en el edificio de Lolimar gritaba desesperado: “¡mi gente!” y los niños de la periodista, nerviosos, le preguntaban insistentemente qué estaba pasando, le pedían que cerrara las ventanas. La comunicadora abrazó a su bebé y comenzó a orar.

Desesperada, Dayana reventó la manilla de la puerta de lata del apartamento que se había atascado por las ondas expansivas de los misiles que caían cerca de su hogar, su cobijo, su lugar sagrado y seguro. Con sus hijas cargadas, la mujer logró salir de su casa. “¡Nos están bombardeando, todo el mundo activo!”, comenzó a gritar Martínez en el pasillo, tocando las puertas de sus vecinos para orientarlos y resguardar, especialmente, a los niños.

Dayana Martínez está satisfecha por la solidaridad entre sus vecinos durante el bombardeo

Por la mente de Lolimar pasaban millones de escenarios, durante cuatro meses había reseñado cientos de noticias del asedio de fuerzas militares estadounidenses en mar Caribe, apostadas bajo la excusa de emprender una cruzada contra el narcotráfico, que se transformó luego en la recuperación de un supuesto “robo” petrolero que Venezuela había hecho a Estados Unidos.

La periodista veía el cielo anaranjado, el humo y sacó a sus hijos y a su mamá al pasillo. Sus vecinos gritaban: “¿qué hacemos?”. Tomó su cartera, el teléfono y en pijamas, la familia bajó hacia la entrada del edificio. “¡Quítense de las puertas!”, gritaba cuadras más arriba Dayana a sus vecinas, indicándoles que metieran a los niños en un espacio debajo de las escaleras. Ellas se colocarían como escudo y detrás los hombres.

Un militar en el edificio de Lolimar les indicaba que desalojaran el inmueble y resguardó a los vecinos debajo de un techo en otra torre. En ese sitio, mientras sentía el sonido y la vibración de las detonaciones, la comunicadora se arrodilló con sus hijos y apretando a su bebé oraba: “Señor dame luz, dame guía, qué debo hacer”.

Kilómetros detrás de la montaña, se escuchaban detonaciones que provenían también detrás del Warairarepano, sonidos de aviones, todo era confuso. La mamá de Daniela le indicaba a sus hijas que se alejaran de las ventanas, buscaba desesperada en los estados de WhatsApp alguna explicación de lo que ocurría, “nos están bombardeando”, fue lo que pudo leer. En tanto, el empresario presidencial estadounidense, sereno y cómodamente sentado, observaba lo ataques que el director de la CIA, John Ratcliffe, y el secretario de guerra, Peter Brian Hegseth, le indicaba se estaban ejecutando en Caracas.

Lolimar y su familia retornan a casa después de salir a refugiarse por el bombardeo

Las horas más largas

Era un hecho: Estados Unidos había bombardeado puntos de La Guaira, Miranda y Caracas, lugar último en donde sus habitantes, en especial los que viven en Ciudad Tiuna y sus alrededores, vivieron las horas de tensión más largas de sus vidas.

Mientras las fuerzas militares estadounidenses secuestraban al presidente Maduro y a su esposa Cilia Flores, los vecinos de los edificios abandonaban por seguridad sus hogares. No sabían si habría otro bombardeo, tenían que desalojar.

Dayana, con sus niñas y mascotas en brazos, comenzó a caminar. En su mente buscaba la manera de dejar en resguardo a sus hijas e irse a Miraflores a saber de su presidente. En ese transitar de la alcabala 4, Martínez vio cómo los habitantes de las Mayas y las comunidades de Turmerito y Cacique Tiuna recibían a los vecinos que, descalzos algunos y con poca ropa, huían sin rumbo para salvar sus vidas.

Dayana sintió la indignación por el ataque estadounidense que acaba de vivir y la preocupación de saber por el presidente

“Ven acá mija”, escuchó Martínez y vio cuando dos señoras corrieron a cubrir con una cobija a una muchacha que caminaba en pantaletas con su bebé en brazos que le tapaba la parte superior de su cuerpo desnudo. Las mujeres la abrigaron rápidamente y la metieron en una de las casas… así fueron muchas. Los hombres de otros sectores iban y venían con sus motos, rescatando a mujeres embarazadas, niños, personas con movilidad reducida. Lo que fueron horas de terror se convertían en el mayor y hermoso acto de solidaridad entre desconocidos.

La mamá de Daniela pensaba en sus amigos de Fuerte Tiuna y les pasaba mensajes mientras buscaba información en el celular. Trataba de buscar la información certera en la marea de fake news que corrían por las redes y calmaba a sus hijas aun temblando por lo que había ocurrido. Mandó un mensaje a Lolimar quien no contesto porque en ese momento les decía a sus dos hijos mayores “agarren cada uno a su abuela para que camine mejor y así podemos salir”. Ella, con su bebé en brazos, iba sin rumbo a buscar resguardo y a pedir cola para salir de allí.

Valero se orilló a esperar a su mamá y a sus hijos, cuando un carro se detuvo. “Ella tiene un bebé”, le dijo a su esposo la mujer que iba dentro el automóvil. “Señora móntese”, siguió el conductor mirando a la periodista quien le indica que esperaba al resto de su familia. Los vecinos desconocidos le indicaron que se cómo pudieran se subieran al carro y así salieron del Fuerte. Llegaron a Maitana, los nervios hicieron que a Mathías le diera ganas de vomitar y a su abuela le afectara aun más. Llegaron a casa de otra familia de desconocidos en Charallave, quienes sin condiciones ni objeciones les dieron resguardo.

Al fin el sol

Con los primeros rayos del sol del sábado 3 de enero, en el grupo de WhatsApp del Movimiento Josefa Joaquina Sánchez una mujer exclamaba a través de una nota de voz: “lo único que yo necesito es sacar a mis hijas de aquí, ponerlas en resguardo, porque yo voy a seguir defendiendo esta patria hasta que me muera y si tengo que dar mi vida lo haré”. Era Dayana Martínez, quien a cada paso y temblando, mientras veía la desesperación de sus vecinos se decía “tengo que llegar a Miraflores”, “yo no me voy a intimidar por misiles”.

En el corazón de Martínez existía una vorágine de emociones. Sentía la indignación por el ataque estadounidense que acaba de vivir, la preocupación de saber por el presidente, pero a la vez experimentaba lo que calificó como “el amanecer más hermoso de su vida”.

Mientras pasaba cerca del colegio en el que estudian sus hijas, vio a las activistas del Frente Fernanda Bolaños evaluando los daños que ocasionaron las ondas expansivas. “Todas las ventanas de la escuela estallaron por el bombardeo y perdimos el parque, y ellas estaban allí, fueron las primeras que llegaron”.

Luego de dejar a sus niñas en resguardo, Martínez llegó a Miraflores y se encontró en la avenida Urdaneta con las integrantes del Frente de Mujeres Cacica Urquía quienes se trasladaron al centro de la capital para defender al presidente Maduro, quien ya para el momento había sido raptado por el Gobierno de los Estados Unidos. También vio a “las Manuelitas”, mujeres motorizadas que garantizaban el transporte.

Lolimar, su mamá y sus hijos recibieron el amanecer en Charallave, en el sector el Dividivi. La familia a la que veían por primera vez les dio techo, cama y comida. “Fueron ángeles que Dios nos puso en el camino (…) Una de las muchachas de la familia me consiguió dos pañales para el niño porque solo pude sacarlo en guardacamisa y con un solo pañal. El bebé no lloró por el camino, mientras salíamos, pero luego se me descompensó, me vomitó, imagino que fue por la presión”. Un funcionario amigo consiguió un taxi que los llevó a Guarenas, a casa de su hermana que desesperada los esperaba.

Resurgir entre las cenizas

Después del ataque, Lolimar duró dos semanas fuera de su casa en Fuerte Tiuna, tenían miedo a retornar. Cuando lo hicieron, todo era extraño para ellos y hasta nostálgico. “Han sido días muy duros, no ha sido fácil, mis chamos no pueden escuchar ruidos porque se asustan, hasta el ruido de una licuadora los altera, no duermo bien, pero poco a poco nos iremos curando. Esperamos que Dios nos proteja y no vuelva a pasar nada”, refiere. Con certeza y la indignación en cada palabra expresa: “esta ha sido la agresión más arrecha y la violación a la soberanía de Venezuela más grande”.

Por su parte, días después del bombardeo, Dayana Martínez, frente a un aforo de mujeres relataba todo lo que había pasado. Comentó cómo después de aquel amanecer, tan largo y desesperante, siguieron los amaneceres hermosos en los que la fuerza femenina se unió para borrar de las mentes el sonido de la guerra. Veía como la consigna que durante dos años vitoreo se hacía realidad: “Somos las Josefas, vamos defendiendo…”

Con la voz quebrada por los recuerdos de aquellas horas, Martínez describió cómo en su camino no veía a una sola mujer, sino a muchas siguiendo el legado de aquellas que dieron su vida por la independencia de Venezuela. “Sería para mí una vergüenza declararme víctima e ir contra esta sangre por donde corre Urquía, donde corre Josefa Camejo y todas esas heroínas que elevamos al Panteón, con él (Nicolás Maduro) y gracias a él”, aseveró.

Con voz firme y fuerte esta activista afirmó que no se “siente víctima de ningún ataque”, pues se considera testigo para toda su vida del “atropello y la violación más grande que pueda haber en la historia contemporánea del país”. “Diré mi testimonio donde lo tenga que decir y delante de quien me tenga que parar (…) Sería un deshonor no defender el legado de Hugo Chávez y la vida ahora de Nicolás Maduro y Cilia Flores”, enfatizó.

La activista recalcó que solo unidas, la fuerza de las mujeres rescatará a Nicolás Maduro y a Cilia Flores y hará justicia contra “ese ser nefasto que se cree dueño del mundo”. Recordó a la soldado Anahís, quien pistola en mano perdió su vida por defender la patria aquel infausto día. También evocó a Rosa Elena, una abuela de 80 años en La Guaira, quien, con su último suspiro y desangrándose, calmaba a su nieto con Trastorno de Déficit de Hiperactividad diciéndole que “todo estaba bien, todo estaba tranquilo”.

“Si ellas dieron su vida el 3 de enero, yo de ahora en adelante me declaro en Campaña Admirable por la defensa de esta patria y juré a mis hijas que el ruido de la guerra yo se los voy a desaparecer de sus mentes, de sus oídos y de su vida”, sentenció.

T/Natchaieving Méndez