
Natchaieving Méndez
Comencemos con una pincelada de historia. Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, 50 países decidieron firmar la Carta de las Naciones Unidas. La fecha exacta fue el 26 de junio de 1945 en la Conferencia de San Francisco, y entró en vigor cuatro meses después. Estados Unidos (EE. UU.), Reino Unido, la Unión Soviética, Francia y China fueron los promotores. Polonia se sumó poco después como el miembro 51.
Desde entonces, contrario al espíritu con el que se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el mundo no ha estado en calma. Los conflictos armados, ideológicos, culturales siguieron, así como la lucha entre las potencias de repartirse el mundo. Después de 1945, hay que decirlo: la paz ha sido un ave que por momentos se posa en un territorio y luego se va.
Ocho décadas después, aquel acuerdo multilateral que regulaba las relaciones de diálogo internacional ha sido vapuleado por algunas naciones que hacen caso omiso de las normas que ellas mismas establecieron. Caso emblemático de la permanencia de la guerra, el genocidio del Estado de Israel sobre Palestina que se intensificó en octubre de 2023 con los constantes ataques a la Franja de Gaza y los territorios ocupados, lo cuales han producido la lamentable cifra de más de 70 mil muertos, en su mayoría mujeres, niños y personas de la tercera edad.
Lo anterior se desarrolla bajo el silencio o murmullo cómplice de muchos países y con el apoyo absoluto de EEUU cuyo mandatario, Donald Trump, paradójicamente ha emprendido una cruzada por convertirse en el “Todopoderoso de la paz” del mundo y por ello pretende deslegitimar la ONU con una nueva instancia a la que denominó Junta de Paz.

Bajo esta premisa, aprovechando la 56.ª Reunión Anual del Foro Económico Mundial, Cumbre de Davos, en Suiza, el inquilino de la Casa Blanca invitó desde hace semanas a diferentes naciones a firmar esta nueva instancia, que prácticamente le daría poderes supranacionales y que busca reemplazar o competir directamente con la ONU.
Esta Junta de Paz, impulsada por el actual presidente de EEUU surgió bajo el argumento de buscar una solución a la guerra en Gaza y gestionar este territorio luego de que cese el conflicto. Quizás, Trump quiera concretar la visión que dibujó en un video realizado con inteligencia artificial en meses pasados, en el que mostraba a la tierra ancestralmente palestina convertida en una ciudad tipo Las Vegas, a cargo de Benjamín Netanyahu y su persona… Quién sabe.
Aunque inicialmente nació como un plan para gestionar la posguerra en Gaza, el proyecto del presidente estadounidense se ha convertido en algo mucho más grande: una entidad global diseñada para otorgarle el control total sobre la resolución de conflictos en el mundo.
Lo más sorprendente de esta iniciativa es que el organismo no pertenecería al gobierno de EEUU, sino que sería un proyecto personal de magnate. De acuerdo con la información difundida en diversos medios internacionales, el documento fundacional le otorga poderes absolutos de por vida para decidir quién participa, qué se discute y cómo se gasta el dinero, sin tener que rendir cuentas a nadie ni seguir reglas internacionales previas.
Además, para formar parte de este selecto grupo, Trump ha puesto los asientos permanentes a la venta, solicitando a los países interesados hasta 1.000 millones de dólares. Mientras que algunos líderes de países como Argentina, Paraguay o Hungría han aceptado rápidamente, otros ven con mucha preocupación que se esté «subastando» la diplomacia mundial y que no se sepa realmente a dónde irán a parar esos fondos.

Esta nueva “empresa de paz” de Trump ha generado un gran dilema y mucha tensión diplomática, pues todo apunta a que el mandatario estadounidense usa las amenazas económicas, como aranceles masivos a productos extranjeros, para obligar a los países escépticos a unirse. Para ello, emplea como un trofeo y con todo su aparato mediático el reciente ataque militar a Venezuela y el secuestro de su presidente, lo cual y de forma explícita muestra como acto de superioridad y coacción a quienes no se afilien a sus propuestas.
Por ello, muchas naciones temen que si no participan el mandatario de EEUU acabe manejando el destino del planeta únicamente junto a dictaduras y aliados incondicionales, dejando fuera a las instituciones democráticas tradicionales.
De esta manera, el presidente estadounidense traslada su lógica empresarial a la política internacional. Considera que la diplomacia tradicional es ineficiente y que los conflictos deben resolverse como disputas entre compañías, mediante acuerdos directos entre líderes fuertes. Así, propone un modelo de gobernanza global, con él como el “chairman” global en la cúspide, rodeado de aliados y familiares, como si el mundo pudiera gestionarse como una corporación privada.

¿Paz o carta blanca para el saqueo?
Para el especialista en Integración Regional, Francisco González, esta Junta de la Paz o Board of Peace nace como una herramienta “para imponer un nuevo orden caótico mundial” basado en la fuerza militar y el saqueo de recursos, más que en normas y consensos. Muestra de ello, refirió el internacionalista, han sido sus acciones y narrativas sobre Venezuela y Groenlandia, que demuestran cómo opera bajo una estrategia expansiva y violenta, bajo una cobertura diplomática.
Todo lo anterior, recalcó, es respaldado con las armas de destrucción masiva que Estados Unidos sí posee y que apenas mostró en territorio venezolano el pasado 3 de enero, cuando bombardeó objetivos de Caracas, Miranda y La Guaira y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, contra todo marco legal existente.
González destacó que esta ofensiva fue la “última escalera” de un plan que venía gestándose desde finales de 2025: despliegue del USS Gerald Ford en el Caribe, ataques a lanchas en la región y una narrativa de “acción policial” para esquivar la obligación constitucional de pedir autorización al Congreso o al Consejo de Seguridad de la ONU.
Asimismo, el especialista refirió que esta agresión militar contra Venezuela no aparecía inicialmente en la campaña de Trump a la presidencia. No obstante, al involucrarse posteriormente al exsenador cubano Marco Rubio, vinculado con la ultraderecha de Miami financistas de gran parte del retorno del magnate a la presidencia, hace que se incluya al país suramericano en la política agresiva que emprendió una vez asumido el poder.
Mientras se promociona la Junta de la Paz como respuesta a la inacción de la ONU en crisis como Ucrania y Palestina, Washington encadena violaciones al derecho internacional y a su propia Constitución, operando “sin ningún tipo de freno”, expresó González.

Para el internacionalista, el nuevo organismo no corrige el desorden global, sino que consolida “una versión neonazi” de hacer grande a América, con limpieza de migrantes, captura de gobiernos incómodos y reconfiguración violenta del mapa energético y geopolítico desde la etiqueta de una falsa paz.
Por todo lo anterior, se presenta como una gran paradoja el surgimiento de un organismo que busca la paz impulsado por el presidente de una potencia que a la par bombardea con la más alta tecnología a un país más pequeño para apoderarse de su petróleo, amedrenta con esta acción a otros países de su hemisferio y amenaza con la posesión de otro territorio.
Esta Junta de la Paz para nada se visualiza como un remedio a las grietas del multilateralismo ni a la inacción y falta de credibilidad de los organismos internacionales establecidos, se presenta como un proyecto personalista que concentra en un solo actor el poder de decidir sobre la paz y la guerra, al margen del consenso de los pueblos y fuera de cualquier control democrático.
Lejos de inaugurar una era de estabilidad, tal como lo definición el especialista en Integración Regional, Francisco González, abre la puerta a un nuevo orden caótico mundial, en el que la fuerza militar, el chantaje económico y la lógica de empresa sustituyen a las normas, la cooperación y la búsqueda colectiva de justicia.

