
Natchaieving Méndez
Definir la salsa como solo un género musical es no hacerle justicia a su historia. Grandes músicos afrolatinocaribeños, musicólogos, investigadores y una larga lista de seguidores de esta corriente sonora, incluso cuestionan su denominación, pues refieren que en su lugar debería nombrarse son montuno, guaracha, timba, negrón, guaguancó, música afrocubana y pare usted de contar (sin pertenecer al grupo citado, me disculpo si omito o agrego algún género). Tal vez tienen cierta razón, aun así, están bastante equivocados.
Salsa es más que música, es un lenguaje de resistencia y su denominación como tal, le guste a la gente o no, tiene su génesis en Venezuela. Le explico mejor y póngase cómodo o cómoda pues trataré de resumir algo de lo que hay una enorme lista de libros y producciones audiovisuales.
Comenzaré con un ejemplo, algo clásico, pero sencillo. Un grupo de amigos o familiares van a su casa y usted desea ofrecerles una salsa para pasta, seguramente si quiere impresionar busca en las redes la tradicional receta de salsa boloñesa (por tomar un ejemplo). Como entre el cielo y Google no hay nada oculto usted busca la receta básica para comenzar su aventura gastronómica; aclaro, no estoy haciendo publicidad, si quiere puede utilizar la inteligencia artificial o los libros engrasados por el uso que le quedaron por herencia en la cocina de su casa.
Coloca sus tomates y todo lo demás; sin embargo, entre chismes, chistes, elucubraciones filosóficas sobre la materia y las relaciones sociales (todo esto último eufemismo para no decir discusiones religiosas y políticas), en la emoción del momento su temperatura gustativa va cambiando y va añadiéndole especias. Alguien le dice que la zanahoria rallada es buena, otro descubre que tiene una planta en su balcón o patio que “da un sabor buenísimo” a las salsas y así crea este acompañante de la pasta que surgió de esta dinámica. ¿Le seguirá llamando boloñesa?
En la música, como en la mayoría de las artes, pero especialmente en esta, pasa que su definición escapa los parámetros delimitados por resoluciones inamovibles. La música es un lenguaje, una forma de expresión, una vía de comunicación.
En una oportunidad, en una conferencia impartida por el investigador Rafael Salazar, el especialista comentaba como la percusión en su momento fue la manera más apropiada para que los esclavizados traídos por los invasores europeos, se comunicaran. Aunque este tema es digno de otro artículo (en su momento lo haré), el musicólogo señalaba que, al no hablar el mismo idioma, los africanos traídos al continente Nuestroamericano se comunicaba a través de los toques de percusión de sus pueblos de origen para transmitir emociones, mantener vivas las memorias de sus pueblos, incluso, para crear mensajes codificados que alertaban sobre fugas o movimientos clandestinos de insurrección. Así se fueron creando otras formas musicales hasta generar las que son de origen afroamericana. Volvemos a la salsa, aunque realmente (para mí) este es el origen de todo.
Localizar el género salsa en un punto del mapa, desde mi perspectiva, es ser reduccionista en la explicación y me disculpan quienes lo han hecho, seguramente tienen más años de estudio en la materia que los que pueda tener yo. La salsa, ciertamente, no es un ritmo; pudiese decirse tal como muchos afirman que parte del son, que fue integrando otros ritmos surgidos no solo en Cuba, también en Puerto Rico, Colombia, Venezuela y en la misma cuna en donde se adjudica su auge: los barrios de Nueva York.
De toda esta historia del surgimiento de este género (a partir de aquí y por cuestiones de síntesis emplearé esta palabra para utilizarla como sinónimo) en los que unos pueblos y otros se adjudican su nacimiento, más por orgullo y amor a sus raíces musicales que por mezquindad, si algo hay en común es que surge del sentir popular de los excluidos.
Más allá de acordes, notas, ritmos, la salsa emerge de sentimientos y emociones que solo pueden ebullir desde esa energía que se activa internamente cuando se escucha. Por ello no desaparece, se reinventa en cada esquina, en cada cuerpo que la baila, pese al surgimiento de otras expresiones musicales con más financiamiento.
Independientemente de los ceros a la izquierda o a la derecha de su cuenta bancaria, la salsa es para quienes conectan con la alegría, el humor, pero también con la resistencia, los lamentos, la protesta y la energía libertaria de expresión histórica de los pueblos de América Latina. Por ello, lo más adecuado es apedillarla como afrolatinocaribeña, pues no es hispana ni mucho menos anglosajona, pese a que también pueden encontrarse algunos aportes en su devenir evolutivo, propio de los procesos involucrados con el ser humano ¿Y entonces, quien la llamó salsa? “Ahí está el detalle”, como diría el gran Mario Moreno Cantinflas, un tema complejo, pero podemos surfear en la polémica.
Viene de Venezuela y punto
Quien primero llamó salsa a esta mezcla de ritmos fue el caraqueño Phidias Danilo Escalona. Sí, ya saldrán quienes digan que Ignacio Piñero, que fue Richie Rey, que Federico Betancourt, todos estos referentes están correctos; no obstante, quien en habla hispana se refirió a este estilo musical surgido de la “mezcla” de ritmos, de la descarga de sentimientos y emociones a través de los acordes y los instrumentos musicales, fue el llamado el «Bigotón», quien hasta el último suspiro de vida conservó su peculiar mostacho y su aro en la oreja derecha, cuyo significado era la unión de las razas.
Este célebre locutor, nacido el 5 de octubre de 1933 en la parroquia La Pastora de Caracas, era la voz que acompañaba los barrios caraqueños, carritos por puesto y autobuses de las zonas populares de la capital venezolana, así lo relata el investigador Juan Carlos Báez. Su programa La hora de la salsa, transmitido por Radiodifusora Venezuela desde 1965. “Ajá, pero antes se usó el término”, “una canción decía…”, “en Cuba un grupo”, “un disco se tituló”, ¡el kétchup, Natchaieving, el kétchup!”. Vamos por parte.
Mucho antes de este espacio radial de Escalona, el término ciertamente se había empleado en algunas producciones de música afrolatinocaribeña, especialmente, la surgida en la hermana Cuba. Sin embargo, el vocablo se mencionó en guarachas, guaguancó y otros géneros, pero no para definir el estilo.
El escritor e investigador Gherson Maldonado refiere que, en 1929, Ignacio Piñeiro, fundador de la orquesta cubano Septeto Nacional, tituló una canción en ritmo de son Échale salsita. Al escuchar esta magistral pieza, la referencia “salsa” es una metáfora de añadir sabor, alegría, intensidad a la experiencia cotidiana.
El mismo sentido se puede evidenciar con otros referentes de la música cubana como Israel López Cachao, Cheo Marquetti, el conjunto de Arsenio Rodríguez, incluso, el gran Benny Moré, quien aupaba a los músicos a “subir el sabor”, a intensificar el ritmo, a improvisar, tan como lo hacían los pregoneros, gritándoles: “¡salsa, salsa!”, expresión con la cual también cerraba los números de su orquesta, destaca Maldonado.
Joe Cuba, en 1962, graba en Nueva York el tema Salsa y bembé, nombre empleado en la misma línea de sus antecesores. Los ejemplos enumerados por el investigador venezolano en la revista Memorias (2015), del Centro Nacional de Historia, son varios: Chalie Palmieri con la grabación de su LP Salsa ná má (1963); Ray Barreto con el tema Salsa y dulzura (1966); nuevamente Benny Moré con al álbum Con salsa y sabor (1977); pero todos ellos aludían a una expresión para resaltar la alegría de lo que interpretaban, no para definir su música.
En 1965, Phidias Danilo Escalona comienza su programa, cuyo nombre fue inspirado en la publicidad de una salsa de tomate. En ella, una familia sentada en la mesa para almorzar, conversaba sobre un tema y cada integrante, al llegar a la parte más emocionante de su explicación, cortaba su historia con la frase: “pásame la salsa”. Esta referencia se popularizó tanto que el locutor, con su peculiar simpatía, denominó su espacio: “La Hora de la Salsa, el Sabor y el Bembé”, en el que difundía los géneros afrolatinocaribeños escuchados en las zonas populares.
“Resulta tedioso insistir en el tema del nacimiento de la salsa. A estas alturas ya debería estar claro que se trata de un concepto, una manera de interpretar nuestros ritmos caribeños, nuevos arreglos, genialidades de la música. La salsa, como simple vocablo, surgió en Venezuela gracias a Phidias Danilo Escalona, de eso no cabe la menor duda, como tampoco que fue Federico Betancourt el primero en colocarle el término en un famoso LP que data de los años sesenta (1967). Lo cierto es que nuestro movimiento salsero, desde esos años sesenta hasta el presente, se ha desarrollado de manera paralela al proceso revolucionario que sufre la música en otros países”, escribió el cronista de la salsa, Ángel Méndez (+), uno de los fundadores de Swing Latino, primera revista de habla hispana en el mundo.
Algunos estudiosos y videos difundidos en las redes sociales, en las últimas semanas refieren que fue Ricardo (Richie) Ray quien le sugirió a Escalona que popularizara el nombre salsa para designar el género. La anécdota relatada por el músico neoyorkino es que en su primera visita a Caracas, junto a Bobby Cruz fue entrevistado por el locutor venezolano y este le preguntó qué tipo de música hacían ellos que parecía una mezcla de todo un poco. Él, haciendo referencia a estas descargas que incluían en sus piezas como manera de innovación, refirió que era un kétchup, destacando la característica de mezcla. Fue cuando el Bigotón, recalcó que era salsa.
Al respecto, Gherson Maldonado aclaró que el primer viaje de Richie Ray y Bobby Cruz a Venezuela fue en marzo de 1968, “dos años y medio después de que saliera al aire” el programa de Escalona y la larga lista de piezas que denominaban salsa a la música que fusionaba diferentes ritmos y se hacía en el país.
“Para dejar en claro la imposibilidad de que ello hubiera ocurrido, tenemos el siguiente testimonio recogido en la prensa de aquel momento: ´el joven Ricardo Ray, quien se inició en el disco hace pocos meses, está demarcado dentro del estilo que aquí se denomina con el distintivo de salsa, (…) viene precedido de una gran popularidad que ha ganado con sus grabaciones difundidas en toda la radio local y en especial por el programa: La Hora de la Salsa´”, destaca el escrito del investigador venezolano, quien concluye que si bien en Venezuela no se creó el género salsa, si se le dio el nombre.
Plataforma de proyección salsera
El gran aporte de Phidias Danilo Escalona, no solo fue darle nombre a la “salsa”, al género musical que sintetiza la fusión afrocaribeña y urbana que hoy identifica a nuestra música latina; además su larga trayectoria lo convirtió en una voz emblemática que marcó una época en los sectores populares. Por ello y mucho más, cada 5 de octubre se celebra en Venezuela el Día Nacional de la Salsa.
Esta fecha, además de honrar a Escalona, es propicia para exaltar este género que es expresión viva de las clases populares venezolanas y, más aún, de la esencia de los nacidos en esta tierra en las que la espontaneidad, la expresión viva, la resistencia, la camaradería son partes de los elementos identitarios de la población.
Venezuela fue, es y será una plataforma salsera por excelencia. No solamente por el surgimiento de grandes cantantes, músicos y orquestas, además de Escalona, este territorio albergó y alberga a investigadores y comunicadores que difunden la genialidad de esta música afrolatinocaribeña.
Es así como además del Bigotón, otros venezolanos como Ángel Méndez, Héctor Castillo, Enrique Bolívar Navas, César Miguel Rondón, Gherson Maldonado, Jorge Collazo, Lil Rodríguez, Giogerling Méndez y muchos otros han enaltecido este género que más que música, es pasión y esencia latina.
La salsa, como palabra, como ritmo y como pulsión colectiva, encontró en Venezuela su bautizo sonoro. No nació aquí, pero aquí se nombró, se narró y se hizo pueblo. Desde los barrios caraqueños hasta las emisoras populares, el Bigotón y quienes lo sucedieron tejieron una identidad musical que no se limita al compás, sino que vibra en la memoria de quienes la bailan, la cantan y la defienden.
Celebrar el Día Nacional de la Salsa es reconocer que esta mezcla afrolatinocaribeña es también una forma de existir: con sabor, con historia, con resistencia.

