
Natchaieving Méndez
Aquella noche ella caminaba por el pasillo como siempre. Cada paso era una imagen sobre algún episodio de su existencia que se proyectaba borrosa en su mente. Miraba la montaña cubierta de las luces opacadas por el desinterés que invadía el sinsentido de su vida.
Temprano reía, ese día abrazó una que otra vez; también aconsejó a algún amigo afligido, cumplió con el deber exigido, pero algo internamente estaba apagado. El nudo en el pecho no le permitía respirar ni llorar. Entonces un impulso tomó su desesperanza y en caída libre el viento la liberó de la pesada cadena que la abrigaba.
Este relato ficticio que puede ser una escena de cualquier película, tal vez fue el final de una de las 700 mil personas que cada año, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), pierden la vida por suicidio. De allí que cada 10 de septiembre fuese declarado Día Internacional para la Prevención del Suicidio en el que se recuerda que este mal, que muchas veces pareciera lejano y algunos califican como “acto de cobardía”, ocurre en el mundo cada 40 segundos. Una crisis silenciosa a la que poco se le presta atención, pero que en los últimos años, especialmente luego de la pandemia por Covid-19, es una realidad latente.
Juventud vulnerable
Un informe de la OMS difundido en 2023, refiere que solo en 2019, nueve de cada 100 mil habitantes decidieron quitarse la vida. Lo más alarmante de este estudio es que muchas de estas personas tenían entre 15 y 29 años, lo que convirtió el suicido como la segunda causa de muerte de este rango etario y la quinta en personas de 30 a 49 años. En otras palabras, este mal ha afectado principalmente a la población joven.
Diversos estudios refieren que, si bien los suicidios se deben a enfermedades psiquiátricas, la razón más frecuente es la depresión, un trastorno que cualquier persona puede padecer y que solo en América Latina aqueja a 5% de la sociedad. De acuerdo con el Banco Mundial, refiere un informe de Economist Impact, seis de cada diez personas en Latinoamérica que sufre de depresión no recibe tratamiento, lo cual las pone en “riesgo de suicidio 20 veces mayor que la población general”.
La ilusión es sinónimo de vitalidad
La primera vez que escuché la palabra “suicidio” tenía cerca de diez años. Una compañera de clases de mi hermana, que en aquel entonces tenía 15 años, decidió culminar su vida lanzando su existencia por la ventana de su cuarto. Con el tiempo otros casos de aquello que me parecía un hecho excepcional mostraron que es una realidad más común de lo que pensamos. Eso sin contar los retrasos en el transporte subterráneo por arrollamiento de alguien que consigue en los rieles del metro el remedio de su pena.
Si existe algo en lo que coinciden la mayoría de las personas es que no todas han tenido pensamientos suicidas. Sin embargo, existe un consenso en los especialistas de la conducta de que cualquier ser humano puede experimentar esta idea si está envuelto en circunstancias como la depresión, la ansiedad, la desesperación, la soledad o cualquier causa biológica, psicológica o social que aumenten su desesperanza y falta de ilusión por la vida.
De allí la importancia de la atención preventiva psicológica y muchas veces psiquiátrica que contribuya a evitar que una persona tome la determinación de culminar con su vida. Lamentablemente, cada día no solamente la consulta con un especialista y terapista de la salud mental se hace inaccesible, especialmente, en los países economía fluctuante en la que se da prioridad a lo inmediato. Además, el surgimiento en las redes de los “gurú” de la conducta y el pensamiento “positivo” hacen que una persona desestime buscar ayuda profesional, sin considerar que muchos de ellos no tienen la preparación pertinente para atender trastornos de la conducta que muchas veces se escapa de la voluntad del mismo individuo que lo padece.
Tomémoslo en serio: eduque para la vida
Robin Williams, Vincent van Gogh, Alfonsina Storni, Ernest Hemingway, Kurt Cobain, Virginia Woolf, Violeta Parra, la lista de referentes en la historia de la humanidad que han decidido culminar su existencia, es larga. Pero no solamente por la fama que ellos representan es que el suicidio debe tratarse sin el velo que se le quiere imponer, es que sus finales son una muestra de que este complejo fenómeno social requiere de cuidado y una intervención coordinada y multisectorial.
Todo nuevamente nos lleva a la educación. Educar desde temprana edad sobre el manejo de las emociones y los sentimientos puede evitar que la tasa de mortalidad por suicidios detenga su ascenso. Más allá de los mapas mentales, exposiciones, dramatizaciones, conversatorios en las aulas de clase, la orientación debe partir de crear espacios para la expresión, creación y autodescubrimiento de cada estudiante.
Es lamentable leer o ver noticias, cada vez más frecuentes, de niños y adolescentes que deciden quitarse la vida por no ser aceptados por sus compañeros, no ajustarse a los estándares de las redes o por la presión del “bulling” cibernético. De allí que en las instituciones educativas se les de igual importancia a los espacios de expresión de emociones como las artes, el deporte y el manejo y conocimiento de la inteligencia emocional como al Castellano, las matemáticas y las áreas científicas.
No es casualidad que países como Finlandia, España, Reino Unido, Australia, entre otros han incorporado en sus currículos la obligatoriedad de materias que atiendan la salud emocional de los estudiantes. Aun más, en Japón algunas escuelas han implementado sesiones de meditación antes de iniciar clases.
Las campañas de la OMS y otras instancias internacionales para la concienciación sobre la salud mental no son suficientes. Se requiere mayor capacitación de profesionales de la salud y el fomento de políticas públicas que no solamente atienda la salud mental, sino que a su vez regule el contenido que desde los algoritmos bombardean a través de las redes sociales y apuntan a la emocionalidad de los internautas. No se trata de juzgar y acusar el suicidio como actos de cobardía, es imprescindible abordar este tema con sensibilidad y urgencia, para así encontrar un camino hacia la esperanza del ser humano y su deseo de vivir.