Sin lugar a dudas, en la era del simulacro el deseo se ha convertido en mercancía y la intimidad en espectáculo. Una prueba de ello es la historia de Moumou Jiao, mejor conocido como Sister Hong, un asiático de 38 años que engañó a más de mil hombres en China haciéndose pasar por una mujer casada o viuda para ofrecerles “sexo ocasional” de manera fácil, pero que luego, al concretar, los grababa sin su consentimiento para exponer sus aventuras en una plataforma.

Este caso es interesante porque no solo revela una estafa emocional, muestra una arquitectura discursiva que expone las grietas del capitalismo digital y la fragilidad humana en tiempos de hiperconexión.

En este sentido, el discurso de estos tiempos es una herramienta poderosa para quienes lo saben utilizar. A través de frases o decir lo preciso en el momento o al público indicado es lo que coloquialmente se denomina “un tiro al piso” en términos de manipulación. De allí que, de la entrega anterior, quedaran en la mesa dos preguntas resonando: ¿cómo la fabricación discursiva de Sister Hong como simulacro de lo femenino logró engañar a más de mil hombres? ¿Cómo se construye, circula y, hasta cierto punto normaliza este abuso simbólico en la era del deseo algorítmico para convertirse en viral?

El contexto como dispositivo de deseo

Al consultar sobre el tema al periodista y magíster en Estudios del Discurso, Antonio Núñez Aldazoro, el especialista refiere que el primer elemento que construye a Sister Hong como figura deseable y manipuladora es el contexto cultural. Resalta que el hecho de que la sociedad asiática “sea muy conservadora, es muy de secreto, de prácticas sociales que podrían ser condenables en la moral pública, provoca que un fenómeno como esto se dé”.

Y es que, justamente, la ruptura de las reglas socialmente convenidas puede ocasionar que encuentros sexuales furtivos se vuelvan más emocionantes, deseables y, por tanto, más manipulables. Sister Hong no ofrecía dinero ni lujos, sino una promesa afectiva envuelta en discreción: una mujer casada que pedía víveres cotidianos a cambio de sexo. Una ficción cuidadosamente diseñada para seducir desde lo simbólico.

Además de esta narrativa, comenta Núñez, está “una territorialidad del deseo”, donde el poder no lo tenía quienes acudían al encuentro, sino quien los recibía. Los hombres iban a su casa, un espacio íntimo, cerrado, controlado. “Ya hay un problema de territorialidad. No eran encuentros casuales en la calle, sino convenidos con anterioridad”, explica. El deseo, entonces, se triangula entre lenguaje, imagen y espacio, y se convierte en una experiencia transitoria, borderline, donde lo prohibido se vuelve atractivo.

De lo íntimo a lo viral: la lógica del espectáculo

Durante la reflexión con el docente universitario, inevitablemente surge la pregunta ¿cuántos Sister Hong no existirán en el mundo cometiendo los mismos actos en esta era de hiperconexión en la que se conoce más a quien te escribe por las plataformas digitales que al vecino que vive frente a tu casa?

La respuesta es obvia: muchos. No hay que olvidar que todo lo relacionado con el sexo, históricamente tiene un velo precisamente por su característica íntima, por lo que es factible que muchas estafas como estas no sean públicas, pero, en efecto ocurren a diario. Ahora bien, la historia de Sister Hong no se convirtió en escándalo por el acto en sí, por la estafa a más de 1500 hombres, sino por su exposición pública.

“Lo que convierte esto en un escándalo íntimo que se convierte en contenido viral es la irrupción de las redes sociales”, afirma Núñez, quien cita al filósofo y sociólogo Jürgen Habermas cuando plantea cómo la esfera pública ha colonizado la privada, utilizando sus contenidos para moldear opinión, imponer representaciones sociales y acusar desvíos morales. Una realidad que no única de estos tiempos.

Jiao grababa los encuentros sin consentimiento y los distribuía en plataformas digitales, de esta forma no solo estafaba emocionalmente, sino que se aprovechaba del deseo ajeno como mercancía audiovisual. “Muchísima gente seguramente ha visto más lo de Sister Hong que cualquier persona que consume televisión”, advierte el comunicador al subrayar cómo el algoritmo premia lo escabroso, lo emocionalmente intenso, el morbo.

Aquí, el rol de los usuarios es clave. “Como dice (Jesús) Martín-Barbero en su libro De los medios a las mediaciones: es porque hay personas que consumen ese tipo de videos que se hacen ese tipo de videos”, destaca el docente universitario. El deseo se convierte en espectáculo porque hay una audiencia dispuesta a consumirlo y un sistema que lo monetiza.

En consecuencia, el algoritmo como cómplice simbólico pues no es neutral, detecta los patrones de consumo, perfila usuarios y les ofrece contenido que refuerza sus deseos. “Las personas que llegaron allí (a la casa de Sister Hong) no son incautos, son usuarios de plataformas de encuentros casuales. El algoritmo los detectó”, explica Núñez. Luego, Sister Hong comercializa los videos y el sistema los distribuye. “Eso normaliza el abuso simbólico”, refiere.

No obstante, esta normalización no es consciente, la frecuencia hace que se vuelva normal. “La normalización es el proceso por el cual alguien romantiza algo que puede ser condenable. Los usuarios no lo ven como una normalización, lo ven como algo normal”, aclara. El simulacro se instala como realidad y el deseo como mercancía.

Este fenómeno, según Núñez, forma parte del “capitalismo tardío en su etapa más radical”, en el que el sexo se convierte en producto y el sufrimiento en espectáculo. “La mayoría del material para adultos que corre por las redes no son productos del sufrimiento, son productos de una lógica capitalista de un mercado en un planeta que se está desmoronando”.

A partir de acá surge una compleja pregunta sobre si los hombres estafados sufrieron o no es compleja. Para Núñez, no se trata de sufrimiento en sentido estricto, sino de explotación consentida. “Las personas que acuden a eso no sufren, saben muy bien lo que están buscando”, afirma al puntualizar que lo que convierte el caso en polémico es su exposición. “Se convierte en espectáculo por hacerse público. Si no, seguiría funcionando en la esfera privada”.

Otro punto importante es que en este hecho se cruzaron dos terrenos: el uso sexual consentido y la comercialización sin consentimiento. “Lo que es abuso evidente es la grabación sin consentimiento y la distribución de ese material”, subraya. En muchos países, eso constituye un delito grave, pero el sistema digital, con sus plataformas y servidores, facilita su circulación. “Hay una doble responsabilidad: la de quien graba y la de quien distribuye. Pero también la de los administradores de plataformas que permiten que circule ese contenido”, recalca.

Descolonizar el deseo: una urgencia discursiva

El caso de Sister Hong revela cómo el deseo ha sido capturado por una lógica capitalista que lo convierte en espectáculo. Las plataformas no solo distribuyen contenido, sino que moldean subjetividades. “El algoritmo organiza la información para que la gente crea que es una decisión personal, pero es una imposición”, advierte Núñez.

En este sentido, descolonizar el deseo implica desmontar las narrativas que lo convierten en mercancía. Implica cuestionar el poder de las plataformas, la complicidad del algoritmo y el rol activo que asumen los usuarios en la reproducción del simulacro. “La gran responsabilidad tiene que ser correspondida entre los creadores de contenido y los administradores de servidores”, afirma.

Asimismo, implica narrar el sufrimiento sin convertirlo en espectáculo. “¿Cómo podemos narrar el sufrimiento sin convertirlo en espectáculo?”, se pregunta Núñez. En un mundo donde el morbo se monetiza y la vergüenza se viraliza, esa pregunta se vuelve urgente.

Tal como se dijo anteriormente, el caso de Sister Hong no es único. “Deben existir miles de Sister Hong en todo el planeta”, advierte Núñez. Lo que lo hace especial es su exposición, su viralidad, su capacidad de condensar las tensiones entre deseo, poder y espectáculo. No se trata solo de una estafa, sino de una metáfora de nuestra época.

Una época en la que el deseo se simula, se graba, se comercializa; en la que la intimidad se convierte en contenido y la vergüenza en castigo público. Un período en el cual el algoritmo organiza el morbo, y el sufrimiento se convierte en negocio. Descolonizar el deseo es, entonces, una forma de resistir. De recuperar la dignidad simbólica en medio del simulacro.

T/Natchaieving Méndez