
Natchaieving Méndez
Hoy se cumplen 200 años de la proclamación de Independencia de Bolivia. Celebraciones, desfiles, conversatorios, producciones audiovisuales se han creado en honor a esta fecha y en ellas se muestra la culminación de un período de casi 16 años en el que los grandes independentistas Antonio José de Sucre y Simón Bolívar tuvieron un rol fundamental.
Sin embargo, esta emancipación no tiene solo rostro criollo ni nació en los salones ilustrados ni en pactos de élites, viene desde mucho antes, en el temblor profundo de los Andes, donde comunidades indígenas alzaron su voz contra siglos de opresión colonial.
No nos confundamos estimado lector y lectora, no se le resta el mérito a la proeza que lideraron los grandes héroes de la Independencia Latinoamericana; se trata de exaltar a quienes ocultó o menospreció la historiografía descendiente de las concepciones eurocéntricas; aquellos cuyos herederos aun luchan por una emancipación plena, la reivindicación de una tierra que les fue invadida y el respeto absoluto a su cultura y sus creencias.

Mucho antes de que se proclamara la República en 1825, el Alto Perú fue escenario de rebeliones que desafiaron el orden imperial español desde sus raíces. De acuerdo a diversos historiadores, en 1778 el líder indígena Tomás (nombre impuesto por el dominio español) Katari impulsó una revuelta en Chayanta con la cual no solo exigía justicia frente al abuso fiscal, sino también restituir el derecho de los pueblos originarios a elegir y mantener sus propias autoridades. Es decir, no era solo una lucha económica, sino una defensa de la soberanía comunal y de las formas de organización ancestrales.
Cuando Tomás Katari es asesinado, su lucha la continuó con sus hermanos Dámaso y Nicolás. En 1780, Túpac Amaru II lideró una insurrección masiva en el Cusco que se extendió hacia el sur andino mientras que, en 1781, Túpac Katari (Julián Apaza) y Bartolina Sisa cercaron La Paz durante más de seis meses con cientos de aymaras, articulando una resistencia popular de enorme alcance simbólico y político. Aunque fueron brutalmente ejecutados, sembraron una semilla de ruptura que sobrevivió en la memoria colectiva.
Y es que, aunque el asesinato público y cruel era la principal forma de amedrentamiento de los invasores colonizadores, estas rebeliones dieron más fuerzas a los pueblos libertarios bolivianos.
Así, 1809 fue clave para obtener el resultado 16 años más tarde. El 16 de julio de este año, el patriota mestizo Pedro Domingo Murillo lideró una sublevación independentista que, pese a su fracaso, dejó en los bolivianos una frase que les daría el valor para las siguientes luchas. “La tea (antorcha) que dejo encendida nadie la podrá apagar”, fueron sus palabras antes de ser ejecutado.
A la par, figuras como Sebastián Pagador en Oruro y Jaime de Zudáñez en Chuquisaca representaron el espíritu rebelde de una sociedad que ya no aceptaba el dominio colonial. Fue así como entre 1810 y 1816, las llamadas “republiquetas” (milicias populares en zonas rurales) sostuvieron la guerra contra el ejército realista.
Valor de la mujer independentistas
En la revisión de los hechos que cimentaron la independencia de Bolivia el nombre de dos mujeres llama la atención. Seguramente fueron más, pero la historiografía escrita por los hombres en las que la mujer solo ocupa un papel logístico y pasivo minimizó la contribución femenina en importantes en estas gestas, no solo en el caso boliviano, sino del mundo.
Conocer que existieron luchadoras que ocuparon puestos de organización y liderazgo de fuerzas combatientes es encontrar la explicación por la cual muchas mujeres latinoamericanas, en la actualidad, mantienen la lucha por su independencia, el cuidado de la familia y a la vez la dignificación del género. Lo tienen en sus genes.

Bartolina Sisa es uno de los nombres que destaca en la gesta independentista boliviana. Organizó uno de los levantamientos indígenas más importantes: el cerco a la ciudad de la Paz. Se habla de su esposo, mencionado anteriormente en este artículo, pero poco se dice que ella quién lideró a las fuerzas militares, organizó campamentos y batallones guerrilleros, hasta el punto de ser reconocida como virreina por las comunidades rebeldes. Aunque su papel solo duró 100 días, al igual que Katari, su figura se convirtió en símbolo de resistencia indígena y femenina.
Otra líder independentista que resalta al cumplirse 200 años de la Independencia de Bolivia es Juana Azurduy de Padilla, quien junto a su esposo Manuel Ascencio Padilla, lideró las llamadas republiquetas, guerrillas que fueron el corazón de una independencia que se gestó desde abajo, con cuerpos anónimos y estrategias comunitarias.
Juana Azurduy lideró los combates en el sur del Alto Perú, movilizó a campesinos e indígenas en condiciones precarias, comandó tropas y recibió el grado de teniente coronel, aunque su figura fue relegada durante siglos. Su coraje y liderazgo en combate, llevó a Manuel Belgrano, uno de los personajes más influyentes en el proceso de independencia del Río de la Plata, a solicitar su ascenso al grado de teniente coronel en 1816. Como gesto de profunda admiración, le entregó su espada, reconociendo en ella una guerrera excepcional.
Durante años, esta lideresa combatió en condiciones extremas, perdió a sus hijos y quedó viuda tras la muerte de Padilla en batalla. Embarazada, continuó luchando junto a las tropas de patriota Martín Miguel de Güemes.
En 1825, en reconocimiento por su incansable lucha en favor de la independencia del Alto Perú, Simón Bolívar asciende a Juana al rango de coronel y le otorgó una pensión vitalicia, que con el tiempo dejó de percibir. Lamentablemente nunca logró recuperar sus tierras y murió en la pobreza el 25 de mayo de 1862 en Jujuy, Argentina. Su figura fue ignorada por la historiografía oficial durante décadas.
Es así como tras la victoria patriota en Ayacucho en 1824 y otras proezas que hoy se publican ampliamente por el Bicentenario de la Independencia de Bolivia, Antonio José de Sucre proclamó la autonomía del territorio boliviano.

Si bien Bolívar y Sucre son los protagonistas oficiales de esta emancipación, la historia real está tejida por los pueblos que resistieron, combatieron y soñaron con una tierra libre. Reconocer a los invisibilizados: a Bartolina, Juana, los Katari, los milicianos anónimos es recuperar la dignidad de una independencia que fue también reexistencia.
En este Bicentenario, Bolivia tiene la oportunidad de mirar hacia adentro, de preguntarse qué territorios han sido silenciados, qué memorias han sido borradas y qué voces pueden resignificar el país desde lo local, lo comunitario y lo simbólico. Porque el territorio no es solo tierra: es relato, es afecto, es disputa. Bolivia no es solo un mapa, es una pluralidad viva que se reinventa desde sus fragmentos.

